viernes, 10 de octubre de 2008

19

Lo que más quiero ahora
Incluido en esta vida,
Es una chica que la vea,
Me emocione
Y dé alegría.
Que me rechace varias veces
Y yo triste,
Pesimista,
Intente nuevamente,
Intente hacerla mía.
Y que entonces
De repente,
Venga su mejor amiga
(Mi compinche y consejera)
Y me pregunte sonriendo:
¿Qué le hiciste a mi amiga?
Porque no para de reír
De suspirar
Y de escribirte poesías.

Nu.RR

18

Es raro nombrar poesías,
Aquellas que son savia de sentimientos,
Con números.
Simples, escalares, vacíos.
En vez de usar palabras para llamarlas.
Palabras, poesías enteras
Como título, por el resto de los días.
“He aquí una poesía”,
Uno, dos, tres, cuatro
Cinco seis siete ocho, diez
Y es esa frialdad la que da tibieza,
La de hacer que las cosas no crezcan.
Su esencia: no crezcas.
Sentidos oscuros, pensantes,
Tan turbios que duelen.
Y por eso: no crezcan,
Sean lo que son
Sin hacer daño, pasando de largo.
Déjennos tranquilos,
No nos hagan sufrir, déjennos tranquilos.
Pasen y no alteren nuestras vidas
Como lo haría una buena poesía.

Nu.RR

16

Cruel es la alegría, porque la sigue la nostalgia
Y tan grande es ese monstruo como la alegría, pero queda
Y perfora, y lastima y vuelve a perforar
La única forma de evitarla
Es una sola, y viene al final:
Morir feliz, te da tiempo a no añorar.

Nu.RR

15

En medio de la guerra y la desolación,
Una mujer ve un niño y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo mide.
Entre los escombros de una nación,
Un bebe sucio juega con un moco y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo cotiza.
Un padre que siempre fracasó,
Piensa un chiste tonto, y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo calcula.
Una mujer con cáncer del corazón,
Ve una mariposa, un color, y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo pesa.
Un hombre que jamás rezó una oración
No ve a Dios, pero Él le sonríe.
Qué hermoso es el mundo.

Nu.RR

14

Buena suerte me acechaba
Me corre, me pechaba
Yo me escondía triste, quejándome
En las sombras de las plantas que plantaste
Fue en un jardín enorme al que llamaste garden
En una ciudad vacía que llamaste Baires
Ahora cuando salgo a la noche
A ver qué paso en el aire, en qué andan las personas
No veo a la buena suerte
No la veo en ningún lado, desaparece
¿Detrás de quién andará ahora?
¿Él también se le esconderá en una ciudad vacía
O la enfrentará a plena luz del día?
Porque de día la gente mira, y no ve
Que a la noche, todos te miran
Buscándote un error, fijándose qué fue tu suerte de antes
¿Por qué se habrá ido?
¿Por qué me dejaste, aquí, plantado en este garden?


Nu.RR

13

Dejó de contar los pétalos de las flores
Dejó de oler las primaveras
Dejó de estornudar por el polen
Dejaste de sentir sus colores
Cambió sus ojos por cámaras
Cambió sus rodillas por engranajes
Cambió el significado del abracadara
Y cambiaste el médico por el garage
No lloró nunca más
No pidió nunca más perdón
No tuvo hijos, del cáncer no curó
Y no quisiste en tu tumba
Ninguna
Flor

Nu.RR

7

Ni aunque te fuiste me abandonaste
Ni aunque te extraño me perdonaste
Seguiré tus pasos
Reconoceré tu huella
Te perseguiré estrella tras estrella
Y olvidaré lo que haces
Te alcanzaré, te hallaré
Y podré hacer esto, podré hacerlo
Porque eres chueca y corres lento

Nu.RR

4

Sin palabras mundanas
Quiero tenerte, mi amor
Tus ojos en mis entrañas
Con tu boca por sabor
Con los muertos de testigos
Sin remedio, sin avisos
Sin prejuicios por delante quiero que te pongas en mi sitio
Y sientas por un instante qué se siente morir,
Ser tirado al precipicio
Porque eso es lo que sentí
Sin vanguardia, sin aviso
Cuando un día me enamoré de ti

Nu.RR

3

¿Por qué el mundo ofrece tantas empanadas de felicidad?
¿Por qué la gente está ansiosa de devorarlas?
¿Por qué en el otoño de la fe florecen las miradas viciadas?
¿Por qué en la cultura de los gritos los alaridos taponan mis oídos?
¿Por qué, si son nuestras vidas, debemos rellenarlas de ferretería?
¿Será que nada está dicho?
¿Será que sí está dicho y les cuesta verlo?

Nu.RR

2

Si miras a mis ojos de la noche
Si oyes mis palabras sin apuros
Si palpas mis caricias, hirvientes
Si saboreas mi codicia de cianuro
Y dices que no me sientes
Dejaré caer mi lápiz
Esperando que me tape
El antojo de que mientes


Nu.RR

San Roque, San Roque

Había dos niños que vivían en distintas ciudades de distintos países. Tenían en común un mordaz temor a los perros callejeros.
Uno de los niños iba a misa todos los domingos, rezaba y, de haber tenido dinero, habría dado limosna. Cada vez que se encontraba con un perro, decía en su cabeza “San Roque, San Roque, que ese perro no me toque”, y, eficientemente, el can pasaba por su lado sin siquiera olerlo. O, cuando tenía que doblar una esquina y temía que del otro lado se ocultara un perro, recitaba lo mismo: siempre que doblaba se encontraba con que no había ningún animal, y suspiraba tranquilo y seguía su camino. A veces pensaba lo tonto que era que, aunque no hubiera perros del otro lado, rezaba aquel cantito.
El otro niño creía en las hadas, los duendes, la magia y, además, tenía una tía muy religiosa que le enseñó a creer en Dios. Este niño tenía especial temor a lo de las esquinas: comenzaba a transpirar de pensar que podía estar esperándolo un fiero canino de dientes agudos. Él siempre recitaba el “San Roque, San Roque”, y siempre resultaba que no había ningún perro del otro lado. Este niño, algo incrédulo, le agradecía al santo su colaboración, pues él nunca estaba seguro: podía ser que no hubiera habido ningún perro, o podía ser que el santo lo hubiera hecho desaparecer. Por las dudas, él agradecía.
Al crecer, este niño se enteró de que la perrera municipal de su ciudad era muy eficiente, pero no se arrepintió de haberle agradecido al santo todas las veces. A cambio, perdió el miedo hacia los perros hasta el día de su muerte.
Pero el otro niño perdió su fe en San Roque, pues terminó creyendo que él mismo se había hecho valiente y había dejado de tenerles miedo, y que si nunca se encontraba un perro detrás de las esquinas, es porque nunca había habido uno. Este niño, al crecer, un día sufrió el ataque de un pequeño caniche toy que se le escapó a su adinerada dueña. El perrito lo mordió en un tobillo, le hizo sangrar y lo obligó a darse muchas y pinchudas inyecciones.


Nu.RR

Pequeñas cosas que enamoran

A (varón) y B (mujer) están sentados uno frente al otro, con un banco de por medio, como aburridos. B mira para cualquier lado, A directo a los ojos. Tras unos momentos de silencio…
-¿Vos crees que las palabras pueden atrapar un corazón…? –B lo mira también, pero no responde, confundida-. Que se puede enamorar, sólo con palabras.
-No sé… no estoy segura.
-Imaginate que aparezca un tipo, que sabés que gusta de vos, que alguien en algún momento te lo dijo…
-Ajá…
-Y no es un tipo feo…
-Lo que nuestra cultura burguesa considera feo.
-Como sea, un tipo que vos no considerás feo. Pero tampoco lindo, digamos, más tirando a feo (o cultural-burguesamente feo).
-Más o menos como vos.
-…Qué directa que sos eh.
-La mentira es uno de los peores inventos del humano.
-Y la sutileza uno de los menos usados. En fin: suponete que aparece un tipo feo como yo con unas flores y se te planta enfrente, y te dice de todo corazón las palabras más dulces del mundo, ¿te enamoraría?
Silencio. Se miran fijo.
-No sé –responde, alejándose del banco y mirando al costado-. Es muy ambiguo. Habría que ver qué es lo que dice, cómo lo dice. Pero no creo que las palabras sean suficientemente capaces como para flechar, ¿entendés?
-Sí.
-En todo caso dependerá de cómo va el flaco, ¿entendés?, cómo habla. Y si es muy cursi, muy… desesperado, no sé, creo que más que enamoramiento, causaría lástima.
-Eso si te va suplicando. Pero si habla bien, no…
-¿Y qué sería por ejemplo hablar bien?
-Y… no sé, es lo que estuve tratando de averiguar antes… Leí muchos poemas, pero ninguno me convenció, entonces escribí los míos… Pero no sé, nunca los puse a prueba.
-¿Y cómo son?

-No sé, poemas nomás.
-¿Pero no te sabés uno así como para recitarlo?
-Ss-sí…
-Y recitalo entonces.
-…“Sin palabras mundanas, quiero tenerte, mi amor. Tus ojos en mis entrañas, con tu boca por sabor. Con los muertos de testigos, sin remedio, sin avisos. Sin prejuicios por delante quiero que te pongas en mi sitio, y sientas por un instante qué se siente morir, ser tirado al precipicio. Porque eso es lo que sentí, sin vanguardia, sin aviso, cuando un día me enamoré de ti”.

-Lindo eh –afirma, asintiendo con el labio inferior alzado-. ¿Lo escribiste vos?
-Se…

-Y buen, si apareciera un tipo y me dice eso, creería que está loco. Pero sería algo tierno, ¿no?
-¿Pero vos qué harías?

-No tengo idea.

Se quedan callados, mirándose los rasgos de la cara, manteniendo sus semblantes de aburridos, largo rato.
-¿Y si aparezco yo y te digo esos versos?
-Lo mismo…
-¿Y si te pido que me dejes darte un beso?
-…¿De qué manera?
-Así –indica, echándose hacia delante y rozando su cara con la propia-: ¿me dejás darte un beso…?
Y a los cinco segundos se besan en esa posición incómoda. Ella apenas se mueve, él se estira sobre el banco; finalmente se separan, sin cambiar sus caras de aburrimiento.

-¿Te dejé enamorada?

-Mmm… Un poquito.
Se miran a los ojos, con pequeñas sonrisas.
-Entonces de algo sirve la poesía.


Nu.RR

Paranuria

Nuria, una chica simple, llegó un día al colegio, caminando lento, y vio, parado en la esquinita antes de la puerta del baño de los varones, a un tipo alto, con anteojos negros, sombrero y sobretodo marrón, de pie firmemente y leyendo un diario. No sobresalía. Nadie a su alrededor parecía verlo, y ella simplemente le echó una ojeada pasajera antes de entrar a su aula.
Durante el primer recreo lo volvió a ver, en la misma posición, con un aura que pasaba desapercibida. Algo extrañada se lo comentó a sus amigas, por si sabían quién era, pero sólo se encogieron de hombros y negaron. El tipo permaneció igual todo el día, sin que Nuria dejara de mirarlo cuando podía. Si alguien pasaba por su lado para ir al baño, lo ignoraban, y él ni se mosqueaba, seguía con lo suyo. Se quedó en su lugar incluso cuando todos iban saliendo del colegio, a la tarde. Y nadie lo miró, nadie.
Al día siguiente también estaba ahí, para sorpresa de Nuria, y también al otro, siempre con lo mismo puesto y el mismo diario, antes de que nadie llegara y después de que todos se fueran.
Al tercer día Nuria lo vio sentado en un banquito, leyendo. Ella se le acercó para espiar lo que leía, disimuladamente, pero él pegó el diario al pecho, ocultándolo. Nuria trató de arreglarla y se fue a preguntarle a su preceptora quién era ese tipo, pero ella sólo le dijo que se iba a quedar ahí temporalmente, hasta que se le solucione un problemita que tenía, como si nada.
Durante dos semanas Nuria lo vio siempre en el mismo lugar y con su diario, leyendo, a veces silbando, a veces de pie, a veces sentado y a veces tamborileando con el pie. Nuria estaba exasperada ya, nadie le sabía decir quién era, qué hacía, a qué se dedicaba, y siquiera nadie parecía notarlo en lo más mínimo.
Un viernes, cansada y demacrada, mientras todos se marchaban al tocar el timbre, ella se frenó, se apartó del grupo que se iba hacia la salida, y se lo quedó mirando. Fijo. El tipo del diario la miró de soslayo por sobre los anteojos y sobre el diario, disimuladamente. Cruzaron miradas llenas, cuestionadoras. Los profesores, preceptores y hasta la directora se fueron al rato, apagando las luces; y ellos dos se quedaron de pie, uno frente al otro, a cuatro metros de distancia.
Llegó más tarde el personal de limpieza, que trapeó y barrió todo el patio, respetando el contorno de los pies del hombre. Pero a Nuria le pidieron que se hiciera a un lado. Y después también se fueron ellos.
Y en un momento, cuando Nuria pensaba que ya no podía soportar más eso, que su respiración agitada quería matarla, que su corazón iba a estallarle en el pecho y que los pensamientos asesinos le aturdían tanto que el cerebro iba a colapsar, se oyó un ruido a cadena y otro tipo salió del baño de varones, igual vestido y con un diario abajo del brazo, como si nada. Natural, pero fuera de lugar.
Los dos hombres de sobretodo marrón, al verse uno al otro, quedaron pasmados momentáneamente, y después de un segundo los dos salieron corriendo escaleras abajo precipitadamente, atropellándose y codeándose vertiginosamente hasta llegar a la planta baja de la escuela. Nuria se lanzó a la carrera sin pensarlo, persiguiéndolos.
Ya al final, cuando los dos saltaron torpemente los últimos escalones, el hombre que había salido del baño se adelantó y con una mano, exhausto, tocó una columna del patio de la planta baja, mientras recitaba:
-¡Pica para mí y para todos mis compañeros!
Y ahí se frenaron los dos. El del baño se acomodó el sombrero y los anteojos, desplegó el diario, resoplando pues se había agitado mucho, y se fue leyendo, contento, tranquilo. El otro, frustradísimo, dobló con violencia su diario, se lo metió abajo del brazo y se fue rezongando y taconeando atrás del otro, más lentamente y con ira.
Y Nuria se quedó sola, al pie de la escalera, sin poder creerlo. Negó, asombrada, riéndose bajito por la nariz, y se fue a su casa.


Nu.RR

Motito y Cosito

“Igual vos sabés hay que andar precavido:
Al que vive en un sueño se lo comen dormido.”
(Cosa cuosa, Árbol)

-Jey.
-Jou.
-Lets go.
-¿Cómo estás?
-Bien, todo re bien –le contestó Motito a Cosito, con una sonrisa más grande que las usuales, luego de su saludo habitual-. ¿Vos?
-Bien, bien nomás –respondió Cosito, no tan sonriente como de costumbre ya que evidentemente su amigo le había ganado-. ¿Vos por qué estás tan contento?
-Aah, es que me pasó algo muy bueno, una experiencia de vida –pronunció, y rió un rato de su elocuencia-. No no, pero en serio.
Motito y Cosito tenían diecinueve años cada uno y ambos iban juntos al Colegio Ghandi, en el centro de Arromo G. Se conocían desde los cinco años, desde la primera vez que se les permitió la sociabilización extra familiar. Ahora ambos eran grandes amigos a pesar de que tenían otros amigos, y ya habían planeado su excursión de egresados (que sería al terminar de estudiar, dentro de dos años) para ellos dos solos, sin ninguno de los otros chicos de su clase, que irían a ver la Estatua. Motito y Cosito, en cambio, planeaban irse con sus mochilas a recorrer toda la Periferia.
-Buen che, contame qué pasó –reclamó Cosito, mientras ambos tomaban el camino hacia la escuela.
-Anteayer fui a un cineclub y vi que en la puerta habían dejado un aparato de esos viejos que me gustan, así que entré y les pregunté y resulta que lo tiraban. Era un reproductor de DVD –contó Motito, con su voz de novedades-. Así que lo agarré, y cuando les pregunté para qué servía, me dijo que en el 2000 se veían películas con eso, y les pregunté si tenían alguna y me mostraron dos cajas llenas de películas viejas, en DVD.
-Jajaja, de esas porquerías que te gustan sólo a vos –rió Cosito, amante de la tecnología de punta.
-Sí, bué. El tema es que recién ayer pude conectarlo a mi compu (tuve que inventarme dos adaptadores para poder enchufarla, porque en esa época requería de cablecitos, viste) y me puse a ver películas viejas.
-¿Y estaban buenas?
-Un bodrio la mayoría –confesó, mientras esquivaba a una señora ciega que iba lentamente por la vereda.
-¡Uy, la verdad no entiendo! –interrumpió Cosito, mirando a la no vidente-. Si no cuesta nada operarse los ojos ahora, ¿por qué no se operan? Anda ahí molestando a los demás con los bastones…
-Aah, es cuestión de principios –aclaró Motito, algo enfadado por la interrupción pero con ánimos de inculcarle algo de filosofía a su amigo-. Es de la gente que cree que estas cosas pasan por todo lo malo de la sociedad, y que ellos son los chivos expiatorios de las culpas…
-Uff, sí, todos esos locos que se creen mártires… Como si no hubiera habido ciegos siempre y en todas las sociedades…
-Jajaja, sos cruel a veces eh. Además eso no se sabe bien, se cree que algunas civilizaciones que alcanzaron cierto grado de armonía se sufrían menos enfermedades. Pero buen, más o menos siempre hubo ciegos que yo sepa…
-Sí, y al menos estos se pueden operar gratis y no lo hacen… ¿Sociedades armónicas, dijiste? ¿Tipo cuál?
-Sos una bestia a veces, Cosito. Sociedades como la Atlántida, antes del cataclismo, claro.
....

Nu.RR

Hablar con un NN

-¿Nombre?
-Dejémoslo en NN por ahora.
-De acuerdo. ¿Firma?
-Con una cruz.
-¿Es analfabeto usted?
-No, pero hoy en día son pocos los que firman con una cruz. Me hace sentir uno más del montón que va desapareciendo.
-¿Pinta usted?
-Lo intenté, nunca me salió lindo.
-¿Firmaba lo que pintaba?
-Con una cruz. Sí.
-Ajá… A ver, espéreme un segundito que anoto unos datos… Ya está. ¿Pasaporte?
-De la Unión Europea. Tengo.
-¿Tarjeta de crédito?
-Mis acciones me acreditan ante el mundo. Nunca me hizo falta una tarjeta para eso.
-Ya veo… ¿Se considera a sí mismo una persona normal?
-No.
-¿Anormal?
-Tampoco. Defíname normal, por favor.
-No tengo ganas. Dejémoslo así: “particular”. ¿Le parece?
-¿Qué me considero particular?
-Exacto.
-Bueno.
-¿Tiene usted una mente abierta?
-No lo creo. Mi mente funciona de diferente manea a la mayoría de la gente que conozco. Veo las cosas siempre desde otros puntos de vista, al menos al principio.
-¿Al menos al principio?
-Así como lo oye. Después me cuesta mantenerme, el mundo avasalla.
-Veo. Qué triste.
-Bastante. El mundo se pierde muchas nuevas perspectivas sólo porque no soy lo suficientemente capaz como para imponerlas.
-¿Y por qué es eso? ¿Falta de carácter?
-No, no es eso: las veces que intenté plasmar mis puntos de vista con pinturas quedaron feas, y no puedo escribirlos porque soy analfabeto.
-Ajá… Bueno, esto está terminado, por favor firme aquí.
-Cómo no… Ene, ene. Listo.
-Pero… ¿Pero no me dijo usted que firmaba con una cruz?
-Acabo de cambiar de pensamiento. Las cruces pasaron de moda. Además si lo ve alguien puede pensar que me llamo Xavier, y es un nombre horrible. Prefiero que piense algo tipo… Nabucodonosor Nicodemo. Tiene mucha más personalidad. Avasalla casi.
-Bastante. Bueno, listo. Con esto ya puede pasar a la pileta. Pero primero hágase revisar por el médico por si tiene piojitos, y no se olvide de darse una duchita eh.
-De ninguna manera lo olvido: todas las noches me baño yo en casa.
-Vaya, pase. Y disfrute su estadía.


Nu.RR

Gea

-No hay dudas, Chuck, este es el descubrimiento del siglo –le dijo a su amigo, dejando la linterna a un lado para ver las pantallas de sus computadoras.
-¡¿Qué del sigo?! ¡De la historia! –gritó Chuck, brioso-. Además a este siglo le queda toda una mitad para superarnos… aunque no creo que lo logre.
Ambos permanecieron en silencio, mirando los resultados de los sensores. Muchas líneas y puntos fluorescentes subían y bajaban, y a pesar de que todo el recinto donde estaban temblaba suavemente sin cesar, podía seguir con bastante precisión el recorrido de sus máquinas topo.
-¿Y cómo se lo explicaremos a la comunidad científica, Alan? –le preguntó luego Chuck, sin apartar sus ojos-. Se reirán mucho de nosotros.
-Sí, lo sé, pero la doctora Camila nos respaldará, y comenzarán a tomarnos en serio. Además no es algo muy raro: las ballenas tienen costras en su piel que es habitada por parásitos y otros tipos de organismos vivos, y si ellos fueran seres inteligentes ¿se darían cuenta de que viven sobre algo que también está vivo?
-Buena comparación… Además es evidente, cuando analizas los caudales de lava, la circulación… Y este lugar, este lugar es grandioso –dijo, mirando alrededor y alzando los brazos.
Estaban en una caverna oscura y maloliente, poco grandiosa a primera vista. Pero para ellos era así porque estaban en la mismísima “panza de la Tierra”, en el sur de Perú, noventa y tres kilómetros debajo de la superficie. Chuck era un geólogo poco prestigioso pero muy inteligente, y Alan era un biólogo marino, y ambos desde hacía mucho tiempo buscaban encontrarse en esa situación.
-Listo, el mapa 3D está listo –le dijo Chuck un minuto después-. Espera unos segundos a que se cargue… (¡Uff, qué calor que hace aquí!) Listo, observa: ya tenemos los diagramas de los canales de salida.
-A ver, ¿puedes ubicarlos en un mapa normal?
-Sí, sí, aguarda un segundo… Ya está.
De pronto sintió que el corazón se le perdía. Observó con más detalle la pantalla de su computadora, aumentó el zoom, y vio que no había ni un error.
-¿Son volcanes inactivos, como pensábamos?
-No, no… estos son otros canales, que jamás tuvieron lava… Aquí… y aquí: Delfos, valle de Giza, Chichen Itzá, Jerusalén, Machu Pichu… Estos otros sitios no los conozco, pero te apuesto lo que quieras –dijo Chuck con énfasis, abriendo los ojos-, ¡lo que quieras!, a que en esos sitios hay construcciones como las pirámides y esas cosas… cosas de hace mucho tiempo… Esto a la doctora Camila le interesará muchísimo. ¡Míralo, míralo nomás! –Su euforia era abrumante-. ¡Los antiguos sí sabían que la tierra era un ser viviente, lo sabían!
-Es lo que decía la doctora Camila… sobre Gea, la Pachamama, y todas esas religiones que adoraban a la tierra como una figura femenina –comentó Alan, más sereno-. Esto va a ayudarnos muchísimo.
-Mucho, mucho…
-Pero aún hay algo que no entiendo: sé que la vida terrestre que nosotros conocemos, con este descubrimiento, deja se ser la única y exclusiva forma de vida… -dijo Alan, algo terco-, ¿pero cómo hace la Tierra a vivir?
-Mmm… supongamos que es anaerobia…
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Nu.RR

En la pradera olvidada

Hubo una vez dos hombres. Uno no creía en la ciencia y el otro tenía de esa fobia a las multitudes. Y eran amigos. Vivieron en esa época en que las ideas de Freud comenzaban a obtener relevancia verdadera y en uno de esos años en que todos los patos se fueron de la plaza que solían frecuentar hasta que comenzaron a recluirse de la ciudad.
Él odiaba tan férreamente la ciencia que consideraba despreciables hasta a los aborígenes, y sólo consumía lo que él mismo ideaba y preparaba. Él sólo se había construido con árboles su propia choza precaria, anexa a la cabaña bien hecha de su amigo con fobia. Ese tenía tanto pánico de que lo vieran y de ver a otros que ya no se deshacía nunca de una bolsa de papel marrón. Le cubría toda la cabeza.
Vivían en una pradera olvidada. Allí.
Apenas había animales, seguramente muchos menos que antes.
¿Vendrá la primavera?
No sé. Pero después del otoño suele venir el invierno.
Eso lo dice la enemiga.
No decía la palabra ciencia.
Pero eso lo decían ya antes de la ciencia.
Puede ser. La enemiga dice muchas cosas, eso puede ser una cosa más. Es su justificación. Su justificación.
Se quedaron mirando para afuera. A través de la bolsa. Los días que se ponían oscuros desde antes y hasta después.
Parece que la ciencia tenía razón de nuevo. Nieva.
Puedo jugársela más a fondo.
¿A quién?
A la enemiga.
No decía la palabra ciencia. Decía que ella misma se la había inventado. Que manipulaba así. Manipulaba así.
Algún día de estos dejará de salir el sol. Vas a ver.
¿Cómo va a pasar eso?
¿Vos no te olvidás cosas?
Sí.
El sol también puede. No es algo sujeto a lo que la enemiga quiere que esté sujeto.
¿Y porqué lo hizo siempre?
Pensó.
Porque nos quiere.
¿Y por qué dejaría de hacerlo?
¿Por qué vos te sacarías la bolsa de la cara?
Por nada.
Por lo mismo el sol no saldrá un día de estos.
Por nada. O por un beso. A ciegas.
Tal vez por eso mismo.
Y se quedaron mirando para afuera. A través de la bolsa. Los días que se venían más claros cada vez más claros, sin besos.
Le gané.
Exclamó la noche en que el sol se olvidó de salir a esa pradera. Se le hacían insoportables los dos, sus charlas, el de la agorafobia y el de la ciencia.


Nu.RR

Las peleas en el bosque

Hay un bosque y en él conviven un unicornio y un ciervo de grandes astas.
El unicornio es blanco, puro, y cree en la magia y el amor. Él quisiera ser un poeta, un dibujante y un actor de grandes estrellas, pero es un unicornio: piensa sólo en sí mismo, no le gusta caminar, cuando corre lo hace rápido, pero necesita constantemente de una doncella dócil que lo acaricie y cuide de él pacientemente y con amor.
El ciervo, en cambio, piensa en sí mismo como un cúmulo de materia interactiva. Analiza los sueños del unicornio, indica qué hormonas producen sus sentimientos, gasta sus tiempos en filosofía y matemática absurda y le gustaría ser ecologista.
También hay uno o dos cuervos, alguna ardilla, pero apenas se los ve.
El unicornio y el ciervo no se llevan muy fraternalmente, pero pasan buenos momentos juntos, cuando encuentran un arroyo de donde beber en común. Sin embargo, cuando se pelean, el bosque entero se convulsiona. Vuelan astas y cuernos y patadas y alguna que otra mordida. Se insultan, dicen las cosas más hirientes el uno del otro, tratan de aflacar la moral de su adversario, durante horas y días y a veces hasta semanas y meses.
Nunca se sabe cómo terminan las batallas. No se matan, eso es lo único seguro. Tal vez se cansen mucho y súbitamente se duerman los dos, y cuando se despiertan ya se olvidaron todo. Tal vez desaparezcan y vuelvan a aparecer, siendo simples compañeros. Tal vez se reconcilien luego de muchos golpes y pasen un lindo rato como amigos.


Nu.RR

El chico de las estaciones

Era sin dudas y de buenas a primeras el primer día de refrescada del verano, y yo estaba sentada en la plaza de al lado de la estación del tren, leyendo a la sombra de un coliflor gigante. Los días anteriores me habían maravillado con sus soles incandescentes y sus cielos de color amarillo intenso, pero súbitamente hoy habían aparecido las primeras nubes radiactivas de sombras densas y húmedas. Por eso, en vez de estar en la pileta y comiendo escarabajos, estaba plácidamente en la plaza, leyendo un libro de historietas de autoayuda. Los niños a mi alrededor hacían carreras sobre burbujas o jugaban a alimentar a los caracoles naranjas que las vecinas de la plaza mantenían encerrados en jaulas apretadas, con fluorescentes carteles que decían “mantenerse alejado: animal demasiado feroz”.
La plazoleta estaba junto a la estación de trenes Siemprejoven, y mucha de la gente que bajaba del tren, cansada de estar amontonada en los tres pisos de los vagones, se compraba algún merengue y un poco de jalea y se iba a descansar un poco entre los faroles serpenteantes y los sillones inclinados que había por la plaza. Siemprejoven era una estación menor entre varias que acaudalaban y depositaban una enorme masa de trabajadores y malabaristas de toda la ciudad, y por eso, gracias a su poco tamaño, también era una estación mucho más tranquila y limpia.
Yo estaba por la mitad de mi historieta de autoayuda cuando de pronto vi una sombra que cruzaba las páginas y, ni bien salía de ellas, volvía y se detenía. Terminé el cuadrito en el que estaba y levanté la mirada para ver a aquel cuya sombra me tapaba. Era un muchacho que tenía una sonrisa grande, barba rala y negra, una camisa roja, mochila de malla metálica y walkman amarillo con grandes auriculares pomposos. Sus ojos eran oscuros.
-¿Brasai? –me preguntó, señalando mi historieta.
-Exacto. ¿Te gusta?
-Me gustaba –contestó-. Me dejó de gustar cuando descubrí mejore métodos de autoayudarme.
....


Nu.RR

Desde un pino

Un pino es una conífera, pero no quiero hablar de un pino sino de un ciprés. Es más lindo, más rústico y menos pretencioso, y por los de la ciudad suele ser confundido por pino. Yo estaba en lo alto de este ciprés, de este pino, pues soy de la ciudad. Pensaba desde allí arriba lo extraño que se veía todo: las cosas parecían otras, cada objeto debería tener un nombre diferente que lo designara para cuando se lo veía desde arriba. Tan raro y desubicado a los ojos como cuando uno ve por primera vez un avión de esos gigantescos, apoyado en unas rueditas chistosas, sobre el concreto. No: uno está acostumbrado a ver los aviones desde abajo, verlos pasar por arriba, chiquititos, con un ruido fuerte que es difícil de ubicar de dónde viene. Así son los aviones, y verlos en la tierra es algo que puede hasta shockear a uno desprevenido. Por eso yo a mi hijo, el día que cumplió cuatro años y lo llevé a ver cómo despegaban los aviones, le di una charla de veinte minutos (más de eso no creo que aguante) para que no se impactara al ver aquellos colosos que usualmente surcan el cielo. Papá a mí no se hizo esta explicación y recuerdo muy bien que por tres noches no pegué un ojo, desvelándome en conjeturas de cómo es que aquella manchita del cielo podía ser tan pero tan enorme, tan grande que las rueditas, que parecen diminutas, son más altas que una persona.
Quise mirar para el otro lado y tuve que moverme con cuidado para no caerme del pino. Me pinché un poco y me raspé el antebrazo, pero valían la pena esos pocos raspones con tal de seguir viendo el resto del mundo desde allí arriba. Ahora tenía una visión bastante amplia del parque, de los nenes que jugaban, de los patos y los viejos. También pude ver a una pareja de adolescentes haciendo cosas que no deberían insinuar en una plaza, pero buen. Pude comprobar no difícilmente que desde el ciprés podía haber renombrado cada cosa que veía: la fuente, las casitas, los autos. Los movimientos también, pues si bien del tamaño de hormigas, se veían lentos como de costumbre, no como patitas veloces. Incluso parece más predecible, como si la perspectiva agregara algo de premonición.
....

Nu.RR

Danza cósmica en un colectivo

Volvía del colegio en el colectivo y estaba apurado. Habíamos salido tarde porque unos compañeros, haciendo de las suyas, habían hecho enojar al profesor. Pero yo estaba realmente apurado. Llegaría a casa a eso de las tres de la tarde (cuando usualmente lo hacía a las dos y media), y a las cuatro tendría mi clase semanal de violín, para lo cual tenía que salir de casa cuatro menos cuarto. Así que, entre carámbanos y cebollitas, me quedaba poco más de media hora para practicar con mi instrumento.
El verdadero problema no era ese, sino que hoy mismo (dentro de una hora y media), presentaría una nueva canción. Era una de Bach y era bastante linda y compleja. Pero yo no había visto las partituras en toda la semana. Ese sí, era mi gran defecto: la dejadez, la postergación. Y no tenía alternativa: tenía que sí o sí aprender esa canción para tocarla a dúo con mi profesora de violín, una persona severa, cruel, metódica y rigurosamente estricta.
Estaba viajando parado, sosteniéndome de los caños que atravesaban el techo del colectivo. El recorrido era bastante largo y los hombros y codos, por la mala posición (cabe aclarar que no soy de elevada estatura), se estaban cansando y empezaban a doler un poco. Por eso, en cuanto vi un asiento vacío al fondo del bondi, me abalancé sobre él. Una señora que tendría unos cincuenta años me miró con algo de reprobación, pero bueno, no me iba a poner a explicarle toda mi historia.
Habían pasado dos minutos y mis articulaciones estaban descansadas, listas para una media hora de violín intenso. Pero entonces me distraje con algo llamativo.
Al colectivo se había subido una muchacha que, por no ser descortés, era bastante rolliza. No de esas rollizas cuyas carnes son firmes, duras y rígidas, sino una fofa, suelta y movediza. Los pliegues de su silueta se agitaban libremente debajo de su ropa apretada. Esa chica avanzó esquivando humanos hasta situarse a dos metros de mis ojos, casi al lado del timbre, en el fondo.
Los que viajan en autobuses sabrán que, aquí en el fondo, cualquier movimiento que realiza el vehículo se potencia. Y así como yo daba pequeños saltos en mi lugar con cada lomo de burro, la panza, los rollitos de esta muchacha, temblaban constantemente, confiriendo un espectáculo no tan poco usual, pero que generalmente pasa desapercibido o es criticado.
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Nu.RR

Crisis

Era una tarde de primavera y estaba terminando rápido. El vientito fresco entraba por la ventana y él, que había estado todo el día en remera de mangas cortas, empezaba a sentir frío. Ella, sentada en la punta opuesta de la cama, con las manos en la cara y la espalda encorvada, tenía un vestidito verde muy ligero, pero no sentía el fresco. Lo único frío que sentía eran sus lágrimas que bajaban por sus mejillas, mejillas que él había rotulado de “cachetes manzanita”.
Él se quedó donde estaba, mirándola sin saber que hacer. Se sentía tan tieso como cuando aquella vez, el verano anterior, había decidido animarse a declararle sus sentidos y pensamientos. Ahora la veía llorar y no sabía cómo tenía que reaccionar. Podía acercarse, abrazarla y reconfortarla, decirle que iba a estar bien. Podía irse diciéndole que le dejaba un poco de intimidad, que lo llamara si lo necesitaba. O podía seguir ahí, pensando. ¿La incomodaba, o la alentaba haciéndole saber con su presencia que contaba con él?
Y pensar que, hasta antes que ella llegara, él había estado pensando una historia de piratas para contarle. Lo raras que eran las cosas: nunca avisaban los golpes cuando aparecían, y si decían que iban a venir, llegaban de una manera inesperada. Él había visto venir esta crisis, sin duda, pero… ¿así? No, así nunca.
Se sentó en la cama, en el medio. Ni pegado a ella ni en el extremo opuesto a ella. Miró, miró, desvió los ojos y, mientras oía su llantito de delfín, analizó muchas cosas de la habitación. Después retornó en su mente a la historia de los piratas, a ver si le encontraba un buen final. Pensó que, si le metía una moraleja acorde a la situación, podía contarle esa historia y no sólo la sacaría de su tristeza, sino que también hasta podría invertir totalmente su estado de ánimo y así se garantizaría una primavera de sensaciones felices.
Así que, tras meditarlo unos segundos, decidió incluir en su historia una pequeña muchacha llorosa de vestido verdecito, que aparecía de la nada en el barco pirata, frente a la puerta del camarote del capitán pirata. Y luego se las ingenió para hacer que la historia tuviera la coherencia y la moraleja adecuada. Después le contó la historia y ella, dejando de llorar, esbozó una sonrisita. Sus cachetes manzanita se pusieron colorados y se abrazaron con fuerza. Ella sabía que podía contar con él, y él sabía que podía contar con ella.


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Antes del telón

Juani se encontró rodeado de telas que caían del techo, negras, espesas. Se acomodó el antifaz con cuidado y, tomando aire, comenzó a palpar el suave terciopelo, buscando un pasaje. Caminó apresurado hacia la izquierda con la mano derecha extendida hasta que, entre los miles de pliegues que se deshacían y se volvían a hacer, encontró un pasaje y, sin dudarlo, con la cara llena de sudor, se coló en él.
Del otro lado había más telas colgando y todo era más oscuro, eso no lo esperaba. Aún así, sin desanimarse del todo. Trastabilló unos metros y de pronto, al encontrar otro pasaje entre el laberinto de tela, se topó con un dragón enorme, ¡enorme! Jamás podrían haber visto algo como eso: verde, con boca llena de colmillos, pecho escamado y una cola de papel acartonado que se arrastraba por el piso. Juani lo miró con cara pasmada y, sin decir nada, siguió corriendo.
Después le tocó enfrentarse con dos damas antiguas que paseaban entre las telas con unos pequeños paraguas y que se ofendieron cuando Juani, el del antifaz, pasó al lado de ellas sin saludarlas de lo asustado estaba. Luego se encontró con un prisionero vestido a rayas acromáticas y más adelante a un carcelero que corría desesperado. Juani siguió de largo, pasando entre los innumerables pliegues de esa tela eterna, en ese mundo sombrío.
Cuando se topó con los tres espadachines de bigotes pintados casi no pudo seguir, porque pensó que le iban a jugar alguna broma pesada. Pero agradeció ser lo suficientemente rápido como para colarse debajo de una tela y seguir de largo. Cada vez estaba más nervioso, no iba a salir más de ahí.
Pero al fin, después de cruzarse con más seres extraordinarios y personas a las que le temía, Juani vio que el telón se levantaba y pudo ver los montones de caras de papás contentos. Siempre había tenido pánico escénico hasta ese momento, pero ya no.

Nu.RR

Don de nadie

Me desperté y estaba lloviendo. Me desperecé oyendo la lluvia sobre las tejas, las plantas y la calle. Me revolví en las sábanas, frotando mi cara contra la almohada esperando que ese esfuerzo me devolviera el sueño, y la lluvia continuaba. Desayuné tibiecito mirando las gotas cayendo a través de la ventana y miré el pluviómetro que había sido de mi papá: superaba los trescientos milímetros, hacía días que llovía en toda la ciudad. Por suerte habían sido durante el viernes y el fin de semana, así que no me incomodó mucho para el trabajo y pude descansar de verdad, todo el tiempo en casa.
Ahora, lunes finalmente, debía juntar ganas e ir a la parada del colectivo a esperarlo largo rato bajo la lluvia. Con botas rojas de goma y un paraguas verde oscuro fui hasta esa esquina y me senté bajo el alero de un local cerrado. Era temprano y estaba lloviendo con poca insistencia, y sólo había otras dos personas en esa parada. (Una parada gris con piso de cemento alisado, pues había sido antes una estación de servicio, cerrada hacía cinco años.) Una era una chica con unos diez años menos que yo que iba al colegio. Miré su uniforme y recordé el mío de cuando era colegiala también: usábamos un jumper gris oscuro con una blusa azul y una faja. La otra persona allí era un hombre. Ya lo había visto varias veces en esa parada, siempre esperando. Era alto, pasando el metro noventa, tenía un piloto marrón y nada más, ni paraguas. Estaba de pie debajo de la lluvia, mirando fijamente, seguramente pensando en sus profundidades, hacia donde vendría el colectivo. Aburrida, vi cómo caían pequeños hilos de agua de su piloto marrón y por su pelo entrecano, su barba desprolija y sus cejas espesas. De la punta de su nariz, larga y redonda, pendía otra pequeña gotita, inestable, como si jugara a columpiarse.
Me agradó la idea de que esa gotita era como ese hombre. Esperando el impulso para salir de allí, de la nariz. De la parada donde llovía. Era una parada muy cercana a al comienzo del recorrido, por eso generalmente los colectivos venían sin carga. Ahí pasaban sólo dos ramales de una misma empresa: el que iba para adentro derecho y el que iba para adentro dando vueltas. Yo tomaba siempre cualquiera, porque el destino era el mismo. El que iba derecho se llenaba e iba lento, el que me entretenía más iba casi vacío y tardaba lo mismo, pero la gente no lo sabía. O nunca lo había cronometrado, yo sí.
Me gustaba más cuando venía el que daba vueltas. Tal vez era como yo, que soy vueltera. Con todo salvo con mi trabajo, en la oficina. Trabajaba diseñando planos de edificios, imaginándolos en el papel. Tenía algunos que eran edificios cuadrados, bien lineales como el ramal que se llenaba, a la gente le solía gustar más. Y tenía otros que desde ninguna perspectiva se le vería una línea recta, y les gustaban a los extravagantes. Me pregunté qué tipo de edificios preferiría ese hombre.
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sábado, 6 de septiembre de 2008

Roma Mora

1

Era una ciudad pequeña. Un país pequeño y morboso: Houdbaar se llamaba, Houdbaar era la capital. La gente de allí era normal: parecía ser bue-na.
Pero había más crímenes que en muchos otros lugares, el gobierno estaba corrompido por dentro. Eran buenos, pero les gustaba la vida fácil, ostento-sa, y se volvieron permisivos, sobornables y morbo-sos. Normal, pero peor que en muchos otros luga-res.
Shini Pitró vivía en Houdbaar desde niño, que-ría ser abogado y tenía diecinueve años. Su padre se había borrado cuando tenía tres años, jamás lo habí-an vuelto a ver, y la madre, mujer dura y con poco cariño en el vientre, lo había criado con lo indispen-sable. Escolaridad pública y colonias gratuitas todos los veranos.
Él no era normal.
Su interior esperaba un cambio. Empezaría la universidad.
Estudiaría Leyes.

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2

A la madre no le importó. Sentía haber cum-plido su parte con la vida: criado un hijo hasta la edad necesaria. Diecinueve años, ya era considerado adulto, podía hacer lo que quisiera.
Shini Pitró se mudó a un edificio de departa-mentos, muy céntrico, cerca de la universidad, un mes antes de empezadas las clases. Dos semanas después de cumplir años.
Mudó solo sus pertenencias. Eran dos cajas marrones llenas, sólo dos viajes que hacer.
Su departamento no era pago, la Municipalidad de Houdbaar donaba todos los años diez departa-mentos céntricos a los diez mejores promedios na-cionales para que no abandonaran el país. Shini Pi-tró era el onceavo mejor promedio, el mejor prome-dio huyó dos meses antes, Shini Pitró ocupó su lu-gar.
Era un onceavo piso, era un solo cuarto gris y cuadrado, de cinco metros por cinco metros, cocina y un baño, pequeño. Entraban la cama, un escritorio pequeño, una cajonera con ropa. La computadora portátil, los parlantes, el calzado y la colección de películas irían debajo de la cama.
Estiró las sábanas con paciencia, suavemente. Las vio ondear hasta posarse sobre el colchón. Ex-halar y aplacarse. Aseguró uno de los ladrillos grises que eran las patas de la cama y se tiró en ella. Sonre-ía.
Sabía que dentro de un mes empezaría a estu-diar Leyes.
Shini Pitró continuaría la línea barata de su vi-da: la universidad no era paga, era de la Municipali-dad de Houdbaar.

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3

Shini Pitró tomó tres calmantes la noche ante-rior a su primera clase en la Universidad Central de Houdbaar. Eran nervios lo que tenía. Estuvo des-pierto mucho tiempo con los ojos clavados en el techo.
Era un aula gris en un subsuelo de quince me-tros por quince metros, con bancos usados, luces fluorescentes y sin ventilación. La voz de Rednal fue lo primero que oyó ese día.
-“La ley es telaraña (en mi ignorancia lo expli-co): no la tema el hombre rico, nunca la tema el que mande, pues la rompe el bicho grande y sólo enreda a los chicos.”
Shini Pitró abrió los ojos.
-¿A quién cité?
Rednal los miró con tiempo uno a uno.
-Bien: no importa conocerlo. Importa saberlo.
Era el primer día de Leyes. Ese día tendrían todo el día con Rednal y sólo con Rednal.
-Importa tenerlo asumido como norma núme-ro uno. Si serán abogados lucharán a favor de bi-chos grandes y les irá bien. Lucharán a favor de bi-chos chicos y lucharán mucho –Su voz era seca y clara-. Si luego quieren hacerse Jueces, legisladores algún día, serán arañas.
»Los pequeños no tienen voz, y el que calla, otorga: así funciona básicamente la Ley. Ustedes tienen la posibilidad de ser su voz (una que cuesta oír) o la de ser otra voz de la muchedumbre ensor-decedora.
Llenó los pulmones con las dudas que surgían de sus alumnos, se dio media vuelta, caminó hasta el escritorio del profesor, limpio con la manga, hizo chillar la silla al arrastrarla, se sentó. Sacó unas hojas de su maletín negro y empezó a escribir con la cabe-za agachada.
-Eso es todo por hoy, pueden irse.
Murmuraron y se movieron en sus sitios.
-¿Sólo esto el primer día? –preguntó uno.
-Es suficiente información como para marear-los –dijo Rednal alzando los ojos sobre sus anteojos-. Vayan a casa, estudien lo que les dije, vuelvan ma-ñana con las mentes preparadas para un poco más.
Con reproches y frustración se deslizaron to-dos fuera del aula y subieron las escaleras.
Shini Pitró se quedó sentado en su lugar hasta que todos salieron. Se paró, caminó hasta el escrito-rio de Rednal y apoyó sus dos manos sobre la fór-mica vieja, al lado de unas hojas.
-¿A quién citó, profesor?
Rednal levantó la cabeza otra vez. Los ojos le brillaban, o tal vez los anteojos reflejaban la luz fluo-rescente.
-José Hernández, Martín Fierro.
-Gracias, profesor.
-Dime. ¿Te interesa el vandalismo educativo?

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4
Roma Mora había aparecido en Houdbaar on-ce años atrás, y desde entonces no había dejado de crecer en ningún momento.
Roma Mora había aparecido hacía cuarenta y tres años en algún país poderoso del mundo. Pron-tamente se había propagado como un gas a todos los demás países. En algunos fue combatida, en otros, como el país en que vivía Shini Pitró, acepta-da y favorecida.
Roma Mora era una empresa multinacional en-cargada de llevar el placer al mundo. Su eslogan de-cía algo como eso. Comerciaba tecnología y mujeres.
Mujeres, ilegalmente.
No las ofrecía al público, había que buscar la oportunidad, había que acercarse y tener muchos contactos. Para estar con una mujer de Roma Mora había que ser un pervertido de conciencia.
Roma Mora raptaba niñas pequeñas, adoles-centes a veces, casi nunca mayores. (También niños, para un gusto diferente de pervertidos.) Desaparecí-an y casi nunca eran buscadas: Roma Mora pagaba caro. Las llevaban lejos, en lo oscuro, las drogaban y les quitaban la vida de a suspiros. Luego las lanzaban desnudas al mercado, y cobraban caro.

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5

Recién el sábado volvieron a tener clases con Rednal. Su olor a alcohol entró al aula cinco segun-dos antes que su cuerpo.
-Es para ilustrar un ejemplo.
Dijo que por eso estaba borracho. Sin embar-go no pudo explicar bien el ejemplo porque hipaba y lloriqueaba.
La clase duró una hora. Hubo quienes toma-ron apuntes, quienes durmieron y quienes se retira-ron de malhumor. Shini Pitró esperó a que todos se fueran y ayudó a Rednal a volver a su casa.
En la puerta del edificio gris donde vivía, Shini Pitró le habló:
-¿Qué pasó, profesor?
-Me emborraché.
No dijo por qué, pero se quedó parado largo rato sosteniéndose del umbral, mirando hacia abajo, llorando despacito y temblando.
-Mi esposa me dejó –dijo-. Once días de esto.
»Hoy me di cuenta.
Shini Pitró no supo qué hacer.
-No sabía que estaba casado.
No fue algo adecuado, pero Rednal sonrió. De pronto pareció más sobrio que antes.
-No era algo que se notara… Dime. ¿Te inter-esa el vandalismo educativo?
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Nu.RR

El ómnibus

Un amigo que dejó el trabajo me recomendó lo del ómnibus. Ciertamente que al principio me pare-ció una idea loca, una ocurrencia de su cerebro en cortocircuito… Además me llamó la atención que lo llamara ómnibus, no colectivo, ni micro. Ómnibus me sonó, en el momento, una palabra de película doblada en México, poco fiel a mi realidad. Acá le llamamos micro o colectivo, bondi, bus, cuanto mu-cho. Pero ómnibus me sonó como pesado, algo den-so, con letras que se trababan. “Ómnibus.” Fue raro, porque los que están afuera lo llaman ómnibus, y los que están adentro, simplemente le dicen el vehículo. Vehículo, otra palabra rara.
El hombre este se había tomado vacaciones re-pentinas por la muerte de su mujer. Dora se llamaba, era linda. El tipo… se llamaba Ernesto, creo. Volvió al trabajo nueve meses después de la muerte de Do-ra, totalmente cambiado. No puedo decir que estaba mejor o estaba peor, estaba probablemente igual, pero con un aire totalmente distinto, como el equiva-lente para otro tipo de cosas. Apareció en la oficina para llevarse las cosas que había dejado: fotos, lapi-ceras, ganchitos, una abrochadora y unas carpetas. Pero apenas me vio, se frenó en lo que estaba haciendo y me dijo: -Tenés cara de necesitar estar en el ómnibus. -¿El qué? Le pregunté. –Es un ómnibus que te lleva a pasear… vas a ver, si vas para el norte, pedí un boleto en cualquier agencia de turismos, no sale caro. Y sin decir más se dio media vuelta y si-guió con lo suyo, juntando sus bártulos. Tuve un atisbo de risa, pero estaba tan decaído yo que ni me esforcé. Pobre tipo, pensé, nueve meses desapareci-do y ahora está chiflado… Lo que cambian las per-sonas con un trauma importante.
No seguí su consejo, pero sí el de mi jefe. A las dos semanas después de que Ernesto renunciara y se llevara sus cosas, yo pedí unas vacaciones también y preparé la valija para irme al norte. Lo cierto es que esa noche, cuando sobre mi cama tendida, vacía, me senté a descansar, con la valija cerrada a mi lado, no recordé nada del ómnibus ni de Ernesto. Ese suceso había quedado atrás, muy superado por los eventos recientes que se venían acumulando y acumulando, aplastándome contra las losas de la ciudad ajetreada e indolente. Suspiré amargamente, esperando que aquel viaje que me esperaba y salía en dos horas pudiera reconfortarme. La penuria que llevaba en mi alma era sofocante, realmente necesitaba apartarme de todo aquello. Bajé, pedí un remís y fui hasta Reti-ro, esperé veinte minutos el micro, dejé mi valija, me subí e inmediatamente y, antes de que se subie-ran las demás personas y arrancara, me dormí.
Sin dudas fue un dormirme rápido. Fue como la descarga, el latigazo que me dijo: Guillermo, no estás más en tu casa, no estás más trabajando, no tenés que recordar nada de eso. Una desconexión, como de esas que logran los hipnotizadores y los que hacen reiki. Yo no lo creía eso, pero es verdad: te duermen en cinco minutos, te relajan, te hacen olvi-dar todo y te dejan ahí tirado, tieso… Cuando me desperté vi que tenía dos bandejitas plásticas con comida en la butaca de al lado, que estaba vacía. O sea casi todo un día, fue lo primero que calculé. Me desperecé abiertamente, haciendo mucho ruido, y con trabajo, moviendo mi cuerpo entumecido, sorteé el asiendo de al lado y me precipité al pasillo, en donde me apuré por llegar al baño.
Cuando salí me fui a la cabina de conductores para saber dónde estábamos. Pero no me hizo falta preguntar, porque a nuestro costado había un nego-cio pequeño que decía con desprolija pintura roja: Lavalle quiosco golosinas regalos. Habían pasado quince horas, quedaban sólo cinco más. Me volví a mi asiento, devoré lentamente las bandejitas de co-mida, abrí la ventanilla y pasé las siguientes tres horas mirando el avasallador paisaje que recorría afuera. Los paisajes, pasados a velocidad, siempre me capturaron… Después me dormí y me desperta-ron ya de tarde, al llegar a Salta capital. Casi me tiran del micro los conductores malhumorados, así que retiré mi valija sin darles propina y me fui dere-chito a la oficina a hacer una queja. Pero después me arrepentí: los choferes esos están obligados a mane-jar casi sin dormir durante días, su malhumor era totalmente perdonable. Así que evadiendo la Termi-nal, esperé un taxi (que allá son verdecitos) y me fui a buscar alojamiento. El tipo del taxi me miró por el retrovisor un momento y me dijo, con su claro acen-to salteño: usté sí que ‘ta boleado amigo, ¿no durmió bien en el viaje? Le dije que más o menos, que los viajes me constipaban y que probablemente estaba algo apunado, pues venía de Buenos Aires, a la altu-ra del mismo mar. –Eso no es problema, enseguidita se acostumbra, va a ver. Acá el aire es más tranquilo y ayuda a relajarse… Me cayó bien su comentario, pero en cuanto le presté atención vi que masticaba flemáticamente una bola de hojas de coca, cosa que me dio arcadas, y tuve ganas de bajarme de aquel remís. Pero no lo hice, me iba a perder si lo hacía.
Me bajé en la puerta de un hotel que me reco-mendó el remisero, pagué el cuarto por una noche, me tiré a dormir un poco con las valijas sin desar-mar. No pude dormirme y prendí la radio para dis-traerme un poco de mis pensamientos. Pasaban mú-sica de un grupo local, no me gustó para nada, pero cambiar de frecuencia no valía la pena… Seguí oyendo eso, sin preocuparme, ya sin evadir la pena que llevaba conmigo. Me arrojé de espaldas a la cama y dejé que la pena me hundiera un pozo en medio del pecho, desganado. Y entonces fue cuando oí una pequeña palabrita, pero que fue lo suficiente-mente fuerte como para despertar a mi inconciente en ese mismo momento. “Quince grados tres déci-mas en Salta Capital. El cielo se está nublando y parecería que va a llover por fin, un poco fuera de temporada pero el agua nunca cae mal… Sí, cae mal cuando se inunda todo en primavera, pero en esta época del año hace bien. Ahora cambiando de tema nos informan que el sábado a la mañana va a pasar el ómnibus por el acceso de Ruta 39, para aquellos que se crean lo suficientemente desdichados como para pagar un boleto. Para los que no, los invito a seguir escuchando Arbolito con el tema: Si me voy antes que vos, de su nuevo disco…”
Inmediatamente supe que Ernesto no estaba tan loco como pensé en un principio. Con que todo era verdad… No, me corregí: lo del ómnibus podía ser verdad, tal vez era todo un malentendido… Aún así, me llamó mucho la atención. Me sonó extraño todo eso, el ómnibus, como irreal. Tan irreal como la pa-labra ómnibus en boca de capitalinos y de salteños, fuera de películas mal dobladas.
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Nu.RR

jueves, 4 de septiembre de 2008

Una historia con final feliz

Él la amó durante mucho tiempo. Desde muy niño, tal vez a los cinco años ya se sentía totalmente perdido por su hermosura. La veía siempre en la escuela, sentada a pocos metros de él. En esa época sentía pocas inhibiciones, solamente conocía lo que sentía, pero aún así no se atrevió nunca a hablarle a la cara de ello. Le escribía cartas, pequeñas y bellas cartitas de amor. Le decía te amo, no se preocupaba, sin saber que si tuviera diez años más y dijera eso, estaría tal vez todo perdido. Pasaron los años y él al seguía amando, ausente, quizás, ya sin cartas, preguntándose qué pensaba ella, qué sentía ella. Al principio parecía que ella también lo quería. Pero fueron creciendo y ella no lo miraba, y él se sentía destrozado. No entendía nada, ¿lo amaba o no? Antes sí, se decía, antes sí, pero lo eché todo a perder. Y no toleraba esa idea. Y volvía a insistir estúpidamente, sin saber cómo eran las cosas, sin saber nada más que lo que su corazón decía, sin coraje, sin crecer. Ella no lo amaba, lo sabía, pero no lo entendía. Sólo se concentraba en lo que él sentía, no sabía nada de ella, era una idealización plena, tal vez verdadera. Él la amaba tanto, ¿cómo era posible que no fuera correspondido? ¿Podía simplemente Dios dejar que él sufriera tan amargamente, sólo porque ella se había alejado de sus sentimientos? Lentamente, contra su voluntad, fue entendiendo que el amor no es eterno, que la gente cambia de parecer más rápidamente de lo que parecía, y aunque su corazón seguía volcado hacia ella completamente, se forzó a no quererla, a verla como a alguien común. Buscó toda clase de excusas: el amor y todos los sentimientos no son más que producto de hormonas y sustancias cuyo único fin es la perpetuidad de la especie; la razón puede dominar los sentidos, etcétera. Terminó reemplazando lo que sentía por lo que creía y pensaba. Sintió varias veces ese vago reflejo de lo que alguna vez había sentido, todas ellas por poco tiempo y vacías. Se cambió de colegio, la olvidó, no fue más que un recuerdo. Luego, cuando todo parecía no ser más que un recuerdo algo divertido algo terriblemente triste, se encontraron. Había temido mucho que eso sucediera, pero no hubo nada malo. Ambos ya creían haber crecido, haber entendido cómo era la vida. Él no sentía amor ya, no se preocupó ahora de que ella no lo amara. Era una chica especial, más linda que antes, pero nada de sentimientos podía meterse. Pasaron buenos tiempos de amigos. Sin rencores, sin verse los rostros. A ella le gustaba escribir trozos de letras de canciones conocidas, y él las leía, sin darse cuenta. Ella había descubierto algo nuevo en él, pero él no. Y pasaron tiempo como amigos, ella dudando de amarlo, él ignorando su amor. Y se volvieron a separar. Se fueron lejos, reprimiendo sus corazones. Pero al separarse de ella, su corazón no se contuvo más y gritó: ¡sí la amaba! Y entendió, unió una a una las letras de las canciones, descubrió un mensaje, como una antigua cartita de amor, simple, bella, de sentimientos puros. No sé si alguna otra vez se vieron, tal vez no, tal vez vivieron llorando ese pasado que no había llegado a concretarse, o tal vez sí se encontraron. Y en ese caso, tal vez se dijeron que se amaban, o tal vez ya no lo sentían. Tal vez sí se amaban, pero la distancia y el tiempo los habían acobardado, y simplemente se desearon en lo oculto. Yo espero que se hayan encontrado una vez más, que hayan sido sinceros, y que sus corazones, heridos de tanto amor, tanto tiempo, tanta espera, tanta desesperación, tanta duda, tanto vacío, se hayan dado un primer beso, un beso único, un beso que había aguardado desde lo cinco años la tensión, ese beso que era producto de una exacerbación de hormonas locas de felicidad. Luego de ese beso, si siguieron juntos, si se dieron cuenta que no se amaban tanto como sentían, si se casaron y tuvieron familia, si se odiaron, si se separaron y nunca más se vieron o si volvieron a encontrar, o si simplemente fueron felices el uno con el otro, lo que haya pasado después de ese primer beso, no me importa.


Nu.RR

Una venganza dulce como miel

Missail Cook fue siempre una persona de meterse involuntariamente en problemas. Quizás toda su vida fue un problema, excepto por una cosa: su matrimonio con Rachael Light, una mujer que lo soportaba en todo.
Él había nacido en una familia bastante pobre en las afueras de Washington y ya desde bien pequeño fracasó por uno u otro motivo en todo lo que emprendía y se ganó enemistades tratando vanamente de ayudar a muchos conocidos. Luego lo enrolaron los del Ejército del Norte y fue responsable de una de las primeras derrotas de la Unión al tener que abandonar su guardia para ir al baño pues había bebido mucho líquido por culpa del cocinero al que le encantaban los picantes. Luego huyó hacia el sur, donde provocó el cierre del cabaret de un amigo y el incendio de una taberna bastante concurrida; entonces se volvió a su Washington y buscó inversores para comenzar a excavar en una mina en Texas. Uno de los inversores era el padre de Rachael Light, y con ella se casó al poco tiempo de iniciar los preparativos de la obra. Finalmente, por falta de planificación, se desmoronaron los túneles y, en medio de un motín de los trabajadores, Missail escapó con Rachael y la mitad de toda su fortuna en una carreta.
A mitad de camino, algunos días después de huir de Texas, en un pueblo bastante grande en medio de la nada, Missail se despidió por un momento de su buena esposa y se fue a buscar un bar, donde estuvo media hora contando sus innumerables desgracias, con tanta pasión y tristeza que conmovió a todos los borrachos del antro. Un hombre notó el potencial que tenía Missail de emocionar a la gente con sus historias cuando estaba ebrio, y lo mantuvo así hasta la mañana siguiente, cuando lo llevó a la plaza central y cobró a las personas que pasaban por allí, oían sus desdichas y se quedaban a llorar cerca suyo.
Para cuando recobró la conciencia estaba inmovilizado en el cepo de la plaza. Rachael estaba a sus pies, ofuscada. Missail, mareado aún y con un gran dolor de cabeza, giró el rostro cuanto pudo, humillado, para no ver la expresión de sus ojos. Le preguntó por qué estaba allí y su esposa le dijo que, luego de terminar su patética función (de la cual no recordaba nada) se había dedicado a atacar a los vejetes ricos del pueblo, y que por eso el alguacil lo había encerrado en el cepo. Y debía agradecer que, mal que mal, la gente se había tomado con algo de gracia sus correrías y no lo habían abochornado para nada mientras estaba dormido. El problema, le contó Reachel, fue que, avispado por sus relatos, uno bandido desdentado había ido a su cuartito de hotel y se había llevado todo de todo, los había dejado con la ropa que llevaban puesta (teniendo en cuenta que la de Missail estaba completamente manchada de vómito).
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Nu.RR

Nadie me cree

Siempre las propagandas de si bebiste no manejes o cui-dado con los cohetes en las Fiestas te dicen que vos pensás que esas cosas sólo le pasan al resto y que no es así, que le pasan a todos. Pero es mentira, esas cosas sí que le pasan sólo a los demás. Y seguro que vos ahora estás pensando que no, vos sabés que fulano te contó que su primo volvía de una fiesta y se comió una camioneta y estuvo una semana inter-nado. Si es verdad, hay dos posibilidades: una es que real-mente haya tenido la poca cordura de chocarse estando bo-rracho, pero es la menos de las veces; la otra alternativa es que haya sido, muy probablemente, parte de un plan para que chocase, o se quemase los dedos con un cohete fallado. Por-que eso sí pasa seguido: las noticias que vemos de este tipo de accidentes fueron provocadas a propósito. También, por otro lado, son falsos los comerciales de medicamentos que te dicen no levantes comida del piso, lavate antes de comer, cualquier cosa sucia de enferma sin posibilidad de escape. Todo mentira, inventado. Los gérmenes, la placa bacteriana, las infecciones y las intoxicaciones son prácticamente siem-pre producto del subconsciente atolondrado. Pero pensalo: ¿cuántas veces estuviste a punto de chocar y zafaste por casi nada? ¿Cuántas veces comiste basura y realmente no te pasó nada? Es todo, todo parte de un gran plan para controlar las actitudes de la gente, provocar un cuidado casi excesivo y un consumo de ciertas drogas y artefactos, ciertas marcas. ¿Por qué creés que están prohibidas las drogas que son alucinóge-nas y nocivas, pero el cigarrillo, que sólo es nocivo, está permitido? Creelo, cuidate, no hagas caso a las cosas que oís, después de todo, las publicidades en la televisión son las que menos mienten…

Nu.RR

Ven Sultán

Todo empezó ahí, en esa complicada situación: estaba en el baño tratando de hacer mis necesidades fisiológicas, averiguando cómo funcionaba ese pequeño aparato de mi hermano, y con un gran hipo que me sacudía hasta las rodillas. Ese aparato se lo había traído de Japón un amigo de la familia al tonto de mi hermano, y según contaba, era de la última generación de reproductores de mp3; en ese momento estaba cargándose mediante un cable enchufado del lado de afuera del baño, por lo que la puerta estaba apenas entreabierta, y para colmo como era un día horrible, ventoso y relampagueante, me veía amenazado con que de un momento a otro se abriera la puerta que yo sostenía con el pie.
Y la desgracia sucedió: mientras hacía fuerza con mi estómago y tocaba con mis dedos inestables unos botoncitos, hipé con una fuerza sobrehumana que me elevó varios centímetros sobre el asiento del inodoro y me forzó a correr el pie de la puerta que inmediatamente se abrió con una ráfaga descomunal y de repente un rayo que me encegueció descompuso todo el sistema eléctrico de mi casa y me ocasionó a través del reproductor de mp3 una fuerte descarga; y el preciado aparato cayó dentro del inodoro.

Para cuando desperté estaba con los pantalones subidos y abrochados, un tanto despeinado por la estática y con unas cicatrices palpitantes en las palmas de mis manos. El reproductor de mp3 no estaba por ningún lado. Miré alrededor y vi un gran páramo seco de tierra naranja plagada de gigantescas osamentas oxidadas con un palacio de estilo hindú a unos kilómetros de mí, construido de algo blanco y sucio.
Asustado por no saber qué había sucedido después del incidente en el baño, me encaminé hacia ese edificio lo más rápido que pude, pero a mitad de camino me crucé con un bulto en el piso. Me le acerqué y enseguida me di cuenta de que ese bulto era un caracol gigantesco que descansaba a la sombra de un omóplato rojizo. Lentamente empecé la retirada, pero el molusco debió percibir mis pasos sobre el suelo porque estiró sus antenas fuera de la caparazón y comenzó a perseguirme más rápido de lo que suelen hacerlo los caracoles, incluso los gigantes. Ni siquiera pueden imaginarse cómo me sentí. ¿Dónde rayos estaba? ¿Qué era todo eso? ¿Qué habría en el palacio? Estas son unas pocas cosas de las miles que se me cruzaron por la cabeza mientras corría como loco hacia el palacio.
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Nu.RR

Vive

VIVE

En una casa vive gente que mira el cielo y desde el cielo se ve esta casa pequeña, grande, y el cielo es inmenso y grande y celeste que cuando el tiempo pasa y las sombras se alargan se tiñe naranja y una lágrima rosa te mancha la espalda y la falda de fantasía que invita a unas copas a que sueñen de día que pasa de largo y no vuelve y retorna en un ciclo de frío y calor, amor y sudor, casas y cielo, mi vida la cena está servida si tienes hambre puedes venir y beber mi carne, sabrosa de muchacha joven y tierna que sueña despierta con el hombre a caballo que va galopando y golpea su frente y dice, no miente, que es tiempo de verte y vestirte y amarte y sentirte de fuego, y que hay que salir de este juego de amantes que la casa es chica y es grande, mujer de granate, y que el cielo mira, celeste naranja y rosa, y ve todo chico y chica que crece y aprende el amor. Muere.

Y desde esta paleta verde y violeta se salta al abismo de esa ruleta rusa que mira, intrusa, y espera que su caballero, su dama y el mundo entero ruede como una pelota sobre los números y circule, porque la habitación es grande y es grande el frío entre los abismos y los amigos distantes y ella le pide un plato de sopa, que es rica, la sopa, y cree que si moja su dedo el caballero saldrá a vengarla y será como acero o hierro fundido en este tablero de cristal y gruñidos y se oye claro la sartén golpeando la hornalla del fuego y cocina la criada de piel negra y mojada, trabaja y transpira y grita cautiva, pues desgarra al amor, y la bala se escapa y crece y ataja y ve de colores la nueva esperanza y cree que logra y que siente mejoras, pero todo es violeta, olor de la siesta, y cuando llega la noche. Nace.


Nu.RR

Señal Hig-Love

Cada uno encendió su computadora y comenzamos a hacer la comparación que nos tocaba hoy: “comparar los crímenes cometidos por la Inquisición (1478-siglos XIX y XX) y UNICEF (1950-2033)”. Luego de la comparación del gobierno y campaña de Adolf Hitler con la de diversos presidentes Estadounidenses, esta parecía una tarea sencilla.
Detuve por un momento mi redacción y sin levantar mucho la frente miré al prefecto de Lengua y Redacción: él, sentado en su sillón cómodo, su computadora, sus sensores de señales y ondas prohibidas en el colegio, su rostro gris y su brazo derecho lleno de quemaduras profundas. Una vez más me pregunté cómo era que ese hombre, cuyo cuerpo hablaba por él, había llegado al puesto sórdido de prefecto. Lo detestaba en ese momento, mientras veía las líneas verdes que ondulaban en sus monitores, mientras miraba el espacio vacío que una vez había ocupado el retrato de aquella mujer. Pero en el fondo deseaba poder ser como él, ser como había sido y ser lo suficientemente capaz como para seguir sobreviviendo al mundo luego de lo que le había pasado, cosa que me pasaría a mí también si yo seguía actuando de la misma manera idiota que lo solía hacer. Lo observé nuevamente sin alzar las cejas de más, y luego giré mi cara hacia la izquierda.
Fuu se sentaba a mi derecha, un metro y medio a mi derecha. En sus ojos negros y densos se reflejaba el monitor de su monitor, y si prestaba un poco de atención podría haber leído en ellos lo que escribía y lo que pensaba. Hice el esfuerzo, pero obviamente no pude penetrar en su mente ni leer su monitor; su hubiera sido como el prefecto de la clase de Lengua y Redacción ya hubiera escarbado sus temores y gustos y la habría conquistado con simples palabras, pero ni de lejos yo era como había sido mi prefecto, yo no era bueno con palabras ni con chicas, sólo con computadoras.
Volví a concentrarme en la información que tenía ante mis ojos. La pantalla me mostraba datos de cuántas muertes se estimaban que había causado la Inquisición, los cargos con los que se acusaba y la común manera de ejecutar casos sin juicios o con juicios corrompidos. Aún así, muchísimos de los acusados contaban con un cargo en su contra aunque la pena no era merecida. Por el otro lado estaba UNICEF, que con sus planes y maniobras había logrado instaurar la legalidad del aborto en todos los países, provocando más del doble de muertes en sólo una década, sin causa, juicio ni veredicto. Y ambas instituciones también tenían sus lados positivos, pero como el trabajo hablaba de los crímenes, omití la gran mayoría de datos aduladores.
Mi pantalla se había torcido y tuve que enderezarla (era una membrana plástica del grosor de una cartulina) y a mi teclado le fallaba bastante la barra espaciadora. Muchos en mi lugar habrían pedido un teclado de nuevo y habrían tirado el suyo a la basura, pero yo desencastré las dos capas de goma flexible y miré la suciedad interior. No tenía nada para limpiarlo, así que volteé hacia Fuu y le pregunté en voz baja si tenía algún pañuelito o algo. Ella asintió sin hacer ruido y sacó de su cartera un semitransparente pañuelo rosado con florcitas. Le aclaré con la mirada que era para limpiar mi teclado y a ella no le importó, y me mostró que tenía otros tres pañuelitos por el estilo. Estiramos nuestros brazos por un segundo y el metro y medio que nos distanciaba quedó burlado. Ella inmediatamente volvió a su trabajo, pero yo primero olí su aroma, era fresco. Inmediatamente limpié el recoveco de la barra espaciadora y volví a encastrar el teclado. Estaba por llamarle la atención nuevamente para devolvérselo cuando frené de golpe: tenía un pañuelito de Fuu, en mi poder, ¿qué habría hecho el prefecto de Lengua y Redacción en mi lugar? Lo pensé por cinco segundos. No volvería actuar de la forma idiota que solía hacerlo, no quería terminar como aquel hombre.
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Nu.RR

Pensamientos de un duende de dormitorio

Hasta los monstruos de su placard le tenían miedo, era feroz. Se llamaba Alma, su mamá le decía Almita, pero entre ellos, los seres de su dormitorio, le decían Mandril. Habían visto uno una vez en uno de esos programas de Animal Planet que ponía su mamá en la tele. Pero después iba Mandril y en cuanto podía cambiaba de canal, porque ella odiaba, detestaba a los animales y todo lo que se le pareciera. Pero según ellos Almita era bien parecida a un mandril, siempre gruñendo, fiera, siempre moviéndose de aquí para allá y colgándose de las cosas, y siempre que su mamá la agarraba le dejaba la cola bien colorada. Alma ese día rompió la tele porque estaba cansada de que su mamá pusiera el Animal Planet, y harta de ver mandriles la tiró al piso con fuerza y le saltó encima hasta que llegó su mamá y comenzó a darle nalgadas. Esa misma noche la rebautizaron como Mandril, y algo felices por su picardía se dispersaron entre sus propiedades. El peludote grande vivía en su placard junto con las dos serpientes violetas, el enano gris solía vigilar a la niña desde el estante en el que solía vivir el pez antes de que ella lo tirara por la ventana, los pequeños duendecitos vivían en su empolvorada y recóndita biblioteca de cuentos infantiles, el gran chupasangre iba y venía del dormitorio a su antojo, el pulpo camaleónico acaparaba para él todo el espacio debajo de la cama, algunas hadas se ocultaban en el viejo guardarollo y el resto de seres mágicos buscaba cada mañana y cada noche un nuevo espacio vacío, una nueva sombra de muñeco tirado en el piso para dormir. Ellos se encargaban de Mandril, de cuidarla, de castigarla cuando se portaba mal, de hostigarla con mil pequeñas cosas y de divertirse a sus expensas, pero Mandril era tan malvada que, una vez que los descubrió, les hizo la vida imposible. Como bien sabían ellos, en el cumpleaños número dos de la niña debían darle un susto grande, aparecérsele en persona y asustarla. Hasta el momento debían conformarse con molestarla sin que ella supiera de ellos, pero esa noche, cuando ya hubiera abierto su ultimo regalo, saldría el peludote grande, las serpientes, el pulpo y el gran chupasangre a darle el susto más importante de su vida. Pero ese día la agarraron de mal humor, y al primer ¡bu! ella los agarró del pescuezo y los revoleó a todos adentro del placard y es dio un portazo, tanta era su furia y su temperamento. Desde entonces todos le tienen miedo.


Nu.RR

Querido Charles

Charles Dickens nació con la desafortunada suerte de llamarse igual a un famoso escritor, o más bien la de tener un padre de apellido Dickens y una madre fanática de los cuentos navideños. Pero su bautismo no fue si no el comienzo de una de las tantas cosas raras en la vida de Charles Dickens.
Tal vez el hecho de tener por nombre a un escritor inglés y haber nacido en Córdoba Capital hizo que en la escuela fuera de esos chicos que se destacan por su mudez y su apatía. Pero eso cambió abruptamente luego de la muerte de su tercer psicólogo y llegó a ser uno de las personalidades más destacadas en la universidad de Lenguas, donde cambiaron su apodo a Charly (aunque en las cartas navideñas siempre era Charles Dickens a secas).
Sin embargo había aún muchas cosas raras en él, como su adicción por la cábala. Junto con mamá, papá y caca, cábala fue unas de las pocas palabras que sabía pronunciar correctamente antes de cumplir un año. Y desde ese entonces Charles Dickens fue una de las personas más cabaleras jamás existidas: quemaba sus calzoncillos todos los jueves de luna nueva y compraba unos nuevos, no quitaba las frazadas durante todo el verano, usaba el pijama del revés y robaba todas sus lapiceras para dar exámenes escritos. Para los orales siempre usó corbata amarilla. En los mundiales cambiaba siempre de canal cada vez que aparecía una publicidad relativa al evento del momento, nunca compró dos veces el mismo tipo de dentífrico ni de crema de enjuague y siempre tuvo un par de medias rojas en el cajón, aunque nunca las usó.
También tenía fobias que rayaban en lo cínico: fobia a los albinos de ojos rojos (se parecían a androides apocalípticos venidos del futuro), fobia a las jaboneras (no sabía bien cómo, pero podían llegar a amputarle los dedos), fobia a las colchonetas inflables (estaba convencido de que eran trampas mortales), fobia a los videoclubes (había demasiada estimulación neuronal en esos antros y creía que le podían dar ataques sicóticos) y a los botones (temía morir asfixiado por uno de ellos). Además era claustrofóbico, adicto a los hisopos verdecitos y era alérgico al Christian Dior (por culpa del cual pasó una semana internado con unas brutas erupciones que le salieron en los brazos y el cuello).
Era daltónico. Veía todo en tonos ocres y grises.
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Nu.RR

Muertos en el Caribe

El día era calmo por el momento y los tripulantes del Tempestad miraban las cristalinas aguas del mar Caribe. El Tempestad era capitaneado por un valiente filibustero nacido en Holanda, Rembrandt Steen, o como lo conocían: el Pirata Muerte. Los piratas de abordo estaban felices, pues habían capturado varias naves cargadas de mercaderías, y se daban el lujo de hacer fondo con algunas caras botellas de Jerez. De repente, entre los borrachos, apareció Jacob Cromwell, contramaestre del Tempestad.
-Ustedes que están bebiendo, ¿no saben acaso del peligro de estas aguas? -dijo, invitando a la conversación. Algunos, muy borrachos o para nada supersticiosos, se limitaron a reír, mientras que otros, interesados por el comentario, dejaron de lado sus botellas y se quedaron mirando fijo a Jacob Cromwell.
-¡Explícanos qué es lo que quieres decir o te cuelgo del palo mayor! -gritó un pirata colmado de bebida.
-Bueno, bueno. Les contaré -hizo una breve pausa, como quien se prepara para relatar un lamentable suceso-. Todo empezó con un español, de quien desconozco el nombre, pero sé que era algo Gonzaga. Él había venido a unas islas cercanas con dos navíos, El Corcel y Bravío. Él vino a estas costas en busca de oro y de aventuras -dijo, y poniéndose serio, agregó en tono sombrío-. Antes que nada debo decir que este hombre, Gonzaga, era una persona despiadada y cruel, sin escrúpulos y sanguinario. Llegó a una isla y comenzó con sus fechorías; robaba, quemaba, raptaba, mataba, escarmentaba, en fin, se ganaba un lugar en el averno. Resulta que llegó un día a una isla habitada por primitivos muy creyentes de sus dioses, y en cuanto vieron las barbaridades cometidas, pidieron a un anciano hechicero, al que tenían por enviado de su dios, que maldijera a sus enemigos.
-¿Y qué pasó? -preguntaron, pues veían acercarse un momento clave. Ahora todos escuchaban con atención a Cromwell, que estaba complacido de su audiencia.
-El anciano expulsó de una vasija a un monstruo marino, que es una sombra que se pasea a una velocidad increíble bajo el agua. Esta sombra persiguió a El Corcel y al Bravío y los hundió. Desde entonces patrulla estas aguas, hundiendo a todos los barcos, y salvando a los que hayan hecho previamente el ritual de salvación, aunque eso no los libera de vivir los horrores que la tempestad que atrae.
-¿Cuál es ese ritual? -preguntaron.
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Nu.RR

Nostalgia

Las flores muchas veces se mudan de pétalos sin que veamos cómo hacen
y la luna las tapa
con su luz develando el misterio de si las hadas existen
y si la economía sirve, y de por qué los niños lloran cuándo y de qué,
pero no nos cuenta de ningún fantasma si las fiestas son bonitas o alegres, si funcionan,
si despejan la mente, si algún día habrá una fiesta verdadera
en la que nadie se sienta mal, en la que todos disfruten del fuego
de sus corazones así como las brasas gozan con los lambetazos del viento que aviva y mata,
y es entonces que me pregunto
por qué la vida nos hace así, sufrimos y disfrutamos,
a veces con o sin motivos, ¿somos felices?
y tal vez eso dependa solamente de los espejos
de vida que flotan alrededor de cada una de nuestras almas desconsoladas de haber nacido,
de saber que viven,
de saber que piensan esto y sabiendo que mientras recuerden que razonan
no podrán vivir felices, sí podrán vivir como se debe,
sabiendo esto, aceptándolo y sobretodo,
viviendo.


Nu.RR

Malcom

Cinco segundos antes Edgard había estado de rodillas, riéndose del tipo del arma y esforzándose por ignorar el ardor de su vientre. Le dolían muchísimo también las muñecas atadas, tanto y con tanto calor por la fricción que hubiera deseado no tener manos, y los anteojos rotos se le habían ido ladeando de a poco y ya no podía enfocar ni la mitad de las cosas a su alrededor; bah, como si hubiera querido verlas. En ese momento pensó que no era momento apropiado para morir, que era joven y que tenía una creciente carrera como dueño de una empresa de efectos especiales por computadora que no se podía desperdiciar. No quería morir, ni allí ni después. ¡Quería vivir! Y fue entonces cuando su mente divagó: tendría que decirle a Malcom y a Cristina que el lunes preparen esos afiches para llevar a la Dunan Pictures a la conferencia… La Dunan Pictures era importantísima, el lunes era un día especial, la oportunidad de conseguir muchísimo dinero que podría servirle de mucho a sus amigos… El lunes, el lunes…
Dos días y tres horas antes había comido sushi con tres de sus empleados en su departamento del undécimo piso: su secretaria Elizabeth y la pareja de activos diseñadores Malcom y su esposa Cristina. Edgard había visto con algo de envidia a Malcom en esa oportunidad: Malcom no sólo comía con esos palitos con plena soltura (Edgard siempre había sido tosco hasta con la cuchara), si no que le causó casi ira el hecho de que su relación amorosa con Cristina fuera tan encantadora; eran tan felices, sus tres pequeños hijos se veían tan contentos y brillosos y bien educados, y aunque sus sueldos no podían comprar tantas cosas y tanto confort, era todo en ellos tan espléndido que su departamento en el undécimo piso, sus dos empleadas domésticas, su panel de televisores, su auto deportivo y su tapiz persa le parecieron vacíos, sus relaciones migratorias con tantas bellas mujeres apasionadas e interesadas le parecieron una basura. Si por una vez hubiera podido estar con una mujer tan encantadora como Cristina y hubiera podido saber qué se siente ser afortunado, Edgard pensó que todo sería diferente, que podría ver de manera distinta lo que quedaba de su vida. Levantó la copa de champagne (decididamente el champagne y el sushi no era una combinación que le agradara) y brindó por todos ellos, y en su interior brindó por una oportunidad, aunque fuera una.
Ocho días y siete horas antes Malcom, apenas se había enterado de lo que Edgard había hecho, se contactó a través de un amigo con un grupo de “gente de negocios”. Les indicó cómo tenían que hacer, cómo actuar y allí mismo cerraron el porcentaje que se quedaría cada uno; Malcom obtendría todo lo que precisaba.
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Nu.RR

La mancha de los Bran

Los tres hermanos Bran vivían en una casa aislada del bosque, una casa grande y con bastantes lujos. Los habitantes del pueblo apenas cada tanto veían a la hermana del medio, Celeste Bran, una chica un tanto rara, solitaria y de estado frágil. Los otros dos hermanos casi nunca veían el sol exterior, sólo para buscar leña o ahuyentar a los perros. Auro Bran, el mayor, era una persona sumamente callada, solía vestir una bata morada, fumaba siempre su pipa, llevaba un libro en sus manos o su bolsillo y no se desprendía por muchos días de su gato. Ricto Bran, el menor, tal vez hablaría más si hubiera gente con quien hablar, pero tenía un cerebro un tanto retorcidito, le gustaba vestirse con mucha elegancia innecesariamente y ocultaba una pistola en su mesa de luz.
Un día Celeste Bran fue a hacer las compras al mercado del pueblo y trató de esquivar lo mejor posible las miradas de las señoras que creaban un infierno de su hogar. A la hora de la cena ella preparó la comida un tanto temprano, y como no tenía ganas de gritar para que sus hermanos vinieran a comer, tocó la antigua campana que había en la mesada. El gato, que estaba en el regazo de su amo mientras éste leía y fumaba, dio un terrible brinco al oír ese ruido y salió corriendo por el pasillo más cercano. Auro Bran masculló unos insultos hacia su hermana olvidadiza y se incorporó toscamente para ir a comer. El gato que huía a los saltos chocó bruscamente contra Ricto Bran, que, algo asustado, algo irritado, apoyó el caño de su pistolón contra la panza del gato mientras lo sostenía del pescuezo y activó el gatillo. Un sonido que llegó disminuido a la cocina, un cadáver peludo, una pistola con una bala menos y una mancha bordó en la pared. Ricto Bran nervioso escondió la pistola en su pieza nuevamente y se fue a comer. Cuado terminaron con la cena, Auro Bran fue a leer nuevamente frente al hogar, extrañado de que su gato no volvía, Celeste Bran se quedó limpiando la vajilla y Ricto Bran se llevó disimuladamente un frasco con limpiador y trabajó media hora sobre la mancha para limpiarla, usando el pelaje del animal como trapo. Finalmente sonrió, aliviado.

En la mañana Celeste Bran trató de quitar una mancha que había aparecido en un corredor, pero no se iba. Era sangre seca y dura: así como se había manchado la pared, así había quedado. Sus hermanos holgazanes no movían un dedo por nadie. Pensó que un día de estos se hartaría y se libraría de ellos con el arma que su hermano escondía en su mesa de luz. Más tarde, mientras desayunaban, Celeste Bran le reprochó a su hermano mayor que sólo se dedicaba a su maldito gato. Él siguió acariciando a su mascota y se rascó la barbilla, donde se había hecho un gran tajo al afeitarse; su hermana le reprochó de la mancha de sangre que había dejado en el corredor, y él le aseguró que no la había provocado, pero luego la ayudó a lavar la vajilla. Celeste Bran tuvo otra pelea con Ricto Bran, que aseguraba lo mismo. Pero Ricto Bran no la ayudó para nada ni intentó aliviar su ira. Esa noche fue hasta su dormitorio, agarró con delicadeza ese revolver y asesinó a su hermano en el corredor, dejando sólo una mancha de sangre en la pared.
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Nu.RR

La Ciudad de las ratas

Era un pueblo cercano a la capital, grande y lleno de trabajadores y honestos hombres y mujeres que no perdían la calma ni el alma de trabajar todos los días desde la salida del sol. Si bien no entraba en la categoría de «ciudad» todos le decían Ciudad. Todas sus callecitas de tierra apisonada que no se deformaban con el paso de carretas, las imponentes casas de rocas, las casitas de tablones crocantes y lisos de tanta pulcritud y esos farolcitos en todas las esquinas que mantenían la seguridad a la noche le habían dado fama de la Ciudad más sana y trabajadora de todo el país y, además, se enorgullecía de su policía que había logrado extirpar hasta el último bandido y la última mujerzuela. Para esas cosas está la capital, decían sus habitantes inflando los pechos, sabiendo que al menos una vez en sus vidas habían corrido hacia ella en busca de un poco de liberación.
Esa policía educada, siempre de pie o a caballo, recorriendo, vigilando y mirando recovecos, ayudando a las señoras y a las embarazadas, dirigiendo severas miradas a los piroperos y manteniendo a los perros fuera de las calles, eran lo mejor que le había pasado a la Ciudad. Desde que el nuevo Jefe de la policía había llegado, uno a uno los ladrones y malhechores se habían escabullido o habían terminado sus robos a manos de la horca. Por eso los terrenos allí eran tan caros y todos eran tan prósperos: ¿quién no iba a mejorar su situación, si el ambiente lo impulsaba a ello?
Pues un día llegó, sucio, con una capa de viaje marrón y un sombrero de ala ancha, un bolso vacío y unas botas desgastadas, el último ladrón de la Ciudad. Huía de lejos, después de un pequeño asalto a una panadería de buenos hombres, y habiéndose comido ya todo lo que tenía, decidió que estaba listo para cosas mayores. Esa Ciudad, oyó decir, abundaba en joyas y oro, allí los pocos que tenían que mendigar por inválidos recibían plata y oro todos los días y pagaban sus propias casas y tenían peones a su cargo. Limpiándose el barro ante el arco de la entrada, se dijo que allí, gracias a su gran capacidad, se haría millonario.
Ese mismo día entró a un restorancito y pidió un gran plato, un manjar, lo mejor que tenga hoy para ofrecerme. Comió, a pesar de su mal aspecto, con muchos modales y elegancia, a pesar de su hambre, con lentitud y gozo. Cuando ya no quedaba ni con qué manchar un pan, echó una suave mirada el dueño del antro para que se le acercara. Le dijo, sin disimular nada, con voz serena, calmada y aterradoramente educada, que no tenía en los bolsillos ni un botón de sobra, y que aceptaría, muy gustoso, limpiarle todo el lugar a cambio de la comida. El honesto hombre se apiadó de él, preguntándose qué le habría pasado para que llegara a ese estado, y dijo que aceptaba sus servicios.
Así comenzó. A la semana trabajaba para el hombre, que le había conseguido una casucha en el fondo de su casa. El muchacho es una máquina de la limpieza, es la persona más pulcra y silenciosa que conozco. Es capaz de limpiarte las botas por dentro sin que te enteres que está allí. Él escuchaba en silencio y con una sonrisita interior los halagos de su patrón y de la demás gente a la que hacía favores y galanterías. Todas las tardes salía a caminar, mirar, observar como ajeno todas las terrazas, balcones, techos, canaletas y callejones. Pronto comenzaría con la canallada, se dijo.
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Nu.RR

Inspiración no te vayas

-No se te ocurre qué hacer ¿no?
-Y, no.
-¿Y qué hacías escribiendo?
-Te esperaba.
-Acá estoy… ¿y ahora?
-No sé, suponía que cuando llegaras me iba a poner a escribir algo enserio… algo lindo… No sé, la verdad siempre fuiste vos la que me dio las ideas.
-¿Y qué vas a hacer si un día decido no venir más, eh?
-Espero que eso no pase nunca, pero supongo que dejaré de escribir… A veces sos bien frívola vos.
-Siempre lo soy.
-¿Y cómo es que cada tanto largás cosas así, llenas de pasión?
-La pasión es un producto del cerebro, incluso yo lo soy.
-Pero trascienden…
-…Demostrámelo.

-La verdad no puedo, pero en esas cosas se cree.
-Las creencias son producto del cerebro, incluso yo lo soy.
-Te estás repitiendo.
-Lo sé.
-¿Y por qué lo hacés?
-No sé, soy un producto de tu cerebro, vos deberías saber.
-¿Decís que me tengo que psicoanalizar?
-¿Eso no lo hiciste ya una vez?
-Sí.
-¿Y te sirvió?
-Sí.
-¿Y por qué dejaste?
-Porque ya estaba bien.
-¿Estas seguro?
-No, pero me gusta creerlo.
-Las creencias son un producto de tu cerebro…
-Incluso vos lo sos.
-Sí.

-¿No me vas a dar nada?
-¿Para qué?
-Para que lo escriba.
-Ya tenés muchas cosas escritas, ¿querés más?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque me gusta escribir, me gustan tus ideas, a veces.
-Entonces poné algo viejo, algo que no te haya gustado tanto.
-Bueno, esperá que busco…
“12
Once upon a time
A little bear that used to like candies
And he told his mama
‘Mama, give me candies’
And she answered surprised
‘First, get married’
So the little bear
Went from high to deep
To far from near
From South to North
From mountains to the sea
And in the beach he found
A little cute girl bear
And both fell in love
And got married and ate candies
For all their lives”
-¿Eso lo dije yo?
-Supongo.
-“A little cute girl bear”, esa me gustó, pero es algo carente de sentido, incluso puede que esté mal escrito.
-Yo no sé muy bien inglés, nunca me esforcé mucho en aprenderlo.
-Sabés que es mentira.
-Sí, algo.
-Pero bueno, ese poema (si se puede calificar así), ¿qué es? Es infantil, es absurdo ¿querías hacer eso? “A little bear that used to like candies”, es malísimo.
-Casi surrealista, ¿no te gusta?
-¡No!
-Qué mal, a mí tampoco, por eso no lo iba a incluir en el libro…
-¿Y por qué ahora lo incluís?
-Vos me dijiste…
-Cierto… Bueno, yo me voy ya.
-¿No me vas a dejar nada?
-Ya lo hice, mirá para arriba, ¿no ves?
-Ah, sí, gracias, pero es de mala calidad.
-No tanto, psicoanalizalo, seguro que le encontrás algo. No sólo el poema, nuestro diálogo, todo.
-Bueno.
-Fijate, psicoanlizalo enserio, y no corrijas nada eh, que si no, no vale, es todo así como te salió de adentro. Segurísimo descubrís algo sobre vos que no sabías… A eso se dedican los psicoanalistas, o la mayoría de ellos…
-Está bien, chau.
-Nos vemos.
-Eso espero…
Bueno, psicoanalistas (¡qué complicado teclear esa palabra!), acá tienen algo para psicoanalizar (esa también) a un escritor sin inspiración aparente. Gracias.


Nu.RR

La armadura extraordinaria

Era uno de esos días calurosos y brillantes en los que la tierra quemaba alrededor. En mi mano la caja de utensilios ya comenzaba a arder y a resbalárseme por la transpiración, así que tomé un pañuelo y con él envolví la manija de la caja y así solucioné ese problema. Tapándose del sol con mi sombra caminaba Jania, la hija de doce años de uno que había sido muy buen amigo mío y que había muerto dos años atrás junto a su esposa en una excavación arqueológica. David y Gánena, ambos arqueólogos, me habían dejado a su hijita luego de su muerte, y desde ese momento era como mi hija adoptiva. Yo había trabajado para sus padres como traductor, pues, aparte de español, inglés, francés e italiano, manejaba cinco idiomas antiguos con todos sus dialectos y variaciones, destacándome en el arameo de la época de Cristo. Ya nos conocíamos muy bien con Jania antes del deceso de sus padres, y aunque el primer año luego de su muerte fue muy traumático y difícil para ambos, ahora los dos podíamos disfrutar de casi todo juntos.
Caminaba con Jania atrás mío, yendo por un desgastado páramo atravesando unas sierras calcinantes camino al sur del valle de Terebinto. Habíamos estado acampando un par de días del otro lado y ahora nos volvíamos, sin haber descubierto nada interesante, ni una punta de flecha. Habíamos ido a explorar así, a cualquier lado, porque a Jania le apasionaba la idea y yo no quería contradecirla; además tenía algunos días libres y me pareció muy buena ocasión para pasar un tiempo juntos, despejarnos, desde ya que no esperaba hacer ningún hallazgo, pero aún así, aunque sabía que Jania se desilusionaría al volver, me pareció una muy buena idea.
Ya volvíamos, ya estábamos a unos dos kilómetros y medio del arroyo y el aire se sentía más rico. Noté que Jania hacía sus últimos esfuerzos para mantenerse de pie mientras arrastraba el carrito con la carpa y las cosas de campamento que obstinadamente ella había insistido en acarrear. Ya cuando pudo oír el agua e imaginar su frescura en los labios, se dejó caer e inmediatamente, soltando mi caja de utensilios me di vuelta y la atajé, la recosté sobre el carrito, acomodé mi caja a su lado y me apresuré en la bajada, arrastrando a toda velocidad a la niña hacia el curso de agua. No podía ser nada grave, hacía dos horas que se nos habían secado las cantimploras, pero eso no era suficiente como para que se desmayara así, no. Seguramente eran las emociones y la decepción y el gran esfuerzo físico, nada de qué preocuparse, pero aún así tuve algo de miedo mientras corría.
Cuando estábamos a unos diez metros me pareció que recuperaba la conciencia, pero en realidad sólo balbuceaba cosas que a mi oído entrenado le parecieron palabritas en arameo. Alcancé la orilla de inmediato y la recosté a lo largo junto al agua. Tomé el pañuelo que estaba en la manija de mi caja, lo embebí en agua y le refresqué la frente, que recién ahí me di cuenta que hervía. Seguía balbuceando cosas, realmente muy parecidas a algunas escrituras que yo había estado traduciendo hacía pocos días, seguramente me había oído y de alguna manera ahora las repetía. Fue subiendo el tono de voz y me preocupé realmente, pues el agua del pañuelo no hacía nada. Entonces la agarré así como estaba y me arrodillé en el lecho del arroyo, hundiendo todo su cuerpo menos la cabeza.
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Nu.RR

Historias de miedito – 3

Luego de que Margarita contara la historia de su prima desconocida del Chaco (que como no tenía nada de “sobrenatural” y era tan parecida a la de Esteban y la tía turca terminó aburriéndolos a todos) Margarita se puso de mal humor y ya no auspició ningún relato de fantasmas más.
La tormenta se había recrudecido. Los silbidos agudos del viento componían una orquesta estrafalaria junto con el bramido ensordecedor del océano y las rocas, y la última lámpara de aceite, ahora con un débil pañuelo a forma de reparo, se bamboleaba hacia todos lados sin ganas de extinguirse.
-Bueno, ya que nadie dice nada –murmuró el Loquito-, cuento la que le pasó a mi hermana…
-¿Tenés una hermana, Loquito? –preguntó Alma, que desde hacía mucho había estado totalmente muda.
-En realidad tenía. Murió cuando yo tenía once años –Su voz no varió para nada. Decir de la muerte de su hermana fue como para cualquiera decir que había muerto una planta de lechugas-. ¿Vieron que yo dije que antes iba a ver a una médium? Bueno, era por mi hermana. Nunca la vi ni pude contactarme enserio, pero esas sesiones eran muy raras…
-Ay dale, contanos de esas sesiones –apremió Margarita, nuevamente entusiasmada-, yo siempre tuve ganas de ir a una pero nunca me animé ni tuve motivos…

-Igual no voy a contarles de eso, si les dije que no pasó nada más que trances raros y mucho barullo. No, lo raro es lo que le pasaba a mi hermana antes de morir –explicó el Loquito con toda su naturalidad-, antes, cuando me llamaban Fernando y nada más, lo de Loquito y todo eso vino después…
»Mi hermana era cinco años mayor que yo y tenía un treinta y nueve por ciento de discapacidad mental, aunque no era así daun, no se le notaba en la cara ni nada, simplemente era medio tonta, nada más, y tenía también un grado mediano de autismo. Mis papás no podían pagar en esa época una escuela para chicos especiales entonces quedó a cargo de mi vieja, que vivió enteramente dedicada a mi hermana. La cosa es que mi vieja, creo que algunos lo saben, tenía una hermana gemela, eran igualitas, y mi vieja la quería un tocaso. Yo apenas la llegué a conocer, ni me la acuerdo, pero decían que era re buena con nosotros, y mi hermana nunca la distinguía de mi mamá, para ella eran la misma persona. Lo malo es que la tía tenía un cáncer en el cerebro y sabían que tarde o temprano se iba a morir de eso, digamos, le dieron unos tres años de vida y listo, a Dios gracias. Cuando murió mi tía, mi vieja se puso muy muy mal, te re dabas cuenta, incluso yo que tenía cinco o seis años creo, y mi hermana, que vivía de mi vieja, lo sintió más que cualquiera de nosotros.
»Fue entonces cuando mi hermana empezó a comportarse muy raro. Mi vieja empezó a ir dos veces por semana al psicólogo, y dejaba a mi hermana al cuidado de papá y mío. Ella se quedaba en su cuarto, que es donde siempre mi vieja se ponía a leerle cuentos, y se encerraba ahí y nosotros afuera, tranquilos, no pasaba nada. Pero un día descubro que mi hermana hablaba todo el tiempo, y yo entraba a su cuarto y la veía sola, sentada frente a la silla hamaca donde le leían, calladita, y en cuanto me asomaba me miraba enojada y me hacía con la boca que me callara; y yo me iba, digamos, era medio tonta, cosas que pasan.
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Historias de miedito – 2

-¿Ahora quién supera esa historia? –comentó Margarita. “Ese cuento” pensó para sus adentros Gustavo. -¿Alguien tiene otra para contar?
-Pero que sea de bien nivel –agregó el Loquito-, como la de Agus.
Durante un momento todos salvo Agustín y Alma se escrutaron los rostros unos a otros. La tormenta afuera parecía relajarse y así también el humor de los siete chicos. Más allá del temor supersticioso que acababan de sentir todos ellos querían más historias; tan sólo Karina deseaba abandonar el recinto a toda costa, y lo hubiera hecho de no ser por la tempestad que en ese momento nublaba sus vacaciones.
-Yo… -dijo Esteban al cabo de unos suspiros -. Yo sé una, que le pasó a mí mamá.
-Entonces contá.
-Es que no me la acuerdo bien del todo… -Frunció su frente-. Sé que fue antes de que yo naciera… A ver, se los cuento así como me acuerdo, la verdad hay cosas de las que no estoy muy seguro… Buen.
»Resulta que la tía de mi mamá era turca, y en realidad no era “la tía”, porque era la media hermana de mi abuela, y ni mi mamá ni mi abuela tenían una gota de sangre turca. Los papás de mi abuela murieron en un accidente allá por Europa y entonces la familia de mi abuela vino para la Argentina y la hermana turca se volvió para Turquía (que no sé si existía en esa época, no sé). Mi mamá nació tiempo después ya en la Argentina (era la menor de siete hermanos) y a ella nunca se le habló de la tía turca, era como que no existía, sus tres hermanos mayores sabían de ella pero no la nombraban.
-Como a una prima que tengo yo –se metió Margarita-. Es una hija perdida del Chaco de mi tío que apareció a los nueve años de la nada… Seguí.
»Bueno. Mi mamá tenía ya como once años cuando de repente se le apareció una vieja con acento raro un día a la vuelta de la casa de una amiga de ella –Esteban tomó un suspiro para aclararse las ideas-. Creo que se vieron varias veces como durante un mes antes de que la familia se enterara, y entonces mis abuelos le dijeron a mi mamá que no le hablara más, pero un día la vieja se le apareció con cosas de oro y cadenitas y joyas y cosas así por el estilo, que había traído de Turquía, y se la compró a mí mamá con eso (como a toda mina). Pero resulta que mi abuelo se enteró que se seguían viendo y un día la sigue y descubre que esa vieja era su semi cuñada, la tía turca.
-Ay boludo, pará… –saltó Margarita algo shoqueada, pero los demás la callaron-. Ay, buen…
-Después de eso se armaron los re bardos en la familia y la amenazaron a la tía y nunca más la volvieron a ver, ni mi vieja ni nadie. Parece que había ido a Argentina a buscar algo de ayuda porque allá en Turquía se había metido en problemas, y había unos musulmanes que la habían obligado a exiliarse por tener prácticas de brujería y esas cosas que nadie supo bien qué eran y que supuestamente estaban prohibidas. Bueno, mi mamá no supo nunca más nada de la tía turca hasta el día que murió mi abuelo…
-¡Noo… Pero te juro que es igual a…!
-¡Callate Margarita!
-Pero chicos, es que a mí me pasó algo re parecido con lo de mi prima…
-¡Después!
-Bueno, el día que murió mi abuelo, la tía turca apareció mientras lo velaban. Nadie le había dicho nada y nunca supieron cómo había descubierto lo del funeral, y tampoco se enteraron de cómo los había encontrado en Argentina ni nada. Pero fue y le dejó sobre el cajón unas rosas secas que tenían tallado cada una un Filipo, el nombre de mi abuelo, su cuñado, como si desde hiciera mucho tiempo que esperara eso, y también le dejó unas velas negras y unas astillas de madera grabadas con símbolos raros que mi abuela después quemó. Y se puso ante la mirada atónita de todos a escribir arabescos mágicos a dos manos con cachos de carbón sobre el ataúd, y a murmurar cosas en turco o no sé qué, y entonces la echaron a patadas de ahí y parece que esa misma tarde la mataron unos hermanos de mi mamá, en un descampado –La tormenta recuperaba su furia.
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