Y se preguntaron, asombrados, si sus propios controladores habrían roto ya sus paredes.
Dojo quedó con Tim y con Fiorella en encontrarse en un sitio llamado perrosvagabundos.com. Y como era de esperarse ninguno apareció tarde, aunque Dojo estaba muy cansado pues anoche había fallado su sistema de servicio de alimento. De todos modos los tres amigos se encontraron allí dentro. Primero jugaron unos juegos de roles, algo de personalidades que eran totalmente ajenas a ellos, luego pasaron por la “barra” y después se dedicaron a leer cosas de gente desconocida, tratando, quizás, de hacer nuevos amigos. Se quedaron hasta muy tarde en ese sitio; era un lugar muy bueno que les agradaba a los tres. Y, Dojo recordó, esa buena amistad, tal vez la mejor de su vida, no habría comenzado de no ser por el creador de perrosvagabundos.com.
Era unas horas pasadas la madrugada cuando Dojo finalmente apagó las luces y se acostó a dormir sobre sus mantas uniformes y celestes. Miró a su alrededor y pensó qué haría mañana, allí, entre las cuatro (realmente cuatro) paredes de su habitación, una habitación perfectamente cúbica hecha de metal recubierto de membrana LSD plástica. Esa noche conjugó el equipo que controlaba esa membrana para dormir rodeado de oscuridad y pequeños aros fluorescentes que se agrandaban paulatinamente y pasaban de largo.
Luego, cuando despertó a causa del repentino destello blanco que lanzaron las paredes indicando que ya habían pasado doce horas, comió la avena que habían dejado allí y se puso a hacer ejercicio con las pesas y la cinta de correr para que el sedentarismo no le destruya el cuerpo. Esa tarde se encontraría a jugar unos partidos de basketball con otros amigos, no tan buenos amigos como Tim y Fiorella. Cuando sonó la alarma de su despertador empezó el partido. Esa tarde le tocó perder los tres partidos que jugó, en dos de los cuales frente a un chico que usaba expresiones muy diferentes a las suyas. Cuando iba a jugar el cuarto partido se cansó y desconectó la computadora apretando violentamente un botoncito lila.
Dojo, al igual que Tim, Fiorella y hasta el chico que le había ganado ese día al basketball, había estado en la misma habitación cúbica desde horas después de su nacimiento, fechado hacía unos cuatro mil cuatrocientos doce días; eso le decía el cartelito digital que estaba al lado del reloj. Su habitación constaba de la vital computadora y la vital cama, el equipo regulador del LSD de las paredes, un set para hacer ejercicio todos los días, porque si no su cuerpo se vería inmovilizado en menos de un año, la eterna bandeja donde se depositaba su comida, un ventilador y los minúsculos orificios de oxigenación y calefacción que mantendrían durante toda su vida la misma temperatura. Quizá algo más, papeles, lápices y esas cosas. Y nada más.
A medida que crecía, allí solo consigo mismo y su computadora conectada a Internet, fue aprendiendo. Había millones de personas como él, todos crecían y envejecían, como él, pero algunos eran diferentes y ponían bebes que inmediatamente eran aislados por lo que fuera el entorno, la naturaleza de su mundo reducido a espacios cúbicos como el suyo. Dojo aprendió esas cosas y muchas más gracias a antiquísimos sitios de Internet que mostraban cómo eran las personas y explicaban el por qué había sido creado este mundo en cubos lleno de conexiones entre ellos; un mundo tan complejo que algunos opinaban que era imposible de crear por sí sólo, que la naturaleza sola no podía ser tan inteligente como para dotar a las personas de equipo para ejercitarse y no morir de sedentarismo, o de un sistema independiente y eterno que los alimentaba constantemente, y entonces se metían en debates que hablaban de un dios creador y de metafísica, unión de materiales por inercia y conjugación de cableado por atracción de cargas. Temas que por cierto a Dojo le interesaban muy poco.
Él, Tim y Fiorella vivían felices en el mundo, el mundo. No creían que hubiera un más allá de sus habitaciones y sólo se dedicaban a pasarla lo mejor posible en la Internet, un mundo tan tangible como sus habitaciones, el cual, soñaba Dojo, algún día terminaría de recorrerlo por completo.
Pero un día ocurrió algo extraño. Se conectó, después de despertarse, a su computadora y Tim le dijo asustadísimo que otro ser humano había entrado en su habitación rompiendo desde afuera el metal y la membrana de LSD plástico. A los pocos segundos Fiorella le comunicó lo mismo, espantada, y mucha otra gente relató exactamente lo mismo, y luego dejaron de hablarle, mientras Dojo y otros como él se preguntaban qué rayos estaba pasando. Fue entonces cuando escuchó un ruido en la pared, justo detrás de su computadora, y con chispas, estruendo y un corte súbito de la energía que alimentaba sus LSD, otro ser humano entró en su habitación. Dojo reconoció enseguida una cosa: era de esos que daban bebés. Y salió afuera, al nuevo y todavía incomprensible mundo.
Desde afuera los controladores, desesperados, veían como esa gente, a la que ellos y sus generaciones pasadas habían dominado para evitar conflictos, se abrían paso de un momento al otro a través de las paredes de metal. Las ciudades más grandes del mundo, Nueva York, Londres, Hong Kong, Berlín, observaron asombrados el fenómeno. Los vieron descubrir un universo mucho mayor que los millones de cuartitos de veintisiete metros cúbicos, un universo formado por un cubo inmensamente mayor, de más de muchísimos millones de hectáreas, abarrotados de instrumentos extraños. Los vieron adaptarse a lo que los rodeaba, los vieron marearse ante los grandes espacios, los vieron reprimiendo los contactos sociales. Los vieron superar los síndromes del aislamiento.
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Nu.RR