martes, 26 de agosto de 2008

Aventuras de un quiosquero – 1


Hacía fácil diez años que trabajaba en ese quiosquito con nombre de fecha patria, diez años de ir siempre, de no afanarse ni un vuelto, de ser bueno con la gente que incluso lo miraba malhumorada y a punto de lanzarle espuma rabiosa por la cara. Sin dudas no era el lugar donde más deseaba estar, pero era un trabajito que le permitía subsistir (a duras penas pero se lo permitía), y lo hacía también para no dejar solo al dueño del lugar, un viejo macanudo y algo discapacitado que, sin él, terminaría estafado por cualquier tipo un poco avispado y con malas intenciones, de esos que sobran por todos lados.

Resulta que un día cae al negocio un tipo sucio, un vecino bien conocido por él, pues vivía a dos cuadras de su casa. Mira para todos lados, relojeando bien lo que tenía a mano, algo volteado seguramente, y saca un cuchillo. Se lleva la poca plata de la caja y se va. Al día siguiente, el quiosquero va a la comisaría y hace una denuncia limpia, pues conocía al tipo de pies a cabeza, a pocos como él se le ocurrían ir a robarle cara a cara a los vecinos.

El chorro va en cana y cinco años después, un amigo de la señora del chorro (mujer que compraba habitualmente en ese mismo quiosco que su marido había asaltado) le dice que el tipo va a salir de cárcel bien pronto y que su única obsesión, la que lo tiene loco, es asesinarlo, a él, al pobre tipo del quiosquito que hace quince años que trabaja en el mismo lugar. Pero nadie le tira una mano, todos chorros amigos del chorro, no quieren dar su nombre ni la cara por nada ni nadie.

Diez días durmiendo mal, sin saber qué hacer. Va y pide como puede que por favor le hagan un examen psicológico o algo al preso, porque le aseguraron (anónimo le aseguró) que apenas sale, va y lo mata. Todo inseguro, sin promesas, sin nombres no se puede hacer nada.

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Nu.RR

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