martes, 26 de agosto de 2008

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Me interné en ti como en un edificio abandonado

Recorrí pasillos llenos de luz y contraste

Anduve errante por esas puertas sin candados

Seguí las huellas de las plantas invasoras

Acorralado, busqué ventanas y balcones

Sentí olores, volví a los mismos lugares

Mismas puertas, mismos cajones, mismas camas y dormitorios de ratones

Escarbé la pintura con mis uñas sin esmalte

Pateé el piso, pateé el aire

Subí al techo varias veces para verte como nadie

Rompí tejas rotas por la intemperie

Me colgué de esas viejas cortinas

Y me balanceé de noche mirando la luna

Encontré persianas vacías, madera de hormigas

Jugué colores, volví a los mismos lugares

Y luego de disfrutarte por dentro

Luego de casi morir en el intento

Salí al parque, pasé la verja

Y vi que te habían demolido al darme la vuelta

Y que de ti no quedaba más que la verja.



Nu.RR

Jarzín, la ciudad bohemia


Hubo una vez una ciudad que polarizó a los más grandes y ambiciosos artistas del mundo. Era una ciudad sin forma fija, sin uso de normal razón, era Ciudad Música, Ciudad Luz, Ciudad Loca, Ciudad sin Noche, Ciudad Bohemia. Adentrándonos en su vida descubrimos que fue fundada por un adinerado arquitecto errante que nunca había visto ni el plano de un edificio pero que había nacido con un don original para la construcción; y así fue como construyó los primeros edificios totalmente abstractos y llenos de ilusiones. Construyó un teatro, una clínica pediátrica, dos bares y un edificio departamento de trece pisos. Así fue que atrajo la atención de artesanos que prontamente se le unieron y construyeron sus cosas, cantaron sus canciones y vivieron sus años. Jarzín tomó este nombre de la primer obra de teatro que allí hubo: “Jarzín, la princesa alegre”, que sin duda fue una de las más desastrosas.

Pero luego Jarzín se convirtió en una ciudad enorme hecha de edificios totalmente extravagantes e inestables, calles adoquinadas que dibujaban flores y mariposas desde el aire y cientos y miles de lámparas de vivos colores. La gente que allí vivía no eran más que artesanos, artistas y poetas; a pesar de que estaba lleno de bares y tabernas subterráneas, no había nadie adicto al alcohol, pues no necesitaban de él: era tan hermoso y delirante el aire en Jarzín que no se necesitaba nada para evadir la realidad.

De día se veía menos gente en las calles, pues los escritores escribían en sus departamentos, en las terrazas o en las plazas forma de gusano, los actores ensayaban sus obras, los pintores pintaban o buscaban qué pintar y los taberneros limpiaban sus antros. Durante la noche, Jarzín estaba más iluminada que de día y cien veces más colorida, con más del triple de movimiento de gente y más ruido que nunca. Todas las noches se podían ver muchas obras diferentes, en teatros de primera, segunda, tercera clase o en medio de la calle; los visitantes llegaban cada tarde y se alojaban en los rústicos pero elegantes hospedajes y salían a comer algo a algún restaurante para luego deambular por allí, ver escenas pintorescas y dar monedas a las estatuas vivientes.

Ciudad Jarzín estaba ubicada en medio de una llanura de tierra, y hacia ella llegaban más de cuarenta caminos diferentes, ásperos pero llenos de vida. Las aves atolondradas que vivían en las plazas o en el bosquecillo de alrededor cantaban todo el tiempo y se colgaban de las carretas que llegaban y llegaban para dar la bienvenida. Todo parecía felicidad, algarabía, y pocos parecían ver que cada tanto se llegaba al sublime descontrol.

Así era la ciudad cuando el Escudo del Sueño llegó a Jarzín. Escudo del Sueño era un fuerte pero pobre apodo de un artista que no lograba destacarse en ningún rubro. Había estado desde los cinco años escribiendo una obra de teatro aún inconclusa y sin nadie que la aceptara, luego durante los años flexibles de la adolescencia probó fortuna en un circo, pero tras romperse la mandíbula al caerse de una cuerda en la jaula del león del domador decidió que lo agitado no era lo suyo, y quiso ver qué pasaba con la pintura, así que cuando llegó a Jarzín llevaba bajo el brazo siete cuadros que sólo servían para el fuego. Pero no se había quedado ahí, pues también practicó magia por un tiempo pero huyó de ella al asesinar a su maestro con un sable en un truco sin práctica; estuvo unos años actuando de personajes menores, pero ese ataque de memoria blanca le llegaba más rápido cada vez, y quiso entonces ser citarista e improvisar hermosos versos que duraran una noche, pero no tenía dinero suficiente para comprar una cítara y se tuvo que dedicar entonces a la confección de vestiduras. En eso sí obtuvo algo de reconocimiento, aunque no sabía si del buen reconocimiento, pues a muchas personas no le agradaban sus ropas holgadas, desparejas, suficientemente incómodas y formadas por mil retazos de colores de tela reciclada.

Así era el Escudo del Sueño cuando llegó a Jarzín, alto, con barba gris y larga, rostro sucio, caminando, con pinturas bajo su brazo, una mochila llena de papeles abollados y objetos sin sentido y ropa divertida y de colores, esperando mayor fortuna en esa ciudad de fortuna. Era mediodía cuando arribó y deambuló sediento hasta que alguien le convidó agua y se sintió con ánimos exagerados para salir a buscar empleo. Trató de vender algunas obras en la calle, buscó papeles vacantes en óperas nocturnas, ofreció en todos los teatros su historia inconclusa, huyó de todos los puestos de magia y, para la caída de la noche, estaba con una pareja de felices muchachos que se ofrecieron a enseñarle las aptitudes de una buena estatua viviente.

Los tres tuvieron una noche divertida que para el Escudo del Sueño fue como una despedida de la mala suerte que había llevado durante su vida, una noche en la que disfrutaron un poco de cada regocijo que ofrecía la ciudad. Y fue esa la despedida porque a la mañana siguiente apenas amaneció tuvo una brillante idea para finalizar su obra que escribía desde los cinco años. Trabajó incansablemente sobre los papeles hasta las seis y media de la tarde, sudando, mascullando contra su mal cerebrito que le hacía olvidar las buenas ideas, achicándose la frente esperando que saliera la inspiración de entre sus cejas. Pero cuando un ave de madera le salió una vez de su casita y le cantó su monótona canción, él supo que había terminado. Por fin, luego de escribir y escribir tanto durante su vida, el Escudo del Sueño pudo estampar un Fin en la última hoja, volver al principio y poner, al pie de la primera página, ese fascinante seudónimo: Escudo del Sueño.

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Nu.RR

Cósmosis múltiple


Y se preguntaron, asombrados, si sus propios controladores habrían roto ya sus paredes.

Dojo quedó con Tim y con Fiorella en encontrarse en un sitio llamado perrosvagabundos.com. Y como era de esperarse ninguno apareció tarde, aunque Dojo estaba muy cansado pues anoche había fallado su sistema de servicio de alimento. De todos modos los tres amigos se encontraron allí dentro. Primero jugaron unos juegos de roles, algo de personalidades que eran totalmente ajenas a ellos, luego pasaron por la “barra” y después se dedicaron a leer cosas de gente desconocida, tratando, quizás, de hacer nuevos amigos. Se quedaron hasta muy tarde en ese sitio; era un lugar muy bueno que les agradaba a los tres. Y, Dojo recordó, esa buena amistad, tal vez la mejor de su vida, no habría comenzado de no ser por el creador de perrosvagabundos.com.

Era unas horas pasadas la madrugada cuando Dojo finalmente apagó las luces y se acostó a dormir sobre sus mantas uniformes y celestes. Miró a su alrededor y pensó qué haría mañana, allí, entre las cuatro (realmente cuatro) paredes de su habitación, una habitación perfectamente cúbica hecha de metal recubierto de membrana LSD plástica. Esa noche conjugó el equipo que controlaba esa membrana para dormir rodeado de oscuridad y pequeños aros fluorescentes que se agrandaban paulatinamente y pasaban de largo.

Luego, cuando despertó a causa del repentino destello blanco que lanzaron las paredes indicando que ya habían pasado doce horas, comió la avena que habían dejado allí y se puso a hacer ejercicio con las pesas y la cinta de correr para que el sedentarismo no le destruya el cuerpo. Esa tarde se encontraría a jugar unos partidos de basketball con otros amigos, no tan buenos amigos como Tim y Fiorella. Cuando sonó la alarma de su despertador empezó el partido. Esa tarde le tocó perder los tres partidos que jugó, en dos de los cuales frente a un chico que usaba expresiones muy diferentes a las suyas. Cuando iba a jugar el cuarto partido se cansó y desconectó la computadora apretando violentamente un botoncito lila.

Dojo, al igual que Tim, Fiorella y hasta el chico que le había ganado ese día al basketball, había estado en la misma habitación cúbica desde horas después de su nacimiento, fechado hacía unos cuatro mil cuatrocientos doce días; eso le decía el cartelito digital que estaba al lado del reloj. Su habitación constaba de la vital computadora y la vital cama, el equipo regulador del LSD de las paredes, un set para hacer ejercicio todos los días, porque si no su cuerpo se vería inmovilizado en menos de un año, la eterna bandeja donde se depositaba su comida, un ventilador y los minúsculos orificios de oxigenación y calefacción que mantendrían durante toda su vida la misma temperatura. Quizá algo más, papeles, lápices y esas cosas. Y nada más.

A medida que crecía, allí solo consigo mismo y su computadora conectada a Internet, fue aprendiendo. Había millones de personas como él, todos crecían y envejecían, como él, pero algunos eran diferentes y ponían bebes que inmediatamente eran aislados por lo que fuera el entorno, la naturaleza de su mundo reducido a espacios cúbicos como el suyo. Dojo aprendió esas cosas y muchas más gracias a antiquísimos sitios de Internet que mostraban cómo eran las personas y explicaban el por qué había sido creado este mundo en cubos lleno de conexiones entre ellos; un mundo tan complejo que algunos opinaban que era imposible de crear por sí sólo, que la naturaleza sola no podía ser tan inteligente como para dotar a las personas de equipo para ejercitarse y no morir de sedentarismo, o de un sistema independiente y eterno que los alimentaba constantemente, y entonces se metían en debates que hablaban de un dios creador y de metafísica, unión de materiales por inercia y conjugación de cableado por atracción de cargas. Temas que por cierto a Dojo le interesaban muy poco.

Él, Tim y Fiorella vivían felices en el mundo, el mundo. No creían que hubiera un más allá de sus habitaciones y sólo se dedicaban a pasarla lo mejor posible en la Internet, un mundo tan tangible como sus habitaciones, el cual, soñaba Dojo, algún día terminaría de recorrerlo por completo.

Pero un día ocurrió algo extraño. Se conectó, después de despertarse, a su computadora y Tim le dijo asustadísimo que otro ser humano había entrado en su habitación rompiendo desde afuera el metal y la membrana de LSD plástico. A los pocos segundos Fiorella le comunicó lo mismo, espantada, y mucha otra gente relató exactamente lo mismo, y luego dejaron de hablarle, mientras Dojo y otros como él se preguntaban qué rayos estaba pasando. Fue entonces cuando escuchó un ruido en la pared, justo detrás de su computadora, y con chispas, estruendo y un corte súbito de la energía que alimentaba sus LSD, otro ser humano entró en su habitación. Dojo reconoció enseguida una cosa: era de esos que daban bebés. Y salió afuera, al nuevo y todavía incomprensible mundo.

Desde afuera los controladores, desesperados, veían como esa gente, a la que ellos y sus generaciones pasadas habían dominado para evitar conflictos, se abrían paso de un momento al otro a través de las paredes de metal. Las ciudades más grandes del mundo, Nueva York, Londres, Hong Kong, Berlín, observaron asombrados el fenómeno. Los vieron descubrir un universo mucho mayor que los millones de cuartitos de veintisiete metros cúbicos, un universo formado por un cubo inmensamente mayor, de más de muchísimos millones de hectáreas, abarrotados de instrumentos extraños. Los vieron adaptarse a lo que los rodeaba, los vieron marearse ante los grandes espacios, los vieron reprimiendo los contactos sociales. Los vieron superar los síndromes del aislamiento.

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Nu.RR

La vieja y su vida por teléfono


-Hola, si, ¿está el doctor José Luis Núñez, por favor? -No, el se fue hoy, temprano. -A, bueno. Yo soy una cliente vieja, de cuando tenía el estudio jurídico en Morón, ¿sabés?. Y necesito que me ayude él, a recuperar unos papeles, que tenía mi hermano, pero que son de mi casa, ¿sabés? ¿Vos le podés decir después que llame? Es importante, porque yo necesito esos papeles. Y yo se que tu papá es una persona de confiar, una persona recta. -Aaammm. -Yo necesito a un buen abogado. Yo ya estuve con una abogada, la doctora Marina, creo, o algo así, decile, decile. Pero ya no voy más con ella, porque me queda muy lejos, como soy vieja... Y yo necesitaría que tu papá viniera acá, a mi casa, porque yo no puedo moverme, ¿sabés? Vos decile. Yo soy Carmen Martinez, decile, la vecina de Omar, el mecánico de acá de Morón... ¿Te di mi número de teléfono? -No... -Bueno, bueno, dale, anotá... -Espereme un segundito que busco con qué anotar... -Bueno, está bien. ¿Ya? -Espere un momentito más, por favor... -Poné: 15... ¡Ah, no, no, me confundí! Anotá: 4 6 86 90 4 3 ¿entendiste? 4686-9043. ¿Ya está? ¿Te dije quién soy? Soy Carmen Martinez, la vecina de Omar, decile. ¿Te doy también el teléfono de mi abogada? Anotá: 15... si, si, va con 15... poné: 15 45 7 6 23 4 7. ¿Ya está? Bueno, no te olvides por favor, que necesito esos papeles, que soy muy importantes para mí, y yo se que puedo confiar en tu papá, que el es una buena persona, aparte de un buen profesional. -Bueno -Decile, vos... Chau...

Días más tarde:

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Nu.RR

El desastre de Oberá


Historia Basada en Hechos Reales (Más de lo Que Creen)

Cuando nos tocó hacer el intercambio con chicos de básquet de otros clubes del país, nosotros lo tuvimos que hacer con los chicos de Oberá, Misiones. El que a mí me toco era un chico un año más grande que yo. Cuando estuvo acá tobo bien, pero cuando yo fui allá, me salió todo mal. No sé bien qué habré comido en ese parador del viaje que me cayó tan mal, pero me dio gases a morir.

La cosa se pone interesante después, en mi estadía de tres días en la casa del misionero. Él vivía con sus padres, muy macanudos, dos hermanas más chicas, un loro y dos perritos de una raza de caniches pintados de doberman, tan inquietos como esos muñecotes enormes que ponen en las gomerías y que les pasa el aire por adentro; no paraban de saltarme encima y de lamerme. Pero ya se imaginarán cuando me vivieron los gases. Si no fuera la parte principal de la historia, omitiría la descripción, pero como lo es, la hago: eran ruidosos (cosa bastante rara en mí), olían a podrido enserio (peor que los perros muertos hace una semana), eran calientitos y eran complicados de retener.

Una noche, creo que la segunda, un amigo de mi compañero de intercambio le había dado a él una hoja con comparaciones chistosas. Estábamos todos (también su tía que vivía cerca) sentados en el living de su casa, en cómodos sillones, cuando me vivieron otra vez los gases. Los apretujaba, los amasijaba, me calentaban y después, con infinito esfuerzo y disimulo (me parece que no tanto), los largaba poquito a poco, para que no salieran con ruido y el olor no se sintiera.

-Lento como trasatlántico a remo –leyó, y todos no reímos-. Colorado como culo de mandril -¡Jajaja!-. Desubicado como chupete en el culo -¡Jojojo!-. Apretujado como pedo de visita.

¡¿Eh?!

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Nu.RR

Aramís, yo y el gato negro


Mi amigo Aramís Nosecuanto (porque tiene un nombre más largo que tres cuadras) y yo, Rafael, estabamos estudiando en computación (es decir, yo, porque Aramis solo me molestaba). Vino la maestra y dijo: ¡¡¡A trabajar, todos a sus lugares!!!

Como siempre, Aramís me molestaba, y yo, pobrecito de mi, seguía trabajando, cuando, de repente, un raro ruido llegó a nuestros oídos: era un ratón. Ese inmundo animal (según Aramís y las chicas) atravesó el aula de computación. La maestra saltó a la mesa, se desmayó y cayó como una piedra. Otras chicas también se desmayaron, pero como mi bicicleta cuando se pincha.

Luego del ratón, pasó el gato negro de la profesora de sexto. El gato era obeso y lento (por eso dicen que “las mascotas salen a sus dueños”), también peludo, torpe y desorientado.

La maestra gritó de alegría por el gato, que dos pasos después se cayó, salió rodando y la maestra se volvió a desmayar. El gato traspasó el aula rodando, todo el pasillo, bajó las escaleras y llegó a portería, todo rodando. El ratón estaba al lado del pie de la portera.

El gato se erizó y se puso a resoplar como gallo descompuesto. En esa complicada tarea de resoplar, se atraganto y salió rodando.

Cuando Aramís y yo (“el burro adelante ‘pa que no se espante”) salimos del colegio para tomar el colectivo, vimos algo total y absolutamente insólito... el gato trepado en la punta de un pino asustado por el piar de tres pajaritos bebes.

Pasaron cinco horas, dos mil quinientos cuarenta colectivos y había trescientas cincuenta y ocho personas riéndose del gato trepado. El gato miró a toda esa gente y se sintió indignado. Puso cara de serio y empezó a bajar, pero como es tan, tan, tan torpe, cayó rodando y se chocó contra mi cabeza.

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Nu.RR

Aventuras de un quiosquero – 3


Helo aquí al muchacho que trabajaba en el quiosco con nombre de fecha patria desde hacía más de trece años. Ya había pasado de todo: asaltos, peleítas con el dueño, había empezado a estudiar en la universidad, había tenido que aceptar cosas sin explicación de las que ocurrían en ese quiosco, pero sentía que ya no podía más estar ahí. Por primera vez en muchísimo tiempo, sintió eso. Ya sabía que le iba a pasar: la crisis de los trece años de los quiosqueros; era algo así como la crisis de los siete años en los matrimonios.

Ya no podía aguantar más, sentía que estaba todo el día pensando en vueltos y precios y no podía concentrarse a la noche para estudiar lo que realmente le gustaba, era un martirio. Y parecía que los clientes llegaban cada vez más locos, todos excéntricos, llenos de problemas, y el viejo con el que antes se llevaba re bien ahora estaba mal también, deprimido porque lo poco que le quedaba de familia se estaba muriendo muy lejos de él, pero la verdad es que por más que intentaba ayudarlo, sólo conseguía ponerse de peor humor.

Pasó una noche entera en el techo de su casa, acostado boca arriba, preocupado, entre tantos cables sueltos y algunos pelados que podrían dejarlo seco enseguida. Vio algunas cosas interesantes, creyó ver una estrella fugaz y vio dos puntitos de luz (que no eran aviones porque no titilaban) que viajaban a una velocidad media trazando un arco extraño en el cielo. Debían ser satélites, u ovnis, pero menos probable…

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Nu.RR

Aventuras de un quiosquero – 2


El chico había empezado hacía dos meses nomás a trabajar en ese quiosco con nombre de fecha patria, todavía no se acostumbraba del todo a calcular rápido los vueltos y las monedas, no recordaba del todo los valores movedizos de la mercadería, no se habituaba al malhumor de los clientes ni a las ganas cambiantes del viejo macanudo dueño del local, de quien terminó siendo gran amigo. Todavía estaba así, medio que se sentía ahogar cada tanto cuando se llenaba el lugar de gente, aunque cada vez menos veces ocurría eso.

Y aún no se acostumbraba a eso otro. Cuando era casi de noche y los nenes ya no salían a comprarse dos caramelos de esto y dos de aquello, cuando afuera todos caminaban más rápido, se sentía un ruidito raro, indefinido, como de acá o de por allá, como pasitos, como algo liviano que se arrastraba apenas un centímetro.

También ocurría cada tanto de día, ahí se escuchaban más fuertes, como más evidente los ruidos, pero sólo pasaba cuando había varias personas adentro y se confundían con el resto de los sonidos. No parecía nada de mayor importancia, pensó las primeras veces, hasta que se dio cuenta que de a poco aparecían por los rincones algunos papeles de caramelos que hacía varios días que ningún nene compraba. Y él menos podía ser, no era muy adepto a los caramelos.

También a veces desaparecían moneditas de cinco centavos y reaparecían entre los bombones, entre las barritas de chocolate, en las paletas del ventilador, en cualquier lado.

Pero el colmo llegó cuando descubrió que el tacho de basura se movía de una baldosa a otra cada vez que él iba al baño, como si fuera un juego. Esa misma noche le avisó al dueño del local y dejó dos tramperas ahí, para que vieran esas ratas molestas. Pero al día siguiente se encontró con que los cachitos de queso habían sido reemplazados por sugus de menta. Y así varias noches, y se lo comentaba al dueño y este lo miraba divertido, como si no le molestara que las ratas se volvieran cada vez más inteligentes.

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Nu.RR

Aventuras de un quiosquero – 1


Hacía fácil diez años que trabajaba en ese quiosquito con nombre de fecha patria, diez años de ir siempre, de no afanarse ni un vuelto, de ser bueno con la gente que incluso lo miraba malhumorada y a punto de lanzarle espuma rabiosa por la cara. Sin dudas no era el lugar donde más deseaba estar, pero era un trabajito que le permitía subsistir (a duras penas pero se lo permitía), y lo hacía también para no dejar solo al dueño del lugar, un viejo macanudo y algo discapacitado que, sin él, terminaría estafado por cualquier tipo un poco avispado y con malas intenciones, de esos que sobran por todos lados.

Resulta que un día cae al negocio un tipo sucio, un vecino bien conocido por él, pues vivía a dos cuadras de su casa. Mira para todos lados, relojeando bien lo que tenía a mano, algo volteado seguramente, y saca un cuchillo. Se lleva la poca plata de la caja y se va. Al día siguiente, el quiosquero va a la comisaría y hace una denuncia limpia, pues conocía al tipo de pies a cabeza, a pocos como él se le ocurrían ir a robarle cara a cara a los vecinos.

El chorro va en cana y cinco años después, un amigo de la señora del chorro (mujer que compraba habitualmente en ese mismo quiosco que su marido había asaltado) le dice que el tipo va a salir de cárcel bien pronto y que su única obsesión, la que lo tiene loco, es asesinarlo, a él, al pobre tipo del quiosquito que hace quince años que trabaja en el mismo lugar. Pero nadie le tira una mano, todos chorros amigos del chorro, no quieren dar su nombre ni la cara por nada ni nadie.

Diez días durmiendo mal, sin saber qué hacer. Va y pide como puede que por favor le hagan un examen psicológico o algo al preso, porque le aseguraron (anónimo le aseguró) que apenas sale, va y lo mata. Todo inseguro, sin promesas, sin nombres no se puede hacer nada.

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Nu.RR

Amores imposibles en la Capital Federal (año dos mil y pico)


La miré de reojo. El viento sacudía su ropa con violencia y arrastraba el jugo del durazno que yo estaba comiendo a mordiscones. Era mi último durazno. Pensé en convidarle, tal vez así lograra quedarme con ella algún tiempo. Pero debía decidirme rápido, o terminaba de comer o me le acercaba y le ofrecía lo que quedaba de pulpa. Terminé de comer, me sequé la boca con la manga arenosa del sobretodo y arrojé bien lejos el carozo. Ella estaba sentada a unos cien metros, en el cordón de la calle cubierta de polvo y tierra, mirando el piso. Seguramente estaba sedienta. Me acerqué decidido, sacando una botella de agua mineral de la mochila color caqui, desenrosqué la tapa y le di un largo trago.

-Te ves sedienta, ¿querés un poco de agua? –dije, gentil, con mi voz de quince años que había cambiado hacía poco.

No me contestó inmediatamente, pero levantó la vista hacia mí y me miró fijo. Tenía ojos marrón almendra, normales pero lindos, y muy rojos de tanto llorar o reprimir un llanto. Aún tenía delineados los párpados, así que no había derramado ni una lágrima todavía. Hizo un crujidito con la garganta y extendió débilmente la mano hacia mi botella. Sonreí con ternura y se la pasé, haciendo que mi piel rozara la suya apenas una fracción. Aún con mucha suciedad de por medio y numerosas capas de tierra que se fueron acumulando durante meses, mis nervios se crisparon al sentirla. Ella bajó la vista nuevamente y sorbió de la pajita, seguramente pensando en cuando era una niña y solía ir al McDonal’s.

-¿Cómo te llamás? –le pregunté al rato.

-Arco Iris.

Y no preguntó el mío. La gente por todos lados actuaba así, habían olvidado las conversaciones y la confianza. Seguía tomando agua, lentamente, como disfrutando de ello. Pasados otros segundos…

-Yo me llamo Puck Desierto –le dije, sonriendo-. ¿Te gusta mi nombre?

-Síí… -suspiró, observando el suelo-. Muchas gracias –dijo, extendiendo hacia mí la botella, pero sin mirarme.

-De nada –La tomé con precaución para que no se me fuera a caer y la guardé en mi mochila-. ¿Te molesta si me siento acá un rato?

No contestó, pero supuse que no le molestaba nada en estos tiempos. Así que me senté junto a ella y me detuve unos minutos a mirar el páramo que nos rodeaba. En los últimos treinta años (quizás hace cincuenta ya se notaba la diferencia) el clima había cambiado abruptamente, y más aquí que en otras zonas del mundo: toda la humedad se borró rápidamente y la aridez inundó el aire. La gente trataba de acostumbrarse, de comprar más ventiladores y aires acondicionados, pero los suministros de energía no alcanzaban ya que mermaban los caudales de los ríos de litoral. Poco a poco la gran Capital se fue despoblando, la gente huía al sur cada verano, en rebaños inhumanos sobre el asfalto, a pie porque los combustibles eran algo muy raro -y peligroso para el que tenía y no sabía cuidarse. Hacía ya por lo menos siete años que la Capital era un desierto lleno de tierra y arena y edificios sin ventanas, sólo agujeros. Los pocos que quedábamos acá vivíamos también como animales del desierto, aprovechando lo que podíamos, desconfiando del resto, sobreviviendo en la anarquía.

¿Quién lo diría? ¿Quién se atrevería a pensar que el amor podía aún subsistir en esos días? Yo era uno de esos. Puck Desierto, ése era mi nombre, mi identidad, y creía en el amor y estaba dispuesto a ponerme a prueba.

-¿Cuántos años tenés? –le pregunté al rato, y ella, luego de suspirar y sin sacar la cabeza de entre sus piernas, me contestó:

-Dieciséis.




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Nu.RR