viernes, 10 de octubre de 2008

19

Lo que más quiero ahora
Incluido en esta vida,
Es una chica que la vea,
Me emocione
Y dé alegría.
Que me rechace varias veces
Y yo triste,
Pesimista,
Intente nuevamente,
Intente hacerla mía.
Y que entonces
De repente,
Venga su mejor amiga
(Mi compinche y consejera)
Y me pregunte sonriendo:
¿Qué le hiciste a mi amiga?
Porque no para de reír
De suspirar
Y de escribirte poesías.

Nu.RR

18

Es raro nombrar poesías,
Aquellas que son savia de sentimientos,
Con números.
Simples, escalares, vacíos.
En vez de usar palabras para llamarlas.
Palabras, poesías enteras
Como título, por el resto de los días.
“He aquí una poesía”,
Uno, dos, tres, cuatro
Cinco seis siete ocho, diez
Y es esa frialdad la que da tibieza,
La de hacer que las cosas no crezcan.
Su esencia: no crezcas.
Sentidos oscuros, pensantes,
Tan turbios que duelen.
Y por eso: no crezcan,
Sean lo que son
Sin hacer daño, pasando de largo.
Déjennos tranquilos,
No nos hagan sufrir, déjennos tranquilos.
Pasen y no alteren nuestras vidas
Como lo haría una buena poesía.

Nu.RR

16

Cruel es la alegría, porque la sigue la nostalgia
Y tan grande es ese monstruo como la alegría, pero queda
Y perfora, y lastima y vuelve a perforar
La única forma de evitarla
Es una sola, y viene al final:
Morir feliz, te da tiempo a no añorar.

Nu.RR

15

En medio de la guerra y la desolación,
Una mujer ve un niño y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo mide.
Entre los escombros de una nación,
Un bebe sucio juega con un moco y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo cotiza.
Un padre que siempre fracasó,
Piensa un chiste tonto, y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo calcula.
Una mujer con cáncer del corazón,
Ve una mariposa, un color, y sonríe.
Qué hermoso es el mundo
Cuando uno menos lo pesa.
Un hombre que jamás rezó una oración
No ve a Dios, pero Él le sonríe.
Qué hermoso es el mundo.

Nu.RR

14

Buena suerte me acechaba
Me corre, me pechaba
Yo me escondía triste, quejándome
En las sombras de las plantas que plantaste
Fue en un jardín enorme al que llamaste garden
En una ciudad vacía que llamaste Baires
Ahora cuando salgo a la noche
A ver qué paso en el aire, en qué andan las personas
No veo a la buena suerte
No la veo en ningún lado, desaparece
¿Detrás de quién andará ahora?
¿Él también se le esconderá en una ciudad vacía
O la enfrentará a plena luz del día?
Porque de día la gente mira, y no ve
Que a la noche, todos te miran
Buscándote un error, fijándose qué fue tu suerte de antes
¿Por qué se habrá ido?
¿Por qué me dejaste, aquí, plantado en este garden?


Nu.RR

13

Dejó de contar los pétalos de las flores
Dejó de oler las primaveras
Dejó de estornudar por el polen
Dejaste de sentir sus colores
Cambió sus ojos por cámaras
Cambió sus rodillas por engranajes
Cambió el significado del abracadara
Y cambiaste el médico por el garage
No lloró nunca más
No pidió nunca más perdón
No tuvo hijos, del cáncer no curó
Y no quisiste en tu tumba
Ninguna
Flor

Nu.RR

7

Ni aunque te fuiste me abandonaste
Ni aunque te extraño me perdonaste
Seguiré tus pasos
Reconoceré tu huella
Te perseguiré estrella tras estrella
Y olvidaré lo que haces
Te alcanzaré, te hallaré
Y podré hacer esto, podré hacerlo
Porque eres chueca y corres lento

Nu.RR

4

Sin palabras mundanas
Quiero tenerte, mi amor
Tus ojos en mis entrañas
Con tu boca por sabor
Con los muertos de testigos
Sin remedio, sin avisos
Sin prejuicios por delante quiero que te pongas en mi sitio
Y sientas por un instante qué se siente morir,
Ser tirado al precipicio
Porque eso es lo que sentí
Sin vanguardia, sin aviso
Cuando un día me enamoré de ti

Nu.RR

3

¿Por qué el mundo ofrece tantas empanadas de felicidad?
¿Por qué la gente está ansiosa de devorarlas?
¿Por qué en el otoño de la fe florecen las miradas viciadas?
¿Por qué en la cultura de los gritos los alaridos taponan mis oídos?
¿Por qué, si son nuestras vidas, debemos rellenarlas de ferretería?
¿Será que nada está dicho?
¿Será que sí está dicho y les cuesta verlo?

Nu.RR

2

Si miras a mis ojos de la noche
Si oyes mis palabras sin apuros
Si palpas mis caricias, hirvientes
Si saboreas mi codicia de cianuro
Y dices que no me sientes
Dejaré caer mi lápiz
Esperando que me tape
El antojo de que mientes


Nu.RR

San Roque, San Roque

Había dos niños que vivían en distintas ciudades de distintos países. Tenían en común un mordaz temor a los perros callejeros.
Uno de los niños iba a misa todos los domingos, rezaba y, de haber tenido dinero, habría dado limosna. Cada vez que se encontraba con un perro, decía en su cabeza “San Roque, San Roque, que ese perro no me toque”, y, eficientemente, el can pasaba por su lado sin siquiera olerlo. O, cuando tenía que doblar una esquina y temía que del otro lado se ocultara un perro, recitaba lo mismo: siempre que doblaba se encontraba con que no había ningún animal, y suspiraba tranquilo y seguía su camino. A veces pensaba lo tonto que era que, aunque no hubiera perros del otro lado, rezaba aquel cantito.
El otro niño creía en las hadas, los duendes, la magia y, además, tenía una tía muy religiosa que le enseñó a creer en Dios. Este niño tenía especial temor a lo de las esquinas: comenzaba a transpirar de pensar que podía estar esperándolo un fiero canino de dientes agudos. Él siempre recitaba el “San Roque, San Roque”, y siempre resultaba que no había ningún perro del otro lado. Este niño, algo incrédulo, le agradecía al santo su colaboración, pues él nunca estaba seguro: podía ser que no hubiera habido ningún perro, o podía ser que el santo lo hubiera hecho desaparecer. Por las dudas, él agradecía.
Al crecer, este niño se enteró de que la perrera municipal de su ciudad era muy eficiente, pero no se arrepintió de haberle agradecido al santo todas las veces. A cambio, perdió el miedo hacia los perros hasta el día de su muerte.
Pero el otro niño perdió su fe en San Roque, pues terminó creyendo que él mismo se había hecho valiente y había dejado de tenerles miedo, y que si nunca se encontraba un perro detrás de las esquinas, es porque nunca había habido uno. Este niño, al crecer, un día sufrió el ataque de un pequeño caniche toy que se le escapó a su adinerada dueña. El perrito lo mordió en un tobillo, le hizo sangrar y lo obligó a darse muchas y pinchudas inyecciones.


Nu.RR

Pequeñas cosas que enamoran

A (varón) y B (mujer) están sentados uno frente al otro, con un banco de por medio, como aburridos. B mira para cualquier lado, A directo a los ojos. Tras unos momentos de silencio…
-¿Vos crees que las palabras pueden atrapar un corazón…? –B lo mira también, pero no responde, confundida-. Que se puede enamorar, sólo con palabras.
-No sé… no estoy segura.
-Imaginate que aparezca un tipo, que sabés que gusta de vos, que alguien en algún momento te lo dijo…
-Ajá…
-Y no es un tipo feo…
-Lo que nuestra cultura burguesa considera feo.
-Como sea, un tipo que vos no considerás feo. Pero tampoco lindo, digamos, más tirando a feo (o cultural-burguesamente feo).
-Más o menos como vos.
-…Qué directa que sos eh.
-La mentira es uno de los peores inventos del humano.
-Y la sutileza uno de los menos usados. En fin: suponete que aparece un tipo feo como yo con unas flores y se te planta enfrente, y te dice de todo corazón las palabras más dulces del mundo, ¿te enamoraría?
Silencio. Se miran fijo.
-No sé –responde, alejándose del banco y mirando al costado-. Es muy ambiguo. Habría que ver qué es lo que dice, cómo lo dice. Pero no creo que las palabras sean suficientemente capaces como para flechar, ¿entendés?
-Sí.
-En todo caso dependerá de cómo va el flaco, ¿entendés?, cómo habla. Y si es muy cursi, muy… desesperado, no sé, creo que más que enamoramiento, causaría lástima.
-Eso si te va suplicando. Pero si habla bien, no…
-¿Y qué sería por ejemplo hablar bien?
-Y… no sé, es lo que estuve tratando de averiguar antes… Leí muchos poemas, pero ninguno me convenció, entonces escribí los míos… Pero no sé, nunca los puse a prueba.
-¿Y cómo son?

-No sé, poemas nomás.
-¿Pero no te sabés uno así como para recitarlo?
-Ss-sí…
-Y recitalo entonces.
-…“Sin palabras mundanas, quiero tenerte, mi amor. Tus ojos en mis entrañas, con tu boca por sabor. Con los muertos de testigos, sin remedio, sin avisos. Sin prejuicios por delante quiero que te pongas en mi sitio, y sientas por un instante qué se siente morir, ser tirado al precipicio. Porque eso es lo que sentí, sin vanguardia, sin aviso, cuando un día me enamoré de ti”.

-Lindo eh –afirma, asintiendo con el labio inferior alzado-. ¿Lo escribiste vos?
-Se…

-Y buen, si apareciera un tipo y me dice eso, creería que está loco. Pero sería algo tierno, ¿no?
-¿Pero vos qué harías?

-No tengo idea.

Se quedan callados, mirándose los rasgos de la cara, manteniendo sus semblantes de aburridos, largo rato.
-¿Y si aparezco yo y te digo esos versos?
-Lo mismo…
-¿Y si te pido que me dejes darte un beso?
-…¿De qué manera?
-Así –indica, echándose hacia delante y rozando su cara con la propia-: ¿me dejás darte un beso…?
Y a los cinco segundos se besan en esa posición incómoda. Ella apenas se mueve, él se estira sobre el banco; finalmente se separan, sin cambiar sus caras de aburrimiento.

-¿Te dejé enamorada?

-Mmm… Un poquito.
Se miran a los ojos, con pequeñas sonrisas.
-Entonces de algo sirve la poesía.


Nu.RR

Paranuria

Nuria, una chica simple, llegó un día al colegio, caminando lento, y vio, parado en la esquinita antes de la puerta del baño de los varones, a un tipo alto, con anteojos negros, sombrero y sobretodo marrón, de pie firmemente y leyendo un diario. No sobresalía. Nadie a su alrededor parecía verlo, y ella simplemente le echó una ojeada pasajera antes de entrar a su aula.
Durante el primer recreo lo volvió a ver, en la misma posición, con un aura que pasaba desapercibida. Algo extrañada se lo comentó a sus amigas, por si sabían quién era, pero sólo se encogieron de hombros y negaron. El tipo permaneció igual todo el día, sin que Nuria dejara de mirarlo cuando podía. Si alguien pasaba por su lado para ir al baño, lo ignoraban, y él ni se mosqueaba, seguía con lo suyo. Se quedó en su lugar incluso cuando todos iban saliendo del colegio, a la tarde. Y nadie lo miró, nadie.
Al día siguiente también estaba ahí, para sorpresa de Nuria, y también al otro, siempre con lo mismo puesto y el mismo diario, antes de que nadie llegara y después de que todos se fueran.
Al tercer día Nuria lo vio sentado en un banquito, leyendo. Ella se le acercó para espiar lo que leía, disimuladamente, pero él pegó el diario al pecho, ocultándolo. Nuria trató de arreglarla y se fue a preguntarle a su preceptora quién era ese tipo, pero ella sólo le dijo que se iba a quedar ahí temporalmente, hasta que se le solucione un problemita que tenía, como si nada.
Durante dos semanas Nuria lo vio siempre en el mismo lugar y con su diario, leyendo, a veces silbando, a veces de pie, a veces sentado y a veces tamborileando con el pie. Nuria estaba exasperada ya, nadie le sabía decir quién era, qué hacía, a qué se dedicaba, y siquiera nadie parecía notarlo en lo más mínimo.
Un viernes, cansada y demacrada, mientras todos se marchaban al tocar el timbre, ella se frenó, se apartó del grupo que se iba hacia la salida, y se lo quedó mirando. Fijo. El tipo del diario la miró de soslayo por sobre los anteojos y sobre el diario, disimuladamente. Cruzaron miradas llenas, cuestionadoras. Los profesores, preceptores y hasta la directora se fueron al rato, apagando las luces; y ellos dos se quedaron de pie, uno frente al otro, a cuatro metros de distancia.
Llegó más tarde el personal de limpieza, que trapeó y barrió todo el patio, respetando el contorno de los pies del hombre. Pero a Nuria le pidieron que se hiciera a un lado. Y después también se fueron ellos.
Y en un momento, cuando Nuria pensaba que ya no podía soportar más eso, que su respiración agitada quería matarla, que su corazón iba a estallarle en el pecho y que los pensamientos asesinos le aturdían tanto que el cerebro iba a colapsar, se oyó un ruido a cadena y otro tipo salió del baño de varones, igual vestido y con un diario abajo del brazo, como si nada. Natural, pero fuera de lugar.
Los dos hombres de sobretodo marrón, al verse uno al otro, quedaron pasmados momentáneamente, y después de un segundo los dos salieron corriendo escaleras abajo precipitadamente, atropellándose y codeándose vertiginosamente hasta llegar a la planta baja de la escuela. Nuria se lanzó a la carrera sin pensarlo, persiguiéndolos.
Ya al final, cuando los dos saltaron torpemente los últimos escalones, el hombre que había salido del baño se adelantó y con una mano, exhausto, tocó una columna del patio de la planta baja, mientras recitaba:
-¡Pica para mí y para todos mis compañeros!
Y ahí se frenaron los dos. El del baño se acomodó el sombrero y los anteojos, desplegó el diario, resoplando pues se había agitado mucho, y se fue leyendo, contento, tranquilo. El otro, frustradísimo, dobló con violencia su diario, se lo metió abajo del brazo y se fue rezongando y taconeando atrás del otro, más lentamente y con ira.
Y Nuria se quedó sola, al pie de la escalera, sin poder creerlo. Negó, asombrada, riéndose bajito por la nariz, y se fue a su casa.


Nu.RR

Motito y Cosito

“Igual vos sabés hay que andar precavido:
Al que vive en un sueño se lo comen dormido.”
(Cosa cuosa, Árbol)

-Jey.
-Jou.
-Lets go.
-¿Cómo estás?
-Bien, todo re bien –le contestó Motito a Cosito, con una sonrisa más grande que las usuales, luego de su saludo habitual-. ¿Vos?
-Bien, bien nomás –respondió Cosito, no tan sonriente como de costumbre ya que evidentemente su amigo le había ganado-. ¿Vos por qué estás tan contento?
-Aah, es que me pasó algo muy bueno, una experiencia de vida –pronunció, y rió un rato de su elocuencia-. No no, pero en serio.
Motito y Cosito tenían diecinueve años cada uno y ambos iban juntos al Colegio Ghandi, en el centro de Arromo G. Se conocían desde los cinco años, desde la primera vez que se les permitió la sociabilización extra familiar. Ahora ambos eran grandes amigos a pesar de que tenían otros amigos, y ya habían planeado su excursión de egresados (que sería al terminar de estudiar, dentro de dos años) para ellos dos solos, sin ninguno de los otros chicos de su clase, que irían a ver la Estatua. Motito y Cosito, en cambio, planeaban irse con sus mochilas a recorrer toda la Periferia.
-Buen che, contame qué pasó –reclamó Cosito, mientras ambos tomaban el camino hacia la escuela.
-Anteayer fui a un cineclub y vi que en la puerta habían dejado un aparato de esos viejos que me gustan, así que entré y les pregunté y resulta que lo tiraban. Era un reproductor de DVD –contó Motito, con su voz de novedades-. Así que lo agarré, y cuando les pregunté para qué servía, me dijo que en el 2000 se veían películas con eso, y les pregunté si tenían alguna y me mostraron dos cajas llenas de películas viejas, en DVD.
-Jajaja, de esas porquerías que te gustan sólo a vos –rió Cosito, amante de la tecnología de punta.
-Sí, bué. El tema es que recién ayer pude conectarlo a mi compu (tuve que inventarme dos adaptadores para poder enchufarla, porque en esa época requería de cablecitos, viste) y me puse a ver películas viejas.
-¿Y estaban buenas?
-Un bodrio la mayoría –confesó, mientras esquivaba a una señora ciega que iba lentamente por la vereda.
-¡Uy, la verdad no entiendo! –interrumpió Cosito, mirando a la no vidente-. Si no cuesta nada operarse los ojos ahora, ¿por qué no se operan? Anda ahí molestando a los demás con los bastones…
-Aah, es cuestión de principios –aclaró Motito, algo enfadado por la interrupción pero con ánimos de inculcarle algo de filosofía a su amigo-. Es de la gente que cree que estas cosas pasan por todo lo malo de la sociedad, y que ellos son los chivos expiatorios de las culpas…
-Uff, sí, todos esos locos que se creen mártires… Como si no hubiera habido ciegos siempre y en todas las sociedades…
-Jajaja, sos cruel a veces eh. Además eso no se sabe bien, se cree que algunas civilizaciones que alcanzaron cierto grado de armonía se sufrían menos enfermedades. Pero buen, más o menos siempre hubo ciegos que yo sepa…
-Sí, y al menos estos se pueden operar gratis y no lo hacen… ¿Sociedades armónicas, dijiste? ¿Tipo cuál?
-Sos una bestia a veces, Cosito. Sociedades como la Atlántida, antes del cataclismo, claro.
....

Nu.RR

Hablar con un NN

-¿Nombre?
-Dejémoslo en NN por ahora.
-De acuerdo. ¿Firma?
-Con una cruz.
-¿Es analfabeto usted?
-No, pero hoy en día son pocos los que firman con una cruz. Me hace sentir uno más del montón que va desapareciendo.
-¿Pinta usted?
-Lo intenté, nunca me salió lindo.
-¿Firmaba lo que pintaba?
-Con una cruz. Sí.
-Ajá… A ver, espéreme un segundito que anoto unos datos… Ya está. ¿Pasaporte?
-De la Unión Europea. Tengo.
-¿Tarjeta de crédito?
-Mis acciones me acreditan ante el mundo. Nunca me hizo falta una tarjeta para eso.
-Ya veo… ¿Se considera a sí mismo una persona normal?
-No.
-¿Anormal?
-Tampoco. Defíname normal, por favor.
-No tengo ganas. Dejémoslo así: “particular”. ¿Le parece?
-¿Qué me considero particular?
-Exacto.
-Bueno.
-¿Tiene usted una mente abierta?
-No lo creo. Mi mente funciona de diferente manea a la mayoría de la gente que conozco. Veo las cosas siempre desde otros puntos de vista, al menos al principio.
-¿Al menos al principio?
-Así como lo oye. Después me cuesta mantenerme, el mundo avasalla.
-Veo. Qué triste.
-Bastante. El mundo se pierde muchas nuevas perspectivas sólo porque no soy lo suficientemente capaz como para imponerlas.
-¿Y por qué es eso? ¿Falta de carácter?
-No, no es eso: las veces que intenté plasmar mis puntos de vista con pinturas quedaron feas, y no puedo escribirlos porque soy analfabeto.
-Ajá… Bueno, esto está terminado, por favor firme aquí.
-Cómo no… Ene, ene. Listo.
-Pero… ¿Pero no me dijo usted que firmaba con una cruz?
-Acabo de cambiar de pensamiento. Las cruces pasaron de moda. Además si lo ve alguien puede pensar que me llamo Xavier, y es un nombre horrible. Prefiero que piense algo tipo… Nabucodonosor Nicodemo. Tiene mucha más personalidad. Avasalla casi.
-Bastante. Bueno, listo. Con esto ya puede pasar a la pileta. Pero primero hágase revisar por el médico por si tiene piojitos, y no se olvide de darse una duchita eh.
-De ninguna manera lo olvido: todas las noches me baño yo en casa.
-Vaya, pase. Y disfrute su estadía.


Nu.RR

Gea

-No hay dudas, Chuck, este es el descubrimiento del siglo –le dijo a su amigo, dejando la linterna a un lado para ver las pantallas de sus computadoras.
-¡¿Qué del sigo?! ¡De la historia! –gritó Chuck, brioso-. Además a este siglo le queda toda una mitad para superarnos… aunque no creo que lo logre.
Ambos permanecieron en silencio, mirando los resultados de los sensores. Muchas líneas y puntos fluorescentes subían y bajaban, y a pesar de que todo el recinto donde estaban temblaba suavemente sin cesar, podía seguir con bastante precisión el recorrido de sus máquinas topo.
-¿Y cómo se lo explicaremos a la comunidad científica, Alan? –le preguntó luego Chuck, sin apartar sus ojos-. Se reirán mucho de nosotros.
-Sí, lo sé, pero la doctora Camila nos respaldará, y comenzarán a tomarnos en serio. Además no es algo muy raro: las ballenas tienen costras en su piel que es habitada por parásitos y otros tipos de organismos vivos, y si ellos fueran seres inteligentes ¿se darían cuenta de que viven sobre algo que también está vivo?
-Buena comparación… Además es evidente, cuando analizas los caudales de lava, la circulación… Y este lugar, este lugar es grandioso –dijo, mirando alrededor y alzando los brazos.
Estaban en una caverna oscura y maloliente, poco grandiosa a primera vista. Pero para ellos era así porque estaban en la mismísima “panza de la Tierra”, en el sur de Perú, noventa y tres kilómetros debajo de la superficie. Chuck era un geólogo poco prestigioso pero muy inteligente, y Alan era un biólogo marino, y ambos desde hacía mucho tiempo buscaban encontrarse en esa situación.
-Listo, el mapa 3D está listo –le dijo Chuck un minuto después-. Espera unos segundos a que se cargue… (¡Uff, qué calor que hace aquí!) Listo, observa: ya tenemos los diagramas de los canales de salida.
-A ver, ¿puedes ubicarlos en un mapa normal?
-Sí, sí, aguarda un segundo… Ya está.
De pronto sintió que el corazón se le perdía. Observó con más detalle la pantalla de su computadora, aumentó el zoom, y vio que no había ni un error.
-¿Son volcanes inactivos, como pensábamos?
-No, no… estos son otros canales, que jamás tuvieron lava… Aquí… y aquí: Delfos, valle de Giza, Chichen Itzá, Jerusalén, Machu Pichu… Estos otros sitios no los conozco, pero te apuesto lo que quieras –dijo Chuck con énfasis, abriendo los ojos-, ¡lo que quieras!, a que en esos sitios hay construcciones como las pirámides y esas cosas… cosas de hace mucho tiempo… Esto a la doctora Camila le interesará muchísimo. ¡Míralo, míralo nomás! –Su euforia era abrumante-. ¡Los antiguos sí sabían que la tierra era un ser viviente, lo sabían!
-Es lo que decía la doctora Camila… sobre Gea, la Pachamama, y todas esas religiones que adoraban a la tierra como una figura femenina –comentó Alan, más sereno-. Esto va a ayudarnos muchísimo.
-Mucho, mucho…
-Pero aún hay algo que no entiendo: sé que la vida terrestre que nosotros conocemos, con este descubrimiento, deja se ser la única y exclusiva forma de vida… -dijo Alan, algo terco-, ¿pero cómo hace la Tierra a vivir?
-Mmm… supongamos que es anaerobia…
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Nu.RR

En la pradera olvidada

Hubo una vez dos hombres. Uno no creía en la ciencia y el otro tenía de esa fobia a las multitudes. Y eran amigos. Vivieron en esa época en que las ideas de Freud comenzaban a obtener relevancia verdadera y en uno de esos años en que todos los patos se fueron de la plaza que solían frecuentar hasta que comenzaron a recluirse de la ciudad.
Él odiaba tan férreamente la ciencia que consideraba despreciables hasta a los aborígenes, y sólo consumía lo que él mismo ideaba y preparaba. Él sólo se había construido con árboles su propia choza precaria, anexa a la cabaña bien hecha de su amigo con fobia. Ese tenía tanto pánico de que lo vieran y de ver a otros que ya no se deshacía nunca de una bolsa de papel marrón. Le cubría toda la cabeza.
Vivían en una pradera olvidada. Allí.
Apenas había animales, seguramente muchos menos que antes.
¿Vendrá la primavera?
No sé. Pero después del otoño suele venir el invierno.
Eso lo dice la enemiga.
No decía la palabra ciencia.
Pero eso lo decían ya antes de la ciencia.
Puede ser. La enemiga dice muchas cosas, eso puede ser una cosa más. Es su justificación. Su justificación.
Se quedaron mirando para afuera. A través de la bolsa. Los días que se ponían oscuros desde antes y hasta después.
Parece que la ciencia tenía razón de nuevo. Nieva.
Puedo jugársela más a fondo.
¿A quién?
A la enemiga.
No decía la palabra ciencia. Decía que ella misma se la había inventado. Que manipulaba así. Manipulaba así.
Algún día de estos dejará de salir el sol. Vas a ver.
¿Cómo va a pasar eso?
¿Vos no te olvidás cosas?
Sí.
El sol también puede. No es algo sujeto a lo que la enemiga quiere que esté sujeto.
¿Y porqué lo hizo siempre?
Pensó.
Porque nos quiere.
¿Y por qué dejaría de hacerlo?
¿Por qué vos te sacarías la bolsa de la cara?
Por nada.
Por lo mismo el sol no saldrá un día de estos.
Por nada. O por un beso. A ciegas.
Tal vez por eso mismo.
Y se quedaron mirando para afuera. A través de la bolsa. Los días que se venían más claros cada vez más claros, sin besos.
Le gané.
Exclamó la noche en que el sol se olvidó de salir a esa pradera. Se le hacían insoportables los dos, sus charlas, el de la agorafobia y el de la ciencia.


Nu.RR

Las peleas en el bosque

Hay un bosque y en él conviven un unicornio y un ciervo de grandes astas.
El unicornio es blanco, puro, y cree en la magia y el amor. Él quisiera ser un poeta, un dibujante y un actor de grandes estrellas, pero es un unicornio: piensa sólo en sí mismo, no le gusta caminar, cuando corre lo hace rápido, pero necesita constantemente de una doncella dócil que lo acaricie y cuide de él pacientemente y con amor.
El ciervo, en cambio, piensa en sí mismo como un cúmulo de materia interactiva. Analiza los sueños del unicornio, indica qué hormonas producen sus sentimientos, gasta sus tiempos en filosofía y matemática absurda y le gustaría ser ecologista.
También hay uno o dos cuervos, alguna ardilla, pero apenas se los ve.
El unicornio y el ciervo no se llevan muy fraternalmente, pero pasan buenos momentos juntos, cuando encuentran un arroyo de donde beber en común. Sin embargo, cuando se pelean, el bosque entero se convulsiona. Vuelan astas y cuernos y patadas y alguna que otra mordida. Se insultan, dicen las cosas más hirientes el uno del otro, tratan de aflacar la moral de su adversario, durante horas y días y a veces hasta semanas y meses.
Nunca se sabe cómo terminan las batallas. No se matan, eso es lo único seguro. Tal vez se cansen mucho y súbitamente se duerman los dos, y cuando se despiertan ya se olvidaron todo. Tal vez desaparezcan y vuelvan a aparecer, siendo simples compañeros. Tal vez se reconcilien luego de muchos golpes y pasen un lindo rato como amigos.


Nu.RR

El chico de las estaciones

Era sin dudas y de buenas a primeras el primer día de refrescada del verano, y yo estaba sentada en la plaza de al lado de la estación del tren, leyendo a la sombra de un coliflor gigante. Los días anteriores me habían maravillado con sus soles incandescentes y sus cielos de color amarillo intenso, pero súbitamente hoy habían aparecido las primeras nubes radiactivas de sombras densas y húmedas. Por eso, en vez de estar en la pileta y comiendo escarabajos, estaba plácidamente en la plaza, leyendo un libro de historietas de autoayuda. Los niños a mi alrededor hacían carreras sobre burbujas o jugaban a alimentar a los caracoles naranjas que las vecinas de la plaza mantenían encerrados en jaulas apretadas, con fluorescentes carteles que decían “mantenerse alejado: animal demasiado feroz”.
La plazoleta estaba junto a la estación de trenes Siemprejoven, y mucha de la gente que bajaba del tren, cansada de estar amontonada en los tres pisos de los vagones, se compraba algún merengue y un poco de jalea y se iba a descansar un poco entre los faroles serpenteantes y los sillones inclinados que había por la plaza. Siemprejoven era una estación menor entre varias que acaudalaban y depositaban una enorme masa de trabajadores y malabaristas de toda la ciudad, y por eso, gracias a su poco tamaño, también era una estación mucho más tranquila y limpia.
Yo estaba por la mitad de mi historieta de autoayuda cuando de pronto vi una sombra que cruzaba las páginas y, ni bien salía de ellas, volvía y se detenía. Terminé el cuadrito en el que estaba y levanté la mirada para ver a aquel cuya sombra me tapaba. Era un muchacho que tenía una sonrisa grande, barba rala y negra, una camisa roja, mochila de malla metálica y walkman amarillo con grandes auriculares pomposos. Sus ojos eran oscuros.
-¿Brasai? –me preguntó, señalando mi historieta.
-Exacto. ¿Te gusta?
-Me gustaba –contestó-. Me dejó de gustar cuando descubrí mejore métodos de autoayudarme.
....


Nu.RR

Desde un pino

Un pino es una conífera, pero no quiero hablar de un pino sino de un ciprés. Es más lindo, más rústico y menos pretencioso, y por los de la ciudad suele ser confundido por pino. Yo estaba en lo alto de este ciprés, de este pino, pues soy de la ciudad. Pensaba desde allí arriba lo extraño que se veía todo: las cosas parecían otras, cada objeto debería tener un nombre diferente que lo designara para cuando se lo veía desde arriba. Tan raro y desubicado a los ojos como cuando uno ve por primera vez un avión de esos gigantescos, apoyado en unas rueditas chistosas, sobre el concreto. No: uno está acostumbrado a ver los aviones desde abajo, verlos pasar por arriba, chiquititos, con un ruido fuerte que es difícil de ubicar de dónde viene. Así son los aviones, y verlos en la tierra es algo que puede hasta shockear a uno desprevenido. Por eso yo a mi hijo, el día que cumplió cuatro años y lo llevé a ver cómo despegaban los aviones, le di una charla de veinte minutos (más de eso no creo que aguante) para que no se impactara al ver aquellos colosos que usualmente surcan el cielo. Papá a mí no se hizo esta explicación y recuerdo muy bien que por tres noches no pegué un ojo, desvelándome en conjeturas de cómo es que aquella manchita del cielo podía ser tan pero tan enorme, tan grande que las rueditas, que parecen diminutas, son más altas que una persona.
Quise mirar para el otro lado y tuve que moverme con cuidado para no caerme del pino. Me pinché un poco y me raspé el antebrazo, pero valían la pena esos pocos raspones con tal de seguir viendo el resto del mundo desde allí arriba. Ahora tenía una visión bastante amplia del parque, de los nenes que jugaban, de los patos y los viejos. También pude ver a una pareja de adolescentes haciendo cosas que no deberían insinuar en una plaza, pero buen. Pude comprobar no difícilmente que desde el ciprés podía haber renombrado cada cosa que veía: la fuente, las casitas, los autos. Los movimientos también, pues si bien del tamaño de hormigas, se veían lentos como de costumbre, no como patitas veloces. Incluso parece más predecible, como si la perspectiva agregara algo de premonición.
....

Nu.RR

Danza cósmica en un colectivo

Volvía del colegio en el colectivo y estaba apurado. Habíamos salido tarde porque unos compañeros, haciendo de las suyas, habían hecho enojar al profesor. Pero yo estaba realmente apurado. Llegaría a casa a eso de las tres de la tarde (cuando usualmente lo hacía a las dos y media), y a las cuatro tendría mi clase semanal de violín, para lo cual tenía que salir de casa cuatro menos cuarto. Así que, entre carámbanos y cebollitas, me quedaba poco más de media hora para practicar con mi instrumento.
El verdadero problema no era ese, sino que hoy mismo (dentro de una hora y media), presentaría una nueva canción. Era una de Bach y era bastante linda y compleja. Pero yo no había visto las partituras en toda la semana. Ese sí, era mi gran defecto: la dejadez, la postergación. Y no tenía alternativa: tenía que sí o sí aprender esa canción para tocarla a dúo con mi profesora de violín, una persona severa, cruel, metódica y rigurosamente estricta.
Estaba viajando parado, sosteniéndome de los caños que atravesaban el techo del colectivo. El recorrido era bastante largo y los hombros y codos, por la mala posición (cabe aclarar que no soy de elevada estatura), se estaban cansando y empezaban a doler un poco. Por eso, en cuanto vi un asiento vacío al fondo del bondi, me abalancé sobre él. Una señora que tendría unos cincuenta años me miró con algo de reprobación, pero bueno, no me iba a poner a explicarle toda mi historia.
Habían pasado dos minutos y mis articulaciones estaban descansadas, listas para una media hora de violín intenso. Pero entonces me distraje con algo llamativo.
Al colectivo se había subido una muchacha que, por no ser descortés, era bastante rolliza. No de esas rollizas cuyas carnes son firmes, duras y rígidas, sino una fofa, suelta y movediza. Los pliegues de su silueta se agitaban libremente debajo de su ropa apretada. Esa chica avanzó esquivando humanos hasta situarse a dos metros de mis ojos, casi al lado del timbre, en el fondo.
Los que viajan en autobuses sabrán que, aquí en el fondo, cualquier movimiento que realiza el vehículo se potencia. Y así como yo daba pequeños saltos en mi lugar con cada lomo de burro, la panza, los rollitos de esta muchacha, temblaban constantemente, confiriendo un espectáculo no tan poco usual, pero que generalmente pasa desapercibido o es criticado.
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Crisis

Era una tarde de primavera y estaba terminando rápido. El vientito fresco entraba por la ventana y él, que había estado todo el día en remera de mangas cortas, empezaba a sentir frío. Ella, sentada en la punta opuesta de la cama, con las manos en la cara y la espalda encorvada, tenía un vestidito verde muy ligero, pero no sentía el fresco. Lo único frío que sentía eran sus lágrimas que bajaban por sus mejillas, mejillas que él había rotulado de “cachetes manzanita”.
Él se quedó donde estaba, mirándola sin saber que hacer. Se sentía tan tieso como cuando aquella vez, el verano anterior, había decidido animarse a declararle sus sentidos y pensamientos. Ahora la veía llorar y no sabía cómo tenía que reaccionar. Podía acercarse, abrazarla y reconfortarla, decirle que iba a estar bien. Podía irse diciéndole que le dejaba un poco de intimidad, que lo llamara si lo necesitaba. O podía seguir ahí, pensando. ¿La incomodaba, o la alentaba haciéndole saber con su presencia que contaba con él?
Y pensar que, hasta antes que ella llegara, él había estado pensando una historia de piratas para contarle. Lo raras que eran las cosas: nunca avisaban los golpes cuando aparecían, y si decían que iban a venir, llegaban de una manera inesperada. Él había visto venir esta crisis, sin duda, pero… ¿así? No, así nunca.
Se sentó en la cama, en el medio. Ni pegado a ella ni en el extremo opuesto a ella. Miró, miró, desvió los ojos y, mientras oía su llantito de delfín, analizó muchas cosas de la habitación. Después retornó en su mente a la historia de los piratas, a ver si le encontraba un buen final. Pensó que, si le metía una moraleja acorde a la situación, podía contarle esa historia y no sólo la sacaría de su tristeza, sino que también hasta podría invertir totalmente su estado de ánimo y así se garantizaría una primavera de sensaciones felices.
Así que, tras meditarlo unos segundos, decidió incluir en su historia una pequeña muchacha llorosa de vestido verdecito, que aparecía de la nada en el barco pirata, frente a la puerta del camarote del capitán pirata. Y luego se las ingenió para hacer que la historia tuviera la coherencia y la moraleja adecuada. Después le contó la historia y ella, dejando de llorar, esbozó una sonrisita. Sus cachetes manzanita se pusieron colorados y se abrazaron con fuerza. Ella sabía que podía contar con él, y él sabía que podía contar con ella.


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Antes del telón

Juani se encontró rodeado de telas que caían del techo, negras, espesas. Se acomodó el antifaz con cuidado y, tomando aire, comenzó a palpar el suave terciopelo, buscando un pasaje. Caminó apresurado hacia la izquierda con la mano derecha extendida hasta que, entre los miles de pliegues que se deshacían y se volvían a hacer, encontró un pasaje y, sin dudarlo, con la cara llena de sudor, se coló en él.
Del otro lado había más telas colgando y todo era más oscuro, eso no lo esperaba. Aún así, sin desanimarse del todo. Trastabilló unos metros y de pronto, al encontrar otro pasaje entre el laberinto de tela, se topó con un dragón enorme, ¡enorme! Jamás podrían haber visto algo como eso: verde, con boca llena de colmillos, pecho escamado y una cola de papel acartonado que se arrastraba por el piso. Juani lo miró con cara pasmada y, sin decir nada, siguió corriendo.
Después le tocó enfrentarse con dos damas antiguas que paseaban entre las telas con unos pequeños paraguas y que se ofendieron cuando Juani, el del antifaz, pasó al lado de ellas sin saludarlas de lo asustado estaba. Luego se encontró con un prisionero vestido a rayas acromáticas y más adelante a un carcelero que corría desesperado. Juani siguió de largo, pasando entre los innumerables pliegues de esa tela eterna, en ese mundo sombrío.
Cuando se topó con los tres espadachines de bigotes pintados casi no pudo seguir, porque pensó que le iban a jugar alguna broma pesada. Pero agradeció ser lo suficientemente rápido como para colarse debajo de una tela y seguir de largo. Cada vez estaba más nervioso, no iba a salir más de ahí.
Pero al fin, después de cruzarse con más seres extraordinarios y personas a las que le temía, Juani vio que el telón se levantaba y pudo ver los montones de caras de papás contentos. Siempre había tenido pánico escénico hasta ese momento, pero ya no.

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Don de nadie

Me desperté y estaba lloviendo. Me desperecé oyendo la lluvia sobre las tejas, las plantas y la calle. Me revolví en las sábanas, frotando mi cara contra la almohada esperando que ese esfuerzo me devolviera el sueño, y la lluvia continuaba. Desayuné tibiecito mirando las gotas cayendo a través de la ventana y miré el pluviómetro que había sido de mi papá: superaba los trescientos milímetros, hacía días que llovía en toda la ciudad. Por suerte habían sido durante el viernes y el fin de semana, así que no me incomodó mucho para el trabajo y pude descansar de verdad, todo el tiempo en casa.
Ahora, lunes finalmente, debía juntar ganas e ir a la parada del colectivo a esperarlo largo rato bajo la lluvia. Con botas rojas de goma y un paraguas verde oscuro fui hasta esa esquina y me senté bajo el alero de un local cerrado. Era temprano y estaba lloviendo con poca insistencia, y sólo había otras dos personas en esa parada. (Una parada gris con piso de cemento alisado, pues había sido antes una estación de servicio, cerrada hacía cinco años.) Una era una chica con unos diez años menos que yo que iba al colegio. Miré su uniforme y recordé el mío de cuando era colegiala también: usábamos un jumper gris oscuro con una blusa azul y una faja. La otra persona allí era un hombre. Ya lo había visto varias veces en esa parada, siempre esperando. Era alto, pasando el metro noventa, tenía un piloto marrón y nada más, ni paraguas. Estaba de pie debajo de la lluvia, mirando fijamente, seguramente pensando en sus profundidades, hacia donde vendría el colectivo. Aburrida, vi cómo caían pequeños hilos de agua de su piloto marrón y por su pelo entrecano, su barba desprolija y sus cejas espesas. De la punta de su nariz, larga y redonda, pendía otra pequeña gotita, inestable, como si jugara a columpiarse.
Me agradó la idea de que esa gotita era como ese hombre. Esperando el impulso para salir de allí, de la nariz. De la parada donde llovía. Era una parada muy cercana a al comienzo del recorrido, por eso generalmente los colectivos venían sin carga. Ahí pasaban sólo dos ramales de una misma empresa: el que iba para adentro derecho y el que iba para adentro dando vueltas. Yo tomaba siempre cualquiera, porque el destino era el mismo. El que iba derecho se llenaba e iba lento, el que me entretenía más iba casi vacío y tardaba lo mismo, pero la gente no lo sabía. O nunca lo había cronometrado, yo sí.
Me gustaba más cuando venía el que daba vueltas. Tal vez era como yo, que soy vueltera. Con todo salvo con mi trabajo, en la oficina. Trabajaba diseñando planos de edificios, imaginándolos en el papel. Tenía algunos que eran edificios cuadrados, bien lineales como el ramal que se llenaba, a la gente le solía gustar más. Y tenía otros que desde ninguna perspectiva se le vería una línea recta, y les gustaban a los extravagantes. Me pregunté qué tipo de edificios preferiría ese hombre.
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