sábado, 6 de septiembre de 2008

Roma Mora

1

Era una ciudad pequeña. Un país pequeño y morboso: Houdbaar se llamaba, Houdbaar era la capital. La gente de allí era normal: parecía ser bue-na.
Pero había más crímenes que en muchos otros lugares, el gobierno estaba corrompido por dentro. Eran buenos, pero les gustaba la vida fácil, ostento-sa, y se volvieron permisivos, sobornables y morbo-sos. Normal, pero peor que en muchos otros luga-res.
Shini Pitró vivía en Houdbaar desde niño, que-ría ser abogado y tenía diecinueve años. Su padre se había borrado cuando tenía tres años, jamás lo habí-an vuelto a ver, y la madre, mujer dura y con poco cariño en el vientre, lo había criado con lo indispen-sable. Escolaridad pública y colonias gratuitas todos los veranos.
Él no era normal.
Su interior esperaba un cambio. Empezaría la universidad.
Estudiaría Leyes.

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2

A la madre no le importó. Sentía haber cum-plido su parte con la vida: criado un hijo hasta la edad necesaria. Diecinueve años, ya era considerado adulto, podía hacer lo que quisiera.
Shini Pitró se mudó a un edificio de departa-mentos, muy céntrico, cerca de la universidad, un mes antes de empezadas las clases. Dos semanas después de cumplir años.
Mudó solo sus pertenencias. Eran dos cajas marrones llenas, sólo dos viajes que hacer.
Su departamento no era pago, la Municipalidad de Houdbaar donaba todos los años diez departa-mentos céntricos a los diez mejores promedios na-cionales para que no abandonaran el país. Shini Pi-tró era el onceavo mejor promedio, el mejor prome-dio huyó dos meses antes, Shini Pitró ocupó su lu-gar.
Era un onceavo piso, era un solo cuarto gris y cuadrado, de cinco metros por cinco metros, cocina y un baño, pequeño. Entraban la cama, un escritorio pequeño, una cajonera con ropa. La computadora portátil, los parlantes, el calzado y la colección de películas irían debajo de la cama.
Estiró las sábanas con paciencia, suavemente. Las vio ondear hasta posarse sobre el colchón. Ex-halar y aplacarse. Aseguró uno de los ladrillos grises que eran las patas de la cama y se tiró en ella. Sonre-ía.
Sabía que dentro de un mes empezaría a estu-diar Leyes.
Shini Pitró continuaría la línea barata de su vi-da: la universidad no era paga, era de la Municipali-dad de Houdbaar.

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3

Shini Pitró tomó tres calmantes la noche ante-rior a su primera clase en la Universidad Central de Houdbaar. Eran nervios lo que tenía. Estuvo des-pierto mucho tiempo con los ojos clavados en el techo.
Era un aula gris en un subsuelo de quince me-tros por quince metros, con bancos usados, luces fluorescentes y sin ventilación. La voz de Rednal fue lo primero que oyó ese día.
-“La ley es telaraña (en mi ignorancia lo expli-co): no la tema el hombre rico, nunca la tema el que mande, pues la rompe el bicho grande y sólo enreda a los chicos.”
Shini Pitró abrió los ojos.
-¿A quién cité?
Rednal los miró con tiempo uno a uno.
-Bien: no importa conocerlo. Importa saberlo.
Era el primer día de Leyes. Ese día tendrían todo el día con Rednal y sólo con Rednal.
-Importa tenerlo asumido como norma núme-ro uno. Si serán abogados lucharán a favor de bi-chos grandes y les irá bien. Lucharán a favor de bi-chos chicos y lucharán mucho –Su voz era seca y clara-. Si luego quieren hacerse Jueces, legisladores algún día, serán arañas.
»Los pequeños no tienen voz, y el que calla, otorga: así funciona básicamente la Ley. Ustedes tienen la posibilidad de ser su voz (una que cuesta oír) o la de ser otra voz de la muchedumbre ensor-decedora.
Llenó los pulmones con las dudas que surgían de sus alumnos, se dio media vuelta, caminó hasta el escritorio del profesor, limpio con la manga, hizo chillar la silla al arrastrarla, se sentó. Sacó unas hojas de su maletín negro y empezó a escribir con la cabe-za agachada.
-Eso es todo por hoy, pueden irse.
Murmuraron y se movieron en sus sitios.
-¿Sólo esto el primer día? –preguntó uno.
-Es suficiente información como para marear-los –dijo Rednal alzando los ojos sobre sus anteojos-. Vayan a casa, estudien lo que les dije, vuelvan ma-ñana con las mentes preparadas para un poco más.
Con reproches y frustración se deslizaron to-dos fuera del aula y subieron las escaleras.
Shini Pitró se quedó sentado en su lugar hasta que todos salieron. Se paró, caminó hasta el escrito-rio de Rednal y apoyó sus dos manos sobre la fór-mica vieja, al lado de unas hojas.
-¿A quién citó, profesor?
Rednal levantó la cabeza otra vez. Los ojos le brillaban, o tal vez los anteojos reflejaban la luz fluo-rescente.
-José Hernández, Martín Fierro.
-Gracias, profesor.
-Dime. ¿Te interesa el vandalismo educativo?

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4
Roma Mora había aparecido en Houdbaar on-ce años atrás, y desde entonces no había dejado de crecer en ningún momento.
Roma Mora había aparecido hacía cuarenta y tres años en algún país poderoso del mundo. Pron-tamente se había propagado como un gas a todos los demás países. En algunos fue combatida, en otros, como el país en que vivía Shini Pitró, acepta-da y favorecida.
Roma Mora era una empresa multinacional en-cargada de llevar el placer al mundo. Su eslogan de-cía algo como eso. Comerciaba tecnología y mujeres.
Mujeres, ilegalmente.
No las ofrecía al público, había que buscar la oportunidad, había que acercarse y tener muchos contactos. Para estar con una mujer de Roma Mora había que ser un pervertido de conciencia.
Roma Mora raptaba niñas pequeñas, adoles-centes a veces, casi nunca mayores. (También niños, para un gusto diferente de pervertidos.) Desaparecí-an y casi nunca eran buscadas: Roma Mora pagaba caro. Las llevaban lejos, en lo oscuro, las drogaban y les quitaban la vida de a suspiros. Luego las lanzaban desnudas al mercado, y cobraban caro.

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5

Recién el sábado volvieron a tener clases con Rednal. Su olor a alcohol entró al aula cinco segun-dos antes que su cuerpo.
-Es para ilustrar un ejemplo.
Dijo que por eso estaba borracho. Sin embar-go no pudo explicar bien el ejemplo porque hipaba y lloriqueaba.
La clase duró una hora. Hubo quienes toma-ron apuntes, quienes durmieron y quienes se retira-ron de malhumor. Shini Pitró esperó a que todos se fueran y ayudó a Rednal a volver a su casa.
En la puerta del edificio gris donde vivía, Shini Pitró le habló:
-¿Qué pasó, profesor?
-Me emborraché.
No dijo por qué, pero se quedó parado largo rato sosteniéndose del umbral, mirando hacia abajo, llorando despacito y temblando.
-Mi esposa me dejó –dijo-. Once días de esto.
»Hoy me di cuenta.
Shini Pitró no supo qué hacer.
-No sabía que estaba casado.
No fue algo adecuado, pero Rednal sonrió. De pronto pareció más sobrio que antes.
-No era algo que se notara… Dime. ¿Te inter-esa el vandalismo educativo?
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Nu.RR

El ómnibus

Un amigo que dejó el trabajo me recomendó lo del ómnibus. Ciertamente que al principio me pare-ció una idea loca, una ocurrencia de su cerebro en cortocircuito… Además me llamó la atención que lo llamara ómnibus, no colectivo, ni micro. Ómnibus me sonó, en el momento, una palabra de película doblada en México, poco fiel a mi realidad. Acá le llamamos micro o colectivo, bondi, bus, cuanto mu-cho. Pero ómnibus me sonó como pesado, algo den-so, con letras que se trababan. “Ómnibus.” Fue raro, porque los que están afuera lo llaman ómnibus, y los que están adentro, simplemente le dicen el vehículo. Vehículo, otra palabra rara.
El hombre este se había tomado vacaciones re-pentinas por la muerte de su mujer. Dora se llamaba, era linda. El tipo… se llamaba Ernesto, creo. Volvió al trabajo nueve meses después de la muerte de Do-ra, totalmente cambiado. No puedo decir que estaba mejor o estaba peor, estaba probablemente igual, pero con un aire totalmente distinto, como el equiva-lente para otro tipo de cosas. Apareció en la oficina para llevarse las cosas que había dejado: fotos, lapi-ceras, ganchitos, una abrochadora y unas carpetas. Pero apenas me vio, se frenó en lo que estaba haciendo y me dijo: -Tenés cara de necesitar estar en el ómnibus. -¿El qué? Le pregunté. –Es un ómnibus que te lleva a pasear… vas a ver, si vas para el norte, pedí un boleto en cualquier agencia de turismos, no sale caro. Y sin decir más se dio media vuelta y si-guió con lo suyo, juntando sus bártulos. Tuve un atisbo de risa, pero estaba tan decaído yo que ni me esforcé. Pobre tipo, pensé, nueve meses desapareci-do y ahora está chiflado… Lo que cambian las per-sonas con un trauma importante.
No seguí su consejo, pero sí el de mi jefe. A las dos semanas después de que Ernesto renunciara y se llevara sus cosas, yo pedí unas vacaciones también y preparé la valija para irme al norte. Lo cierto es que esa noche, cuando sobre mi cama tendida, vacía, me senté a descansar, con la valija cerrada a mi lado, no recordé nada del ómnibus ni de Ernesto. Ese suceso había quedado atrás, muy superado por los eventos recientes que se venían acumulando y acumulando, aplastándome contra las losas de la ciudad ajetreada e indolente. Suspiré amargamente, esperando que aquel viaje que me esperaba y salía en dos horas pudiera reconfortarme. La penuria que llevaba en mi alma era sofocante, realmente necesitaba apartarme de todo aquello. Bajé, pedí un remís y fui hasta Reti-ro, esperé veinte minutos el micro, dejé mi valija, me subí e inmediatamente y, antes de que se subie-ran las demás personas y arrancara, me dormí.
Sin dudas fue un dormirme rápido. Fue como la descarga, el latigazo que me dijo: Guillermo, no estás más en tu casa, no estás más trabajando, no tenés que recordar nada de eso. Una desconexión, como de esas que logran los hipnotizadores y los que hacen reiki. Yo no lo creía eso, pero es verdad: te duermen en cinco minutos, te relajan, te hacen olvi-dar todo y te dejan ahí tirado, tieso… Cuando me desperté vi que tenía dos bandejitas plásticas con comida en la butaca de al lado, que estaba vacía. O sea casi todo un día, fue lo primero que calculé. Me desperecé abiertamente, haciendo mucho ruido, y con trabajo, moviendo mi cuerpo entumecido, sorteé el asiendo de al lado y me precipité al pasillo, en donde me apuré por llegar al baño.
Cuando salí me fui a la cabina de conductores para saber dónde estábamos. Pero no me hizo falta preguntar, porque a nuestro costado había un nego-cio pequeño que decía con desprolija pintura roja: Lavalle quiosco golosinas regalos. Habían pasado quince horas, quedaban sólo cinco más. Me volví a mi asiento, devoré lentamente las bandejitas de co-mida, abrí la ventanilla y pasé las siguientes tres horas mirando el avasallador paisaje que recorría afuera. Los paisajes, pasados a velocidad, siempre me capturaron… Después me dormí y me desperta-ron ya de tarde, al llegar a Salta capital. Casi me tiran del micro los conductores malhumorados, así que retiré mi valija sin darles propina y me fui dere-chito a la oficina a hacer una queja. Pero después me arrepentí: los choferes esos están obligados a mane-jar casi sin dormir durante días, su malhumor era totalmente perdonable. Así que evadiendo la Termi-nal, esperé un taxi (que allá son verdecitos) y me fui a buscar alojamiento. El tipo del taxi me miró por el retrovisor un momento y me dijo, con su claro acen-to salteño: usté sí que ‘ta boleado amigo, ¿no durmió bien en el viaje? Le dije que más o menos, que los viajes me constipaban y que probablemente estaba algo apunado, pues venía de Buenos Aires, a la altu-ra del mismo mar. –Eso no es problema, enseguidita se acostumbra, va a ver. Acá el aire es más tranquilo y ayuda a relajarse… Me cayó bien su comentario, pero en cuanto le presté atención vi que masticaba flemáticamente una bola de hojas de coca, cosa que me dio arcadas, y tuve ganas de bajarme de aquel remís. Pero no lo hice, me iba a perder si lo hacía.
Me bajé en la puerta de un hotel que me reco-mendó el remisero, pagué el cuarto por una noche, me tiré a dormir un poco con las valijas sin desar-mar. No pude dormirme y prendí la radio para dis-traerme un poco de mis pensamientos. Pasaban mú-sica de un grupo local, no me gustó para nada, pero cambiar de frecuencia no valía la pena… Seguí oyendo eso, sin preocuparme, ya sin evadir la pena que llevaba conmigo. Me arrojé de espaldas a la cama y dejé que la pena me hundiera un pozo en medio del pecho, desganado. Y entonces fue cuando oí una pequeña palabrita, pero que fue lo suficiente-mente fuerte como para despertar a mi inconciente en ese mismo momento. “Quince grados tres déci-mas en Salta Capital. El cielo se está nublando y parecería que va a llover por fin, un poco fuera de temporada pero el agua nunca cae mal… Sí, cae mal cuando se inunda todo en primavera, pero en esta época del año hace bien. Ahora cambiando de tema nos informan que el sábado a la mañana va a pasar el ómnibus por el acceso de Ruta 39, para aquellos que se crean lo suficientemente desdichados como para pagar un boleto. Para los que no, los invito a seguir escuchando Arbolito con el tema: Si me voy antes que vos, de su nuevo disco…”
Inmediatamente supe que Ernesto no estaba tan loco como pensé en un principio. Con que todo era verdad… No, me corregí: lo del ómnibus podía ser verdad, tal vez era todo un malentendido… Aún así, me llamó mucho la atención. Me sonó extraño todo eso, el ómnibus, como irreal. Tan irreal como la pa-labra ómnibus en boca de capitalinos y de salteños, fuera de películas mal dobladas.
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Nu.RR

jueves, 4 de septiembre de 2008

Una historia con final feliz

Él la amó durante mucho tiempo. Desde muy niño, tal vez a los cinco años ya se sentía totalmente perdido por su hermosura. La veía siempre en la escuela, sentada a pocos metros de él. En esa época sentía pocas inhibiciones, solamente conocía lo que sentía, pero aún así no se atrevió nunca a hablarle a la cara de ello. Le escribía cartas, pequeñas y bellas cartitas de amor. Le decía te amo, no se preocupaba, sin saber que si tuviera diez años más y dijera eso, estaría tal vez todo perdido. Pasaron los años y él al seguía amando, ausente, quizás, ya sin cartas, preguntándose qué pensaba ella, qué sentía ella. Al principio parecía que ella también lo quería. Pero fueron creciendo y ella no lo miraba, y él se sentía destrozado. No entendía nada, ¿lo amaba o no? Antes sí, se decía, antes sí, pero lo eché todo a perder. Y no toleraba esa idea. Y volvía a insistir estúpidamente, sin saber cómo eran las cosas, sin saber nada más que lo que su corazón decía, sin coraje, sin crecer. Ella no lo amaba, lo sabía, pero no lo entendía. Sólo se concentraba en lo que él sentía, no sabía nada de ella, era una idealización plena, tal vez verdadera. Él la amaba tanto, ¿cómo era posible que no fuera correspondido? ¿Podía simplemente Dios dejar que él sufriera tan amargamente, sólo porque ella se había alejado de sus sentimientos? Lentamente, contra su voluntad, fue entendiendo que el amor no es eterno, que la gente cambia de parecer más rápidamente de lo que parecía, y aunque su corazón seguía volcado hacia ella completamente, se forzó a no quererla, a verla como a alguien común. Buscó toda clase de excusas: el amor y todos los sentimientos no son más que producto de hormonas y sustancias cuyo único fin es la perpetuidad de la especie; la razón puede dominar los sentidos, etcétera. Terminó reemplazando lo que sentía por lo que creía y pensaba. Sintió varias veces ese vago reflejo de lo que alguna vez había sentido, todas ellas por poco tiempo y vacías. Se cambió de colegio, la olvidó, no fue más que un recuerdo. Luego, cuando todo parecía no ser más que un recuerdo algo divertido algo terriblemente triste, se encontraron. Había temido mucho que eso sucediera, pero no hubo nada malo. Ambos ya creían haber crecido, haber entendido cómo era la vida. Él no sentía amor ya, no se preocupó ahora de que ella no lo amara. Era una chica especial, más linda que antes, pero nada de sentimientos podía meterse. Pasaron buenos tiempos de amigos. Sin rencores, sin verse los rostros. A ella le gustaba escribir trozos de letras de canciones conocidas, y él las leía, sin darse cuenta. Ella había descubierto algo nuevo en él, pero él no. Y pasaron tiempo como amigos, ella dudando de amarlo, él ignorando su amor. Y se volvieron a separar. Se fueron lejos, reprimiendo sus corazones. Pero al separarse de ella, su corazón no se contuvo más y gritó: ¡sí la amaba! Y entendió, unió una a una las letras de las canciones, descubrió un mensaje, como una antigua cartita de amor, simple, bella, de sentimientos puros. No sé si alguna otra vez se vieron, tal vez no, tal vez vivieron llorando ese pasado que no había llegado a concretarse, o tal vez sí se encontraron. Y en ese caso, tal vez se dijeron que se amaban, o tal vez ya no lo sentían. Tal vez sí se amaban, pero la distancia y el tiempo los habían acobardado, y simplemente se desearon en lo oculto. Yo espero que se hayan encontrado una vez más, que hayan sido sinceros, y que sus corazones, heridos de tanto amor, tanto tiempo, tanta espera, tanta desesperación, tanta duda, tanto vacío, se hayan dado un primer beso, un beso único, un beso que había aguardado desde lo cinco años la tensión, ese beso que era producto de una exacerbación de hormonas locas de felicidad. Luego de ese beso, si siguieron juntos, si se dieron cuenta que no se amaban tanto como sentían, si se casaron y tuvieron familia, si se odiaron, si se separaron y nunca más se vieron o si volvieron a encontrar, o si simplemente fueron felices el uno con el otro, lo que haya pasado después de ese primer beso, no me importa.


Nu.RR

Una venganza dulce como miel

Missail Cook fue siempre una persona de meterse involuntariamente en problemas. Quizás toda su vida fue un problema, excepto por una cosa: su matrimonio con Rachael Light, una mujer que lo soportaba en todo.
Él había nacido en una familia bastante pobre en las afueras de Washington y ya desde bien pequeño fracasó por uno u otro motivo en todo lo que emprendía y se ganó enemistades tratando vanamente de ayudar a muchos conocidos. Luego lo enrolaron los del Ejército del Norte y fue responsable de una de las primeras derrotas de la Unión al tener que abandonar su guardia para ir al baño pues había bebido mucho líquido por culpa del cocinero al que le encantaban los picantes. Luego huyó hacia el sur, donde provocó el cierre del cabaret de un amigo y el incendio de una taberna bastante concurrida; entonces se volvió a su Washington y buscó inversores para comenzar a excavar en una mina en Texas. Uno de los inversores era el padre de Rachael Light, y con ella se casó al poco tiempo de iniciar los preparativos de la obra. Finalmente, por falta de planificación, se desmoronaron los túneles y, en medio de un motín de los trabajadores, Missail escapó con Rachael y la mitad de toda su fortuna en una carreta.
A mitad de camino, algunos días después de huir de Texas, en un pueblo bastante grande en medio de la nada, Missail se despidió por un momento de su buena esposa y se fue a buscar un bar, donde estuvo media hora contando sus innumerables desgracias, con tanta pasión y tristeza que conmovió a todos los borrachos del antro. Un hombre notó el potencial que tenía Missail de emocionar a la gente con sus historias cuando estaba ebrio, y lo mantuvo así hasta la mañana siguiente, cuando lo llevó a la plaza central y cobró a las personas que pasaban por allí, oían sus desdichas y se quedaban a llorar cerca suyo.
Para cuando recobró la conciencia estaba inmovilizado en el cepo de la plaza. Rachael estaba a sus pies, ofuscada. Missail, mareado aún y con un gran dolor de cabeza, giró el rostro cuanto pudo, humillado, para no ver la expresión de sus ojos. Le preguntó por qué estaba allí y su esposa le dijo que, luego de terminar su patética función (de la cual no recordaba nada) se había dedicado a atacar a los vejetes ricos del pueblo, y que por eso el alguacil lo había encerrado en el cepo. Y debía agradecer que, mal que mal, la gente se había tomado con algo de gracia sus correrías y no lo habían abochornado para nada mientras estaba dormido. El problema, le contó Reachel, fue que, avispado por sus relatos, uno bandido desdentado había ido a su cuartito de hotel y se había llevado todo de todo, los había dejado con la ropa que llevaban puesta (teniendo en cuenta que la de Missail estaba completamente manchada de vómito).
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Nu.RR

Nadie me cree

Siempre las propagandas de si bebiste no manejes o cui-dado con los cohetes en las Fiestas te dicen que vos pensás que esas cosas sólo le pasan al resto y que no es así, que le pasan a todos. Pero es mentira, esas cosas sí que le pasan sólo a los demás. Y seguro que vos ahora estás pensando que no, vos sabés que fulano te contó que su primo volvía de una fiesta y se comió una camioneta y estuvo una semana inter-nado. Si es verdad, hay dos posibilidades: una es que real-mente haya tenido la poca cordura de chocarse estando bo-rracho, pero es la menos de las veces; la otra alternativa es que haya sido, muy probablemente, parte de un plan para que chocase, o se quemase los dedos con un cohete fallado. Por-que eso sí pasa seguido: las noticias que vemos de este tipo de accidentes fueron provocadas a propósito. También, por otro lado, son falsos los comerciales de medicamentos que te dicen no levantes comida del piso, lavate antes de comer, cualquier cosa sucia de enferma sin posibilidad de escape. Todo mentira, inventado. Los gérmenes, la placa bacteriana, las infecciones y las intoxicaciones son prácticamente siem-pre producto del subconsciente atolondrado. Pero pensalo: ¿cuántas veces estuviste a punto de chocar y zafaste por casi nada? ¿Cuántas veces comiste basura y realmente no te pasó nada? Es todo, todo parte de un gran plan para controlar las actitudes de la gente, provocar un cuidado casi excesivo y un consumo de ciertas drogas y artefactos, ciertas marcas. ¿Por qué creés que están prohibidas las drogas que son alucinóge-nas y nocivas, pero el cigarrillo, que sólo es nocivo, está permitido? Creelo, cuidate, no hagas caso a las cosas que oís, después de todo, las publicidades en la televisión son las que menos mienten…

Nu.RR

Ven Sultán

Todo empezó ahí, en esa complicada situación: estaba en el baño tratando de hacer mis necesidades fisiológicas, averiguando cómo funcionaba ese pequeño aparato de mi hermano, y con un gran hipo que me sacudía hasta las rodillas. Ese aparato se lo había traído de Japón un amigo de la familia al tonto de mi hermano, y según contaba, era de la última generación de reproductores de mp3; en ese momento estaba cargándose mediante un cable enchufado del lado de afuera del baño, por lo que la puerta estaba apenas entreabierta, y para colmo como era un día horrible, ventoso y relampagueante, me veía amenazado con que de un momento a otro se abriera la puerta que yo sostenía con el pie.
Y la desgracia sucedió: mientras hacía fuerza con mi estómago y tocaba con mis dedos inestables unos botoncitos, hipé con una fuerza sobrehumana que me elevó varios centímetros sobre el asiento del inodoro y me forzó a correr el pie de la puerta que inmediatamente se abrió con una ráfaga descomunal y de repente un rayo que me encegueció descompuso todo el sistema eléctrico de mi casa y me ocasionó a través del reproductor de mp3 una fuerte descarga; y el preciado aparato cayó dentro del inodoro.

Para cuando desperté estaba con los pantalones subidos y abrochados, un tanto despeinado por la estática y con unas cicatrices palpitantes en las palmas de mis manos. El reproductor de mp3 no estaba por ningún lado. Miré alrededor y vi un gran páramo seco de tierra naranja plagada de gigantescas osamentas oxidadas con un palacio de estilo hindú a unos kilómetros de mí, construido de algo blanco y sucio.
Asustado por no saber qué había sucedido después del incidente en el baño, me encaminé hacia ese edificio lo más rápido que pude, pero a mitad de camino me crucé con un bulto en el piso. Me le acerqué y enseguida me di cuenta de que ese bulto era un caracol gigantesco que descansaba a la sombra de un omóplato rojizo. Lentamente empecé la retirada, pero el molusco debió percibir mis pasos sobre el suelo porque estiró sus antenas fuera de la caparazón y comenzó a perseguirme más rápido de lo que suelen hacerlo los caracoles, incluso los gigantes. Ni siquiera pueden imaginarse cómo me sentí. ¿Dónde rayos estaba? ¿Qué era todo eso? ¿Qué habría en el palacio? Estas son unas pocas cosas de las miles que se me cruzaron por la cabeza mientras corría como loco hacia el palacio.
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Nu.RR

Vive

VIVE

En una casa vive gente que mira el cielo y desde el cielo se ve esta casa pequeña, grande, y el cielo es inmenso y grande y celeste que cuando el tiempo pasa y las sombras se alargan se tiñe naranja y una lágrima rosa te mancha la espalda y la falda de fantasía que invita a unas copas a que sueñen de día que pasa de largo y no vuelve y retorna en un ciclo de frío y calor, amor y sudor, casas y cielo, mi vida la cena está servida si tienes hambre puedes venir y beber mi carne, sabrosa de muchacha joven y tierna que sueña despierta con el hombre a caballo que va galopando y golpea su frente y dice, no miente, que es tiempo de verte y vestirte y amarte y sentirte de fuego, y que hay que salir de este juego de amantes que la casa es chica y es grande, mujer de granate, y que el cielo mira, celeste naranja y rosa, y ve todo chico y chica que crece y aprende el amor. Muere.

Y desde esta paleta verde y violeta se salta al abismo de esa ruleta rusa que mira, intrusa, y espera que su caballero, su dama y el mundo entero ruede como una pelota sobre los números y circule, porque la habitación es grande y es grande el frío entre los abismos y los amigos distantes y ella le pide un plato de sopa, que es rica, la sopa, y cree que si moja su dedo el caballero saldrá a vengarla y será como acero o hierro fundido en este tablero de cristal y gruñidos y se oye claro la sartén golpeando la hornalla del fuego y cocina la criada de piel negra y mojada, trabaja y transpira y grita cautiva, pues desgarra al amor, y la bala se escapa y crece y ataja y ve de colores la nueva esperanza y cree que logra y que siente mejoras, pero todo es violeta, olor de la siesta, y cuando llega la noche. Nace.


Nu.RR

Señal Hig-Love

Cada uno encendió su computadora y comenzamos a hacer la comparación que nos tocaba hoy: “comparar los crímenes cometidos por la Inquisición (1478-siglos XIX y XX) y UNICEF (1950-2033)”. Luego de la comparación del gobierno y campaña de Adolf Hitler con la de diversos presidentes Estadounidenses, esta parecía una tarea sencilla.
Detuve por un momento mi redacción y sin levantar mucho la frente miré al prefecto de Lengua y Redacción: él, sentado en su sillón cómodo, su computadora, sus sensores de señales y ondas prohibidas en el colegio, su rostro gris y su brazo derecho lleno de quemaduras profundas. Una vez más me pregunté cómo era que ese hombre, cuyo cuerpo hablaba por él, había llegado al puesto sórdido de prefecto. Lo detestaba en ese momento, mientras veía las líneas verdes que ondulaban en sus monitores, mientras miraba el espacio vacío que una vez había ocupado el retrato de aquella mujer. Pero en el fondo deseaba poder ser como él, ser como había sido y ser lo suficientemente capaz como para seguir sobreviviendo al mundo luego de lo que le había pasado, cosa que me pasaría a mí también si yo seguía actuando de la misma manera idiota que lo solía hacer. Lo observé nuevamente sin alzar las cejas de más, y luego giré mi cara hacia la izquierda.
Fuu se sentaba a mi derecha, un metro y medio a mi derecha. En sus ojos negros y densos se reflejaba el monitor de su monitor, y si prestaba un poco de atención podría haber leído en ellos lo que escribía y lo que pensaba. Hice el esfuerzo, pero obviamente no pude penetrar en su mente ni leer su monitor; su hubiera sido como el prefecto de la clase de Lengua y Redacción ya hubiera escarbado sus temores y gustos y la habría conquistado con simples palabras, pero ni de lejos yo era como había sido mi prefecto, yo no era bueno con palabras ni con chicas, sólo con computadoras.
Volví a concentrarme en la información que tenía ante mis ojos. La pantalla me mostraba datos de cuántas muertes se estimaban que había causado la Inquisición, los cargos con los que se acusaba y la común manera de ejecutar casos sin juicios o con juicios corrompidos. Aún así, muchísimos de los acusados contaban con un cargo en su contra aunque la pena no era merecida. Por el otro lado estaba UNICEF, que con sus planes y maniobras había logrado instaurar la legalidad del aborto en todos los países, provocando más del doble de muertes en sólo una década, sin causa, juicio ni veredicto. Y ambas instituciones también tenían sus lados positivos, pero como el trabajo hablaba de los crímenes, omití la gran mayoría de datos aduladores.
Mi pantalla se había torcido y tuve que enderezarla (era una membrana plástica del grosor de una cartulina) y a mi teclado le fallaba bastante la barra espaciadora. Muchos en mi lugar habrían pedido un teclado de nuevo y habrían tirado el suyo a la basura, pero yo desencastré las dos capas de goma flexible y miré la suciedad interior. No tenía nada para limpiarlo, así que volteé hacia Fuu y le pregunté en voz baja si tenía algún pañuelito o algo. Ella asintió sin hacer ruido y sacó de su cartera un semitransparente pañuelo rosado con florcitas. Le aclaré con la mirada que era para limpiar mi teclado y a ella no le importó, y me mostró que tenía otros tres pañuelitos por el estilo. Estiramos nuestros brazos por un segundo y el metro y medio que nos distanciaba quedó burlado. Ella inmediatamente volvió a su trabajo, pero yo primero olí su aroma, era fresco. Inmediatamente limpié el recoveco de la barra espaciadora y volví a encastrar el teclado. Estaba por llamarle la atención nuevamente para devolvérselo cuando frené de golpe: tenía un pañuelito de Fuu, en mi poder, ¿qué habría hecho el prefecto de Lengua y Redacción en mi lugar? Lo pensé por cinco segundos. No volvería actuar de la forma idiota que solía hacerlo, no quería terminar como aquel hombre.
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Nu.RR

Pensamientos de un duende de dormitorio

Hasta los monstruos de su placard le tenían miedo, era feroz. Se llamaba Alma, su mamá le decía Almita, pero entre ellos, los seres de su dormitorio, le decían Mandril. Habían visto uno una vez en uno de esos programas de Animal Planet que ponía su mamá en la tele. Pero después iba Mandril y en cuanto podía cambiaba de canal, porque ella odiaba, detestaba a los animales y todo lo que se le pareciera. Pero según ellos Almita era bien parecida a un mandril, siempre gruñendo, fiera, siempre moviéndose de aquí para allá y colgándose de las cosas, y siempre que su mamá la agarraba le dejaba la cola bien colorada. Alma ese día rompió la tele porque estaba cansada de que su mamá pusiera el Animal Planet, y harta de ver mandriles la tiró al piso con fuerza y le saltó encima hasta que llegó su mamá y comenzó a darle nalgadas. Esa misma noche la rebautizaron como Mandril, y algo felices por su picardía se dispersaron entre sus propiedades. El peludote grande vivía en su placard junto con las dos serpientes violetas, el enano gris solía vigilar a la niña desde el estante en el que solía vivir el pez antes de que ella lo tirara por la ventana, los pequeños duendecitos vivían en su empolvorada y recóndita biblioteca de cuentos infantiles, el gran chupasangre iba y venía del dormitorio a su antojo, el pulpo camaleónico acaparaba para él todo el espacio debajo de la cama, algunas hadas se ocultaban en el viejo guardarollo y el resto de seres mágicos buscaba cada mañana y cada noche un nuevo espacio vacío, una nueva sombra de muñeco tirado en el piso para dormir. Ellos se encargaban de Mandril, de cuidarla, de castigarla cuando se portaba mal, de hostigarla con mil pequeñas cosas y de divertirse a sus expensas, pero Mandril era tan malvada que, una vez que los descubrió, les hizo la vida imposible. Como bien sabían ellos, en el cumpleaños número dos de la niña debían darle un susto grande, aparecérsele en persona y asustarla. Hasta el momento debían conformarse con molestarla sin que ella supiera de ellos, pero esa noche, cuando ya hubiera abierto su ultimo regalo, saldría el peludote grande, las serpientes, el pulpo y el gran chupasangre a darle el susto más importante de su vida. Pero ese día la agarraron de mal humor, y al primer ¡bu! ella los agarró del pescuezo y los revoleó a todos adentro del placard y es dio un portazo, tanta era su furia y su temperamento. Desde entonces todos le tienen miedo.


Nu.RR

Querido Charles

Charles Dickens nació con la desafortunada suerte de llamarse igual a un famoso escritor, o más bien la de tener un padre de apellido Dickens y una madre fanática de los cuentos navideños. Pero su bautismo no fue si no el comienzo de una de las tantas cosas raras en la vida de Charles Dickens.
Tal vez el hecho de tener por nombre a un escritor inglés y haber nacido en Córdoba Capital hizo que en la escuela fuera de esos chicos que se destacan por su mudez y su apatía. Pero eso cambió abruptamente luego de la muerte de su tercer psicólogo y llegó a ser uno de las personalidades más destacadas en la universidad de Lenguas, donde cambiaron su apodo a Charly (aunque en las cartas navideñas siempre era Charles Dickens a secas).
Sin embargo había aún muchas cosas raras en él, como su adicción por la cábala. Junto con mamá, papá y caca, cábala fue unas de las pocas palabras que sabía pronunciar correctamente antes de cumplir un año. Y desde ese entonces Charles Dickens fue una de las personas más cabaleras jamás existidas: quemaba sus calzoncillos todos los jueves de luna nueva y compraba unos nuevos, no quitaba las frazadas durante todo el verano, usaba el pijama del revés y robaba todas sus lapiceras para dar exámenes escritos. Para los orales siempre usó corbata amarilla. En los mundiales cambiaba siempre de canal cada vez que aparecía una publicidad relativa al evento del momento, nunca compró dos veces el mismo tipo de dentífrico ni de crema de enjuague y siempre tuvo un par de medias rojas en el cajón, aunque nunca las usó.
También tenía fobias que rayaban en lo cínico: fobia a los albinos de ojos rojos (se parecían a androides apocalípticos venidos del futuro), fobia a las jaboneras (no sabía bien cómo, pero podían llegar a amputarle los dedos), fobia a las colchonetas inflables (estaba convencido de que eran trampas mortales), fobia a los videoclubes (había demasiada estimulación neuronal en esos antros y creía que le podían dar ataques sicóticos) y a los botones (temía morir asfixiado por uno de ellos). Además era claustrofóbico, adicto a los hisopos verdecitos y era alérgico al Christian Dior (por culpa del cual pasó una semana internado con unas brutas erupciones que le salieron en los brazos y el cuello).
Era daltónico. Veía todo en tonos ocres y grises.
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Nu.RR

Muertos en el Caribe

El día era calmo por el momento y los tripulantes del Tempestad miraban las cristalinas aguas del mar Caribe. El Tempestad era capitaneado por un valiente filibustero nacido en Holanda, Rembrandt Steen, o como lo conocían: el Pirata Muerte. Los piratas de abordo estaban felices, pues habían capturado varias naves cargadas de mercaderías, y se daban el lujo de hacer fondo con algunas caras botellas de Jerez. De repente, entre los borrachos, apareció Jacob Cromwell, contramaestre del Tempestad.
-Ustedes que están bebiendo, ¿no saben acaso del peligro de estas aguas? -dijo, invitando a la conversación. Algunos, muy borrachos o para nada supersticiosos, se limitaron a reír, mientras que otros, interesados por el comentario, dejaron de lado sus botellas y se quedaron mirando fijo a Jacob Cromwell.
-¡Explícanos qué es lo que quieres decir o te cuelgo del palo mayor! -gritó un pirata colmado de bebida.
-Bueno, bueno. Les contaré -hizo una breve pausa, como quien se prepara para relatar un lamentable suceso-. Todo empezó con un español, de quien desconozco el nombre, pero sé que era algo Gonzaga. Él había venido a unas islas cercanas con dos navíos, El Corcel y Bravío. Él vino a estas costas en busca de oro y de aventuras -dijo, y poniéndose serio, agregó en tono sombrío-. Antes que nada debo decir que este hombre, Gonzaga, era una persona despiadada y cruel, sin escrúpulos y sanguinario. Llegó a una isla y comenzó con sus fechorías; robaba, quemaba, raptaba, mataba, escarmentaba, en fin, se ganaba un lugar en el averno. Resulta que llegó un día a una isla habitada por primitivos muy creyentes de sus dioses, y en cuanto vieron las barbaridades cometidas, pidieron a un anciano hechicero, al que tenían por enviado de su dios, que maldijera a sus enemigos.
-¿Y qué pasó? -preguntaron, pues veían acercarse un momento clave. Ahora todos escuchaban con atención a Cromwell, que estaba complacido de su audiencia.
-El anciano expulsó de una vasija a un monstruo marino, que es una sombra que se pasea a una velocidad increíble bajo el agua. Esta sombra persiguió a El Corcel y al Bravío y los hundió. Desde entonces patrulla estas aguas, hundiendo a todos los barcos, y salvando a los que hayan hecho previamente el ritual de salvación, aunque eso no los libera de vivir los horrores que la tempestad que atrae.
-¿Cuál es ese ritual? -preguntaron.
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Nu.RR

Nostalgia

Las flores muchas veces se mudan de pétalos sin que veamos cómo hacen
y la luna las tapa
con su luz develando el misterio de si las hadas existen
y si la economía sirve, y de por qué los niños lloran cuándo y de qué,
pero no nos cuenta de ningún fantasma si las fiestas son bonitas o alegres, si funcionan,
si despejan la mente, si algún día habrá una fiesta verdadera
en la que nadie se sienta mal, en la que todos disfruten del fuego
de sus corazones así como las brasas gozan con los lambetazos del viento que aviva y mata,
y es entonces que me pregunto
por qué la vida nos hace así, sufrimos y disfrutamos,
a veces con o sin motivos, ¿somos felices?
y tal vez eso dependa solamente de los espejos
de vida que flotan alrededor de cada una de nuestras almas desconsoladas de haber nacido,
de saber que viven,
de saber que piensan esto y sabiendo que mientras recuerden que razonan
no podrán vivir felices, sí podrán vivir como se debe,
sabiendo esto, aceptándolo y sobretodo,
viviendo.


Nu.RR

Malcom

Cinco segundos antes Edgard había estado de rodillas, riéndose del tipo del arma y esforzándose por ignorar el ardor de su vientre. Le dolían muchísimo también las muñecas atadas, tanto y con tanto calor por la fricción que hubiera deseado no tener manos, y los anteojos rotos se le habían ido ladeando de a poco y ya no podía enfocar ni la mitad de las cosas a su alrededor; bah, como si hubiera querido verlas. En ese momento pensó que no era momento apropiado para morir, que era joven y que tenía una creciente carrera como dueño de una empresa de efectos especiales por computadora que no se podía desperdiciar. No quería morir, ni allí ni después. ¡Quería vivir! Y fue entonces cuando su mente divagó: tendría que decirle a Malcom y a Cristina que el lunes preparen esos afiches para llevar a la Dunan Pictures a la conferencia… La Dunan Pictures era importantísima, el lunes era un día especial, la oportunidad de conseguir muchísimo dinero que podría servirle de mucho a sus amigos… El lunes, el lunes…
Dos días y tres horas antes había comido sushi con tres de sus empleados en su departamento del undécimo piso: su secretaria Elizabeth y la pareja de activos diseñadores Malcom y su esposa Cristina. Edgard había visto con algo de envidia a Malcom en esa oportunidad: Malcom no sólo comía con esos palitos con plena soltura (Edgard siempre había sido tosco hasta con la cuchara), si no que le causó casi ira el hecho de que su relación amorosa con Cristina fuera tan encantadora; eran tan felices, sus tres pequeños hijos se veían tan contentos y brillosos y bien educados, y aunque sus sueldos no podían comprar tantas cosas y tanto confort, era todo en ellos tan espléndido que su departamento en el undécimo piso, sus dos empleadas domésticas, su panel de televisores, su auto deportivo y su tapiz persa le parecieron vacíos, sus relaciones migratorias con tantas bellas mujeres apasionadas e interesadas le parecieron una basura. Si por una vez hubiera podido estar con una mujer tan encantadora como Cristina y hubiera podido saber qué se siente ser afortunado, Edgard pensó que todo sería diferente, que podría ver de manera distinta lo que quedaba de su vida. Levantó la copa de champagne (decididamente el champagne y el sushi no era una combinación que le agradara) y brindó por todos ellos, y en su interior brindó por una oportunidad, aunque fuera una.
Ocho días y siete horas antes Malcom, apenas se había enterado de lo que Edgard había hecho, se contactó a través de un amigo con un grupo de “gente de negocios”. Les indicó cómo tenían que hacer, cómo actuar y allí mismo cerraron el porcentaje que se quedaría cada uno; Malcom obtendría todo lo que precisaba.
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Nu.RR

La mancha de los Bran

Los tres hermanos Bran vivían en una casa aislada del bosque, una casa grande y con bastantes lujos. Los habitantes del pueblo apenas cada tanto veían a la hermana del medio, Celeste Bran, una chica un tanto rara, solitaria y de estado frágil. Los otros dos hermanos casi nunca veían el sol exterior, sólo para buscar leña o ahuyentar a los perros. Auro Bran, el mayor, era una persona sumamente callada, solía vestir una bata morada, fumaba siempre su pipa, llevaba un libro en sus manos o su bolsillo y no se desprendía por muchos días de su gato. Ricto Bran, el menor, tal vez hablaría más si hubiera gente con quien hablar, pero tenía un cerebro un tanto retorcidito, le gustaba vestirse con mucha elegancia innecesariamente y ocultaba una pistola en su mesa de luz.
Un día Celeste Bran fue a hacer las compras al mercado del pueblo y trató de esquivar lo mejor posible las miradas de las señoras que creaban un infierno de su hogar. A la hora de la cena ella preparó la comida un tanto temprano, y como no tenía ganas de gritar para que sus hermanos vinieran a comer, tocó la antigua campana que había en la mesada. El gato, que estaba en el regazo de su amo mientras éste leía y fumaba, dio un terrible brinco al oír ese ruido y salió corriendo por el pasillo más cercano. Auro Bran masculló unos insultos hacia su hermana olvidadiza y se incorporó toscamente para ir a comer. El gato que huía a los saltos chocó bruscamente contra Ricto Bran, que, algo asustado, algo irritado, apoyó el caño de su pistolón contra la panza del gato mientras lo sostenía del pescuezo y activó el gatillo. Un sonido que llegó disminuido a la cocina, un cadáver peludo, una pistola con una bala menos y una mancha bordó en la pared. Ricto Bran nervioso escondió la pistola en su pieza nuevamente y se fue a comer. Cuado terminaron con la cena, Auro Bran fue a leer nuevamente frente al hogar, extrañado de que su gato no volvía, Celeste Bran se quedó limpiando la vajilla y Ricto Bran se llevó disimuladamente un frasco con limpiador y trabajó media hora sobre la mancha para limpiarla, usando el pelaje del animal como trapo. Finalmente sonrió, aliviado.

En la mañana Celeste Bran trató de quitar una mancha que había aparecido en un corredor, pero no se iba. Era sangre seca y dura: así como se había manchado la pared, así había quedado. Sus hermanos holgazanes no movían un dedo por nadie. Pensó que un día de estos se hartaría y se libraría de ellos con el arma que su hermano escondía en su mesa de luz. Más tarde, mientras desayunaban, Celeste Bran le reprochó a su hermano mayor que sólo se dedicaba a su maldito gato. Él siguió acariciando a su mascota y se rascó la barbilla, donde se había hecho un gran tajo al afeitarse; su hermana le reprochó de la mancha de sangre que había dejado en el corredor, y él le aseguró que no la había provocado, pero luego la ayudó a lavar la vajilla. Celeste Bran tuvo otra pelea con Ricto Bran, que aseguraba lo mismo. Pero Ricto Bran no la ayudó para nada ni intentó aliviar su ira. Esa noche fue hasta su dormitorio, agarró con delicadeza ese revolver y asesinó a su hermano en el corredor, dejando sólo una mancha de sangre en la pared.
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Nu.RR

La Ciudad de las ratas

Era un pueblo cercano a la capital, grande y lleno de trabajadores y honestos hombres y mujeres que no perdían la calma ni el alma de trabajar todos los días desde la salida del sol. Si bien no entraba en la categoría de «ciudad» todos le decían Ciudad. Todas sus callecitas de tierra apisonada que no se deformaban con el paso de carretas, las imponentes casas de rocas, las casitas de tablones crocantes y lisos de tanta pulcritud y esos farolcitos en todas las esquinas que mantenían la seguridad a la noche le habían dado fama de la Ciudad más sana y trabajadora de todo el país y, además, se enorgullecía de su policía que había logrado extirpar hasta el último bandido y la última mujerzuela. Para esas cosas está la capital, decían sus habitantes inflando los pechos, sabiendo que al menos una vez en sus vidas habían corrido hacia ella en busca de un poco de liberación.
Esa policía educada, siempre de pie o a caballo, recorriendo, vigilando y mirando recovecos, ayudando a las señoras y a las embarazadas, dirigiendo severas miradas a los piroperos y manteniendo a los perros fuera de las calles, eran lo mejor que le había pasado a la Ciudad. Desde que el nuevo Jefe de la policía había llegado, uno a uno los ladrones y malhechores se habían escabullido o habían terminado sus robos a manos de la horca. Por eso los terrenos allí eran tan caros y todos eran tan prósperos: ¿quién no iba a mejorar su situación, si el ambiente lo impulsaba a ello?
Pues un día llegó, sucio, con una capa de viaje marrón y un sombrero de ala ancha, un bolso vacío y unas botas desgastadas, el último ladrón de la Ciudad. Huía de lejos, después de un pequeño asalto a una panadería de buenos hombres, y habiéndose comido ya todo lo que tenía, decidió que estaba listo para cosas mayores. Esa Ciudad, oyó decir, abundaba en joyas y oro, allí los pocos que tenían que mendigar por inválidos recibían plata y oro todos los días y pagaban sus propias casas y tenían peones a su cargo. Limpiándose el barro ante el arco de la entrada, se dijo que allí, gracias a su gran capacidad, se haría millonario.
Ese mismo día entró a un restorancito y pidió un gran plato, un manjar, lo mejor que tenga hoy para ofrecerme. Comió, a pesar de su mal aspecto, con muchos modales y elegancia, a pesar de su hambre, con lentitud y gozo. Cuando ya no quedaba ni con qué manchar un pan, echó una suave mirada el dueño del antro para que se le acercara. Le dijo, sin disimular nada, con voz serena, calmada y aterradoramente educada, que no tenía en los bolsillos ni un botón de sobra, y que aceptaría, muy gustoso, limpiarle todo el lugar a cambio de la comida. El honesto hombre se apiadó de él, preguntándose qué le habría pasado para que llegara a ese estado, y dijo que aceptaba sus servicios.
Así comenzó. A la semana trabajaba para el hombre, que le había conseguido una casucha en el fondo de su casa. El muchacho es una máquina de la limpieza, es la persona más pulcra y silenciosa que conozco. Es capaz de limpiarte las botas por dentro sin que te enteres que está allí. Él escuchaba en silencio y con una sonrisita interior los halagos de su patrón y de la demás gente a la que hacía favores y galanterías. Todas las tardes salía a caminar, mirar, observar como ajeno todas las terrazas, balcones, techos, canaletas y callejones. Pronto comenzaría con la canallada, se dijo.
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Nu.RR

Inspiración no te vayas

-No se te ocurre qué hacer ¿no?
-Y, no.
-¿Y qué hacías escribiendo?
-Te esperaba.
-Acá estoy… ¿y ahora?
-No sé, suponía que cuando llegaras me iba a poner a escribir algo enserio… algo lindo… No sé, la verdad siempre fuiste vos la que me dio las ideas.
-¿Y qué vas a hacer si un día decido no venir más, eh?
-Espero que eso no pase nunca, pero supongo que dejaré de escribir… A veces sos bien frívola vos.
-Siempre lo soy.
-¿Y cómo es que cada tanto largás cosas así, llenas de pasión?
-La pasión es un producto del cerebro, incluso yo lo soy.
-Pero trascienden…
-…Demostrámelo.

-La verdad no puedo, pero en esas cosas se cree.
-Las creencias son producto del cerebro, incluso yo lo soy.
-Te estás repitiendo.
-Lo sé.
-¿Y por qué lo hacés?
-No sé, soy un producto de tu cerebro, vos deberías saber.
-¿Decís que me tengo que psicoanalizar?
-¿Eso no lo hiciste ya una vez?
-Sí.
-¿Y te sirvió?
-Sí.
-¿Y por qué dejaste?
-Porque ya estaba bien.
-¿Estas seguro?
-No, pero me gusta creerlo.
-Las creencias son un producto de tu cerebro…
-Incluso vos lo sos.
-Sí.

-¿No me vas a dar nada?
-¿Para qué?
-Para que lo escriba.
-Ya tenés muchas cosas escritas, ¿querés más?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque me gusta escribir, me gustan tus ideas, a veces.
-Entonces poné algo viejo, algo que no te haya gustado tanto.
-Bueno, esperá que busco…
“12
Once upon a time
A little bear that used to like candies
And he told his mama
‘Mama, give me candies’
And she answered surprised
‘First, get married’
So the little bear
Went from high to deep
To far from near
From South to North
From mountains to the sea
And in the beach he found
A little cute girl bear
And both fell in love
And got married and ate candies
For all their lives”
-¿Eso lo dije yo?
-Supongo.
-“A little cute girl bear”, esa me gustó, pero es algo carente de sentido, incluso puede que esté mal escrito.
-Yo no sé muy bien inglés, nunca me esforcé mucho en aprenderlo.
-Sabés que es mentira.
-Sí, algo.
-Pero bueno, ese poema (si se puede calificar así), ¿qué es? Es infantil, es absurdo ¿querías hacer eso? “A little bear that used to like candies”, es malísimo.
-Casi surrealista, ¿no te gusta?
-¡No!
-Qué mal, a mí tampoco, por eso no lo iba a incluir en el libro…
-¿Y por qué ahora lo incluís?
-Vos me dijiste…
-Cierto… Bueno, yo me voy ya.
-¿No me vas a dejar nada?
-Ya lo hice, mirá para arriba, ¿no ves?
-Ah, sí, gracias, pero es de mala calidad.
-No tanto, psicoanalizalo, seguro que le encontrás algo. No sólo el poema, nuestro diálogo, todo.
-Bueno.
-Fijate, psicoanlizalo enserio, y no corrijas nada eh, que si no, no vale, es todo así como te salió de adentro. Segurísimo descubrís algo sobre vos que no sabías… A eso se dedican los psicoanalistas, o la mayoría de ellos…
-Está bien, chau.
-Nos vemos.
-Eso espero…
Bueno, psicoanalistas (¡qué complicado teclear esa palabra!), acá tienen algo para psicoanalizar (esa también) a un escritor sin inspiración aparente. Gracias.


Nu.RR

La armadura extraordinaria

Era uno de esos días calurosos y brillantes en los que la tierra quemaba alrededor. En mi mano la caja de utensilios ya comenzaba a arder y a resbalárseme por la transpiración, así que tomé un pañuelo y con él envolví la manija de la caja y así solucioné ese problema. Tapándose del sol con mi sombra caminaba Jania, la hija de doce años de uno que había sido muy buen amigo mío y que había muerto dos años atrás junto a su esposa en una excavación arqueológica. David y Gánena, ambos arqueólogos, me habían dejado a su hijita luego de su muerte, y desde ese momento era como mi hija adoptiva. Yo había trabajado para sus padres como traductor, pues, aparte de español, inglés, francés e italiano, manejaba cinco idiomas antiguos con todos sus dialectos y variaciones, destacándome en el arameo de la época de Cristo. Ya nos conocíamos muy bien con Jania antes del deceso de sus padres, y aunque el primer año luego de su muerte fue muy traumático y difícil para ambos, ahora los dos podíamos disfrutar de casi todo juntos.
Caminaba con Jania atrás mío, yendo por un desgastado páramo atravesando unas sierras calcinantes camino al sur del valle de Terebinto. Habíamos estado acampando un par de días del otro lado y ahora nos volvíamos, sin haber descubierto nada interesante, ni una punta de flecha. Habíamos ido a explorar así, a cualquier lado, porque a Jania le apasionaba la idea y yo no quería contradecirla; además tenía algunos días libres y me pareció muy buena ocasión para pasar un tiempo juntos, despejarnos, desde ya que no esperaba hacer ningún hallazgo, pero aún así, aunque sabía que Jania se desilusionaría al volver, me pareció una muy buena idea.
Ya volvíamos, ya estábamos a unos dos kilómetros y medio del arroyo y el aire se sentía más rico. Noté que Jania hacía sus últimos esfuerzos para mantenerse de pie mientras arrastraba el carrito con la carpa y las cosas de campamento que obstinadamente ella había insistido en acarrear. Ya cuando pudo oír el agua e imaginar su frescura en los labios, se dejó caer e inmediatamente, soltando mi caja de utensilios me di vuelta y la atajé, la recosté sobre el carrito, acomodé mi caja a su lado y me apresuré en la bajada, arrastrando a toda velocidad a la niña hacia el curso de agua. No podía ser nada grave, hacía dos horas que se nos habían secado las cantimploras, pero eso no era suficiente como para que se desmayara así, no. Seguramente eran las emociones y la decepción y el gran esfuerzo físico, nada de qué preocuparse, pero aún así tuve algo de miedo mientras corría.
Cuando estábamos a unos diez metros me pareció que recuperaba la conciencia, pero en realidad sólo balbuceaba cosas que a mi oído entrenado le parecieron palabritas en arameo. Alcancé la orilla de inmediato y la recosté a lo largo junto al agua. Tomé el pañuelo que estaba en la manija de mi caja, lo embebí en agua y le refresqué la frente, que recién ahí me di cuenta que hervía. Seguía balbuceando cosas, realmente muy parecidas a algunas escrituras que yo había estado traduciendo hacía pocos días, seguramente me había oído y de alguna manera ahora las repetía. Fue subiendo el tono de voz y me preocupé realmente, pues el agua del pañuelo no hacía nada. Entonces la agarré así como estaba y me arrodillé en el lecho del arroyo, hundiendo todo su cuerpo menos la cabeza.
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Nu.RR

Historias de miedito – 3

Luego de que Margarita contara la historia de su prima desconocida del Chaco (que como no tenía nada de “sobrenatural” y era tan parecida a la de Esteban y la tía turca terminó aburriéndolos a todos) Margarita se puso de mal humor y ya no auspició ningún relato de fantasmas más.
La tormenta se había recrudecido. Los silbidos agudos del viento componían una orquesta estrafalaria junto con el bramido ensordecedor del océano y las rocas, y la última lámpara de aceite, ahora con un débil pañuelo a forma de reparo, se bamboleaba hacia todos lados sin ganas de extinguirse.
-Bueno, ya que nadie dice nada –murmuró el Loquito-, cuento la que le pasó a mi hermana…
-¿Tenés una hermana, Loquito? –preguntó Alma, que desde hacía mucho había estado totalmente muda.
-En realidad tenía. Murió cuando yo tenía once años –Su voz no varió para nada. Decir de la muerte de su hermana fue como para cualquiera decir que había muerto una planta de lechugas-. ¿Vieron que yo dije que antes iba a ver a una médium? Bueno, era por mi hermana. Nunca la vi ni pude contactarme enserio, pero esas sesiones eran muy raras…
-Ay dale, contanos de esas sesiones –apremió Margarita, nuevamente entusiasmada-, yo siempre tuve ganas de ir a una pero nunca me animé ni tuve motivos…

-Igual no voy a contarles de eso, si les dije que no pasó nada más que trances raros y mucho barullo. No, lo raro es lo que le pasaba a mi hermana antes de morir –explicó el Loquito con toda su naturalidad-, antes, cuando me llamaban Fernando y nada más, lo de Loquito y todo eso vino después…
»Mi hermana era cinco años mayor que yo y tenía un treinta y nueve por ciento de discapacidad mental, aunque no era así daun, no se le notaba en la cara ni nada, simplemente era medio tonta, nada más, y tenía también un grado mediano de autismo. Mis papás no podían pagar en esa época una escuela para chicos especiales entonces quedó a cargo de mi vieja, que vivió enteramente dedicada a mi hermana. La cosa es que mi vieja, creo que algunos lo saben, tenía una hermana gemela, eran igualitas, y mi vieja la quería un tocaso. Yo apenas la llegué a conocer, ni me la acuerdo, pero decían que era re buena con nosotros, y mi hermana nunca la distinguía de mi mamá, para ella eran la misma persona. Lo malo es que la tía tenía un cáncer en el cerebro y sabían que tarde o temprano se iba a morir de eso, digamos, le dieron unos tres años de vida y listo, a Dios gracias. Cuando murió mi tía, mi vieja se puso muy muy mal, te re dabas cuenta, incluso yo que tenía cinco o seis años creo, y mi hermana, que vivía de mi vieja, lo sintió más que cualquiera de nosotros.
»Fue entonces cuando mi hermana empezó a comportarse muy raro. Mi vieja empezó a ir dos veces por semana al psicólogo, y dejaba a mi hermana al cuidado de papá y mío. Ella se quedaba en su cuarto, que es donde siempre mi vieja se ponía a leerle cuentos, y se encerraba ahí y nosotros afuera, tranquilos, no pasaba nada. Pero un día descubro que mi hermana hablaba todo el tiempo, y yo entraba a su cuarto y la veía sola, sentada frente a la silla hamaca donde le leían, calladita, y en cuanto me asomaba me miraba enojada y me hacía con la boca que me callara; y yo me iba, digamos, era medio tonta, cosas que pasan.
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Nu.RR

Historias de miedito – 2

-¿Ahora quién supera esa historia? –comentó Margarita. “Ese cuento” pensó para sus adentros Gustavo. -¿Alguien tiene otra para contar?
-Pero que sea de bien nivel –agregó el Loquito-, como la de Agus.
Durante un momento todos salvo Agustín y Alma se escrutaron los rostros unos a otros. La tormenta afuera parecía relajarse y así también el humor de los siete chicos. Más allá del temor supersticioso que acababan de sentir todos ellos querían más historias; tan sólo Karina deseaba abandonar el recinto a toda costa, y lo hubiera hecho de no ser por la tempestad que en ese momento nublaba sus vacaciones.
-Yo… -dijo Esteban al cabo de unos suspiros -. Yo sé una, que le pasó a mí mamá.
-Entonces contá.
-Es que no me la acuerdo bien del todo… -Frunció su frente-. Sé que fue antes de que yo naciera… A ver, se los cuento así como me acuerdo, la verdad hay cosas de las que no estoy muy seguro… Buen.
»Resulta que la tía de mi mamá era turca, y en realidad no era “la tía”, porque era la media hermana de mi abuela, y ni mi mamá ni mi abuela tenían una gota de sangre turca. Los papás de mi abuela murieron en un accidente allá por Europa y entonces la familia de mi abuela vino para la Argentina y la hermana turca se volvió para Turquía (que no sé si existía en esa época, no sé). Mi mamá nació tiempo después ya en la Argentina (era la menor de siete hermanos) y a ella nunca se le habló de la tía turca, era como que no existía, sus tres hermanos mayores sabían de ella pero no la nombraban.
-Como a una prima que tengo yo –se metió Margarita-. Es una hija perdida del Chaco de mi tío que apareció a los nueve años de la nada… Seguí.
»Bueno. Mi mamá tenía ya como once años cuando de repente se le apareció una vieja con acento raro un día a la vuelta de la casa de una amiga de ella –Esteban tomó un suspiro para aclararse las ideas-. Creo que se vieron varias veces como durante un mes antes de que la familia se enterara, y entonces mis abuelos le dijeron a mi mamá que no le hablara más, pero un día la vieja se le apareció con cosas de oro y cadenitas y joyas y cosas así por el estilo, que había traído de Turquía, y se la compró a mí mamá con eso (como a toda mina). Pero resulta que mi abuelo se enteró que se seguían viendo y un día la sigue y descubre que esa vieja era su semi cuñada, la tía turca.
-Ay boludo, pará… –saltó Margarita algo shoqueada, pero los demás la callaron-. Ay, buen…
-Después de eso se armaron los re bardos en la familia y la amenazaron a la tía y nunca más la volvieron a ver, ni mi vieja ni nadie. Parece que había ido a Argentina a buscar algo de ayuda porque allá en Turquía se había metido en problemas, y había unos musulmanes que la habían obligado a exiliarse por tener prácticas de brujería y esas cosas que nadie supo bien qué eran y que supuestamente estaban prohibidas. Bueno, mi mamá no supo nunca más nada de la tía turca hasta el día que murió mi abuelo…
-¡Noo… Pero te juro que es igual a…!
-¡Callate Margarita!
-Pero chicos, es que a mí me pasó algo re parecido con lo de mi prima…
-¡Después!
-Bueno, el día que murió mi abuelo, la tía turca apareció mientras lo velaban. Nadie le había dicho nada y nunca supieron cómo había descubierto lo del funeral, y tampoco se enteraron de cómo los había encontrado en Argentina ni nada. Pero fue y le dejó sobre el cajón unas rosas secas que tenían tallado cada una un Filipo, el nombre de mi abuelo, su cuñado, como si desde hiciera mucho tiempo que esperara eso, y también le dejó unas velas negras y unas astillas de madera grabadas con símbolos raros que mi abuela después quemó. Y se puso ante la mirada atónita de todos a escribir arabescos mágicos a dos manos con cachos de carbón sobre el ataúd, y a murmurar cosas en turco o no sé qué, y entonces la echaron a patadas de ahí y parece que esa misma tarde la mataron unos hermanos de mi mamá, en un descampado –La tormenta recuperaba su furia.
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Nu.RR

Historias de miedito – 1


Afuera llovía sobre las casas, la arena y las olas que rugían con ganas. El aire era denso dentro y fuera de la choza en la que estaban los muchachos. La falta de electricidad, los tres farolcitos de aceite con su luz característica, las paredes de bambú y los sonidos extraños de alrededor habían estado amasando el ambiente desde hacía un rato y ya estaban preparados para lo que todos sabían que sucedería.

-A ver, ¿quién cree en fantasmas? –preguntó Margarita, una de las tres chicas del grupo y tal vez la más “valiente” de todas, escrutando la parte visible de las caras de sus compañeros.

Las otras dos chicas asintieron ambas sin decirse nada, y de los cuatro varones que estaban con ellas, sólo dos dijeron que sí, uno no hizo ningún ademán y el otro, Gustavo, ser rió abiertamente.

-No, yo no creo en fantasmas… ¿me van a decir que ustedes sí?

-Yo sí –afirmó Esteban, el rubiecito-. A mi vieja se le apareció su tía muerta hace un montón, y mi vieja no está loca así que le creo.

-¿Vos, Loquito? –le preguntó Gustavo a Fernando.

-Yo a los trece fui varias veces a ver a una médium y la verdad… qué querés que te diga, no vi nada, pero que había algo bien bien raro, había. Además yo no sé si eran fantasmas o no, pero cada tanto en mi casa se escuchaban maullidos terribles, como mil gatos a los que estaban asesinando te digo eh, y en cuanto me asomaba a la ventana, a la puerta o prendía la luz de afuera, se callaban. Y eso

-Baah, puras supersticiones –comentó Gustavo cerrando los ojos y echándose para atrás. En ese momento pudieron escuchar que caía el primer rayo de la noche-. ¿Y vos, Agus, crees en fantasmas?

Agustín, que era el que no había dicho ni sí ni no, se tomó su tiempo para responder.

-Mirá, yo por experiencia propia –comenzó, mirando el piso-, no sé si existen o no. Pero hay algo que sé que existe y que es la brujería… y si existe eso, muy probablemente, por añadidura, existan los fantasmas…

-¿Así que decís que la brujería existe? –preguntó Gustavo con tono burlón-. ¿Y cómo es eso?

-Es…

-A Agus no le gusta hablar del tema –saltó Alma, que había estado callada un rato largo. Alma era la más menudita, tímida y pálida del grupo, y era la mejor amiga de Agustín-. No hace falta…

-¡Aaaaah! –exclamaron los tres varones restantes, riéndose-. ¡”A Agus no le gusta hablar del teeeema”! ¿Pero qué sos? Jajajaja.

-¡Eu! –dijo Alma poniéndose seria y mirándolos con sus miradas matadoras que surtían efecto sólo con otras mujeres y no en los varones-. Es serio, posta, si quieren joder… a otro lado.

-Buen denle, basta –dijo Karina, que se hartaba muy fácil con las burlas estúpidas de sus amigos, y esta vez se callaron-. Agus, ¿no vas a contar? Porque si no querés no contás y punto eh.

Todos se callaron y lo miraron por un momento. El mar estaba realmente fuerte.

-Buen, sí, cuento –dijo sin dejar de mirar el piso-. La única persona que lo sabe es Alma… pero ya pasaron dos años y podría sacarme el miedo… Sí, les cuento.

»Buen, para empezar, pasó en mis vacaciones de verano de hace dos años, antes de conocerlos a ustedes (salvo a Alma, obvio). Yo me había ido de mochilero a Brasil, sólo a las playas poco conocidas, así de pueblito en pueblito. Y buen, así como hay playas que se destacan por tener turistas europeos, otras se destacan por estar llenas de surfistas, otras por la pesca y el buceo, otra por tener gente de mucha mucha plata, etcétera. Bueno, en una playita que ya ni me acuerdo cómo se llama, había de todo mezclado, y era un lugar bastante lindo para todo, la verdad.

»Yo estaba parando en un hostal baratito y me pensaba quedar ahí cinco días, que además fueron días hermosos. Todos los días tomaba sol, surfeaba, buceaba un poco y descansaba mucho, pero la última tarde que me iba a quedar ahí, el cielo se puso bien negro y empezó a soplar un viento zarpadísimo, y yo agarré mi tabla y me volví para el hostal. A medio camino se me ocurrió mirar para adelante y vi que, unos treinta metros más allá, iba caminando una chica que por lo menos de espaldas me pareció muy linda, con unos shortcitos, un buzo negro y una mochila. Ella dobló en la siguiente esquina y yo tenía que seguir derecho, así que más allá de mi curiosidad para saber cómo era, no me importó mucho y seguí mi camino. Pero cuando llego yo también a la altura de la esquina miro para un costado y la veo ahí tirada en el piso, despatarrada, y no había nadie más en toda la calle. Enseguida fui a donde estaba ella, a unos quince metros, y se largó una lluvia re potente. Yo fui, vi que estaba semi inconciente, le pregunté dónde estaba alojada y no me respondió, entones la agarré a upa y me la llevé al hostal, que estaba a unos trescientos cincuenta metros. Era realmente muy linda, tenía una carita hermosa de manzanita, el pelo de un castaño claro como medio desteñido y un cuerpecito precioso y bien cuidado. Enseguida cuando llegué el brasilero dueño del hostal me dijo que la pusiera sobre el sofá que había ahí en la recepción medio hecha bolsa que tenía y empezamos a tratar de que se reanimara, con agua, cosas dulces y un jugo raro que tenía el tipo, y con el que la flaquita reaccionó enseguida.

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Nu.RR

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Grindyllow


Un mes atrás, en los inicios del verano más caluroso de mi vida, llenamos la pileta de mi casa, que hacía cinco años albergaba un ecosistema verde y putrefacto más variado que el del Amazonas. La noche anterior a que la limpiáramos yo había decidido dar una vuelta por el jardín antes de ir a dormir, y mientras olía el aroma de un jazmín oí que algo chapoteaba en el agua descompuesta y me di vuelta de inmediato, asustado, sin embargo no vi nada más que unas ondas suaves. Entonces decidí acercarme al borde y vi que debajo de la lenteja de agua que flotaba en la superficie se movía una suave figura, lentamente, como a punto de morir sofocada por el plancton acumulado en mi pileta. Pero se apagó de inmediato. Al día siguiente la limpiamos y entre la montaña de mufa no encontré nada que pudiese explicar ese resplandor que había visto, pero esa explicación la encontré una semana después, una noche en que me cansé de contar ovejas y me asomé al jardín por la ventana de mi dormitorio. Escuché nuevamente un chapuzón, y esta vez, más sereno y frío, agarré rápidamente la linterna y un palo, como si desde una semana atrás estuviera esperando ese momento. Salí corriendo sigilosamente sobre la hierba húmeda y me asomé al borde de la pileta, alumbré todo con la linterna y no vi nada, enfoqué a los alrededores pero nada se movía, y entonces una voz me habló; y casi me infarta. A mis pies, aferrada del borde, había un hada sin alas, bella pero con una gran boca de dientes agudos y pies anchos y planos. Se llamaba Seiar, y era una de las últimas del mundo. Me contó apenada que antes sus abuelos vivían felices en enormes ríos y pantanos, en cualquier lago o arroyo al que pudieran llegar; y que nunca les faltaba comida, tanto animalejos como niños desprevenidos, y que incluso en algunas ocasiones salían a cazar adultos. Pero Seiar ahora no podía hacer nada de eso, tenía que vivir en piletas sucias en los pequeños jardines de los humanos, se tenía que alimentar con aves, ratas y gatos y pasaba mucha hambre; me contó, entristecida, que nunca en su vida había probado ni un muslo de niño. Y cuando nosotros decidimos limpiar la pileta, sin querer privamos a un hada en extinción de su último hogar, y ahora ella de día vivía muerta de miedo entre matorrales o en galpones abandonados. Seiar y yo nos hicimos amigos, todas las noches iba a hacerle compañía y le daba algo de comida, nos llevábamos realmente muy bien, pero anoche ella me preguntó qué tal sabían mis muslos, y me alarmé y salí corriendo de allí sin mirarla a la cara. Pero luego me dije a mí mismo que había hecho mal, que no debí haberla tratado así, que era algo lógico lo que ella había dicho pero que no me iba a hacer nada porque éramos amigos, y me obligué a pedirle disculpas.

Hace dos horas el hada de mi pileta me atrapó a la fuerza para devorarme y me zafé de ella solo porque logré atacarla con el barre-pileta en un ojo. Recién descubrí que las criaturas que en la época medieval habitaban en los lagos, ríos y pantanos y que aterrorizaban a las madres se llamaban grindyllow. Por suerte están en extinción.

Nu.RR

Fucsia Marín


Existió una vez una hermosa princesa que solía vestirse de fucsia, el color horrendo. En el reino todos debían disimular el desagrado que sentían al verla así vestida. “Buen día, princesa... amm...”, todos olvidaban momentáneamente su nombre al ver sus despampanantes vestidos finos y detalladamente elaborados... pero fucsias. “... princesa Marín. ¿Qué exótica comida desea desayunar hoy?” Ella sonreía con dulzura y nombraba algún platillo que el conseguirlo seguramente se llevaba la vida de varias personas. “Carne de corazón de dragón frito, decorado alrededor con sus escamas.” Esa mañana cinco valientes hombres de una aldea murieron para llevarle la comida al plato. Ella ni pensó en eso. Tan acostumbrada estaba a ser princesa fucsia que ya su cerebro no se acordaba que, según había calculado un sabio de su corte, una persona moría por cada setenta y tres palabras; nueve lágrimas y media eran derramadas por cada masticación; y calculó que si ella llegaba a gobernar sobre todo el reino, la población se extinguiría en un plazo de veinticinco años y tres meses. Pero ella no pensaba en eso ni un instante, sólo se preocupaba en tener cada día un nuevo vestido fucsia con más accesorios fucsias para combinar. “El secreto de verse hermosa consiste no sólo en ser hermosa, sino en saber usar lo necesario para lucir lo bello y para ocultar no que no es bello”, solía decirle a una de sus criadas, “y como yo no tengo nada que no sea hermoso y adorable, debo lucirme enteramente... ¿y qué mejor para ello que el ¡fucsia!?”. La criada la miraba con su mejor cara de tiene razón y seguía con lo suyo, sin prestarle atención. Pero tanto fucsia y tanta desconsideración de la princesa para con su pueblo provocó que un día ésta cayera enferma de un dolor insoportable en el estómago y tuviera que vivir, el médico real así lo dispuso y no de otra manera, tuviera que vivir en reposo y comiendo remolachas sin hervir, papas y huevos. Para la princesa Marín esto era lo peor que lo podía haber pasado: no más paseos por el parque ni comidas raras, todo vendría de una simple huerta y sería cocinado hasta por el más simple de los pueblerinos. Y tanta fue su desdicha, su ausencia de irrealidad, que se dejó morir por dentro y estalló en ira contra su merecida injusticia, contra la infelicidad de los agraciados, y su sirvienta la encontró en su cama muerta y en un charco de sangre fucsia.

Nu.RR

Deadline with Wolfgang Amadeus Mozart


Caminar por la plaza siempre me hizo bien. Las palomas, las personas agitadas que no se detienen a pensar en nada, aquellos que piensan demasiado, los indigentes hambrientos y los niños que changuean por moneditas, aquellos que con algo de culpa no pueden evitar mirarme y delatarse. Entre tantos sonidos y olores escuché claramente que Mozart llegaba a mis oídos y, luego de rebuscar en mi cintura, saqué el celular, uno de alta tecnología y ultra-digital, ultra-pequeño y más delgado que una anoréxica. Miré la pantallita de colores que se sacudía frente a mí y me indicaba que el número me era desconocido. Así, como haciéndome desear, tardé en atender el aparatito.

-Your days are… three.

Tuuuu…

¿Mhm? ¿Qué había sido eso? Yo estaba acostumbrado a lidiar con gente que sólo me trataba en inglés, pero el hecho de que me agarraran de golpe al contestar una llamada me colgó y no llegué a interpretar bien qué me decían. Seguí caminando, tranquilo. Si era una amenaza de muerte, como pensaba, no era nada de qué me tuviera que preocupar, cosillas como esa había tenido en bandeja desde el primer mes de mi trabajo, quince años atrás.

Bajé un pie del cordón de la vereda y así abandoné la plaza. Del otro lado de la calle me esperaba un tipo conocido, ya había hecho cosas para él antes, y pagaba bien, nunca me había traído ningún problema. Hablamos rápido sin dejar de caminar: necesitaba unos kilos, un poco de defensa; le dije que todo estaba bien y en la esquina siguiente ya caminaba solo de nuevo. Así unas cuadras más hasta llegar al café de siempre y juntarme con colegas y necesitados. A veces la vida de policía corrupto se hacía aburrida, incluso la de uno capo de la mafia y narcotraficante de esos a los que “pesado pesado” les queda muy bien. Di dos toquecitos al revolver de mi cintura, el que estaba junto al celularcito, y me senté a charlar.

Mire, abogada, yo sé lo que le digo, ¿no entiende que era el tipo que le vendía drogas a mi hijo? No puedo esperar sentado a que algún juez culo sucio me diga que no tenemos pruebas y que se haga el boludo y termine en nada. Ese tipo tiene que estar mínimo preso de por vida, ¿entiende? Yo sé que tiene una carrera importante, pero por favor le pido que haga algo, que remueva su conciencia y me ayude, plata no le va a faltar y lo sabe, cobro seis mil al mes. Así que no vamos a terminar todos muertos. Si hacemos que los medios se enteren salimos ilesos, no nos tocan, y al tipo lo hacen bolsa. Lo hacen bolsa… Y va a haber uno menos jodiendo acá.

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Nu.RR

De Jazmiro y Yónada


Era un parque gigantesco, lleno de colores y aromas. Tenía amplias lomadas llenas de bosque hermoso y fresco y varias lomadas llenas de pastizales suaves y fastuosos. Había flores de colores por todos lados, carnosas, delicadas, semitransparentes, de papel y de luces. También había de esas extrañas estrellas que descansaban en la tierra, como rocas incandescentes, frías, blancas y fulgorosas; a la noche los niños solían sentarse cerca de ellas a conversar y las parejas de novios pasaban hermosas veladas. De día había ardillas cariñosas, osos mansos y lobos juguetones en el bosque, y toda clase de roedores simpáticos, lagartijitas fosforescentes y viboritas alegres en las praderas. Los pájaros, de todos tamaños, colores, trinos, sustancias y vuelos exóticos inundaban los aires todos los días y todas las noches se iban a sus nidos dorados que colgaban de los árboles. Las mariposas eran los seres más extraordinarios, pues había desde minúsculas nubecillas de mariposas anaranjadas a mariposas del tamaño de varias personas, amarillas, violetas, blancas y fluorescentes. También había una gran cantidad de hermosas cuevas, oscuras, iluminadas, brillantes y llenas de vetas de colores, y siempre alguien se ponía a excavar y descubría alguna olla de la que, sacudiéndola, salían estrellas fugaces, arcos irises, fuegos artificiales o chispas serpenteantes.

Afuera del hermoso y negro enrejado estaba la Ciudad Central. Jazmiro y Yónada solían ir al parque desde niños, y se conocieron a la edad de trece saliendo de él, en la parada del autobús. Era fácil reconocer a los que salían del parque, porque fueran niños o adultos, siempre sus rostros tenían una luminosidad dorada, sus sonrisas eran blancas y sus ojos se hacían chiquititos y brillaban; aunque al caminar por las veredas grises llenas de caca de perros, rodeados de edificios altos y grises, al pasar por las calles de cemento esquivando gente apurada, la alegría, en forma de chispas, se iba desprendiendo de ellos rápidamente y se perdía en el aire y en el agua de los cordones.

Jazmiro y Yónada estaban allí, debajo del tingladito de la parada, mirando vagamente los carteles de publicidades él y observando el colectivo rojo que se acercaba ella. De repente él movió la cabeza y vio que ella desprendía sus últimos fulgores de felicidad.

-Cada vez la alegría dura menos –comentó, dando por supuesto que ella también provenía del parque.

Desde ese momento en que se conocieron, los dos fueron grandes amigos. Vivían a un par de kilómetros el uno del otro y ambos tenían que tomar el mismo colectivo para volverse, aunque Yónada se bajaba antes.

Solían ir prácticamente todos los fines de semana del año y todos los días de sus vacaciones, hasta que cumplieron dieciséis años y ya los pocos que iban al parque los miraban con caras raras. Poco a poco habían dejado de ir los adultos, a medida que crecían, los jóvenes también iban abandonándolo, y cada vez las nuevas generaciones estaban menos interesadas en ir allí. Finalmente, una tarde de otoño, sólo quedaron Jazmiro y Yónada, y mientras se iban, ya no tan alegres como solían irse en otras épocas, el portero del parque los interceptó y triste, sin dirigirles ni una mirada, el hombre viejo les dejó la llave a ellos. Y se fue caminando triste, dejando sus huellas doradas en las losas de pavimento. Fue recién entonces cuando él y Yónada descubrieron que la gente de la Ciudad Central se había recluido ella misma del disfrute del parque y de todas las cosas alegres que allí sucedían. Entonces, al día siguiente, los dos fueron a las autoridades del gobierno y les preguntaron por qué no hacían nada para publicitar más el parque, porqué no le dedicaban más tiempo y dinero, pero les contestaron que tal parque no era del gobierno, que nunca lo había sido y que no figuraba en los planos de la ciudad como un parque.

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Nu.RR

Crecida entre dragones


Decían que una mujer crecida entre dragones no es fácil de quemar. O tal vez comenzaron a decirlo luego de aquel episodio en el castillo de Drasenbull, la verdad no estoy seguro; lo que sí, ese proverbio llegó a mis oídos mucho tiempo después de que ocurrió la desgracia, siendo ya un refrán olvidado por la gente, recordado por algunos trovadores.

Se dice que una noche el señor feudal de Drasenbull se encaprichó en que quería un huevo de dragón auténtico, y consultó a magos y cazadores para saber cómo conseguir uno. Entonces un sabio hechicero oriental le dijo que él le podía dar un huevo, pero que a cambio debía matar con fuego a una aldea entera, salvo a un niño recién nacido. El señor feudal no dudó un momento y de inmediato hizo que el fuego devorara a una de sus aldeas más pequeñas; esa misma noche sus soldados le llevaron entre ropajes sucios a una beba de menos de dos días. El hechicero preguntó si estaba bautizada, le respondieron que no, y entonces comenzaron los verdaderos preparativos.

El oriental estuvo una semana en sus laboratorios alquímicos, trabajando arduamente con la criaturita, dándole de beber líquidos exóticos traídos de altas montañas, bañándola en jugos de plantas de lo más profundo del mar, alimentándola con huevitos de seres imposibles de capturar. Recién cuando terminó esos tratamientos pudo encerrarla en una caparazón de delgadas pareces donde pasaría varios meses sin nutrirse ni ver la luz y soportando altas temperaturas y fríos despiadados. Luego le dio la crisálida con la niña al señor feudal y le dijo que ella reemplazaría al huevo de dragón que robarían, y así la manada de dragones no notaría nada y nadie correría ningún riesgo, pues los dragones custodiaban a su progenie más que ningún otro animal y si llegasen a descubrir la ausencia podría ocurrirle un desastre al feudo entero.

Los cazadores más valientes fueron a las heladas montañas donde habitaban los dragones en profundas cavernas y dejaron a la niña entre los demás huevos, y el plan funcionó a la perfección. El mago había estudiado durante años para poder llevar a cabo todas sus extrañas artes: había hecho que sus pulsaciones fueran como las de un dragoncito, que sus movimientos no fueran extraños para la madre, que sus olores fuesen los correctos, hasta había logrado que no tuviera ninguna marca de agua bendita de esas que los dragones odiaban, la había hecho menos vulnerable al fuego y al calor y al dolor y el humo y, por sobre todo, había hecho que la beba sufriera mucho (aunque inconcientemente) por la pérdida de su familia en manos del fuego, algo que todos las crías de dragón llevaban en su interior, y algo que no se lograría en ningún animal común y corriente. Así, el hechicero sabía, aquella niña podía pasar inadvertida al menos hasta que saliera del huevo falso.

Pero las artimañas del mago fueron más allá de lo que todos esperaban: la niña sobrevivió al frío de las cavernas y al fuego de sus padres adoptivos, rompió el cascarón a tiempo e incluso llegó a comer la carne que los demás le traían todas las noches. De los nueve dragones que junto con ella hubo en esa camada, sólo sobrevivieron cinco, y la niña. Vivió hasta los dieciséis años en la manada en las peores condiciones que cualquier dragón podía vivir, pero permaneció con vida en las cavernas gracias a su mansedumbre y su inusitada inteligencia. Mientras los demás dragones salían de cacería y traían desde ovejas hasta leones, ella se quedaba en el nido, cuidando del fuego que no podía producir y sin el cual no la dejarían ir a cazar.

Pero una noche le trajeron para comer el cuerpo de un matadragones, que llevaba consigo una botella de alcohol para fabricarse antorchas. La niña, extrañada, observó lo fácil que se prendía fuego y comprobó que, a pesar de saber horrible, podía serle de gran ayuda. Pocos días después logró engañar a sus padrastros llenando todo el recinto con vivas llamaradas; el hielo de las paredes se derritió en mayor abundancia que otras veces y formó enormes charcos en el suelo. La niña, contenta porque podría irse de cacería al día siguiente, comenzó a chapotear en ellos hasta que cansada como nunca había estado, se quedó quieta y se miró en el agua…

Como era la costumbre, una vez que aprendiera a lanzar fuego podría ir a cazar, por eso a la noche siguiente la dejaron salir, recién ocho años después que a sus hermanos, y nunca más volvió con la manada. Se escondió de su familia mientras se llevaban unas reses y, cuando todo estuvo calmo, la niña huyó por el descampado.

Al día siguiente un anciano pastor y su hijo llamado Cey la encontraron desnuda durmiendo bajo un roble. Ellos la vistieron, curaron sus heridas y la alimentaron hasta que estuvo en forma. Cey, que tenía veinte años, quedó rápidamente enamorado de la chica, a la que llamaron Ariana. La bautizaron al poco tiempo y quedó en manos del sacerdote del pueblo, que rápidamente le enseñó a hablar y leer mientras ella trabajaba limpiando y cocinando (aunque siempre todos se quejaban de lo reseca que le quedaban las carnes).

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Nu.RR

Como Piterpán


Era el momento culminante de mi carrera, de mi fama mundial: habían podido apresar a los escurridizos culpables de la muerte de miles, millones. Cuántos y qué cargos le afectarían nos correspondía a nosotros dictaminarlo. Habíamos tenido que evaluar todos los aspectos posibles del problema y hallar la mayor cantidad de cargos y castigos psicológicos posibles, ésa era nuestra orden, así lo había dictaminado esa gran nación hegemónica y unilateral que dominaba todo: el mundo entero debía saber qué le pasaba a los que asesinaban y torturaban, atentaban contra el Estado y usaban caretas de terroristas. Que en el fondo todo fuera un plan ultra-secreto de ese Estado hegemónico para adquirir muchísimo más poder económico y al mismo tiempo ayudar a los religiosos (y desde ya poderosos) amigos, era algo con menor importancia para nosotros. Nuestro único papel, el de la Corte Más Suprema de Justicia de la Más Linda Institución Humana Internacional, era ayudar a los intereses de unos pocos para que se salieran con la suya.

Pero mi preocupación no era esa, ni mi fama mundial ni ninguno de estos arreglos (que se saben pero nunca se confirman) a los que yo ya estaba acostumbrado. Había algo detrás de uno de los acusados, algo verdecito que sólo yo podía ver; a decir verdad también uno de los cameraman (hacía rato que notaba que con su cámara no dejaba de marcar su recorrido entre las butacas, absorto). ¿Qué hacía eso allí? Estaba tranquilo como suelen estar ellos, iba caminando lentamente, ojeando las brillantes esposas y los papeles, acariciando calvicies y apoyabrazos. Pero se había detenido detrás del acusado Número Uno, el más perrísimo e importante sobre quien recaería toda la Justicia, y miraba su gorrito raro. Se puso a olisquearlo con su nariz afilada y llena de aritos metálicos, a acariciarle sus largos rulos canos, a pincharle la mejilla agrietada con sus uñas resquebrajadas. A causa de esto el pobre hombre comenzó a moverse incómodo, a estornudar y a peinarse frenéticamente con la mano sin saber qué le pasaba.

Tal vez eso era lo más preocupante para él. Ya todos los acusados sabían qué les tocaría en suerte: desde un principio sabían que el plan terminaría con la muerte de todos ellos, que se postergaría lo necesario como para atraer las miradas de toda la esfera y subir el rating. Así funcionaba todo, todo lo que ellos podían llegar a conocer. Pero en ese mismo recinto, para mi asombro (y el del cameraman), había algo mucho más extraordinario que las comunes guerras arregladas y paparruchadas por el estilo.

Una vez, hacía mucho tiempo, había creído que mi sobrinita, Marianne, también podía verlos, pero resultó que sólo le gustaba mirar cómo volaban los panaderitos. Pero yo ya había desembuchado todo mi secreto, mi secreto mejor guardado.

-¿De verdad existen los duendes, tío Allan? –preguntó la niña de siete añitos-. ¿Vos los ves? ¿Y hay haditas? –Yo asentí-. ¿Enserio? ¿Y tienen polvito mágico para volar, como la de Piterpán?

Ésa era la clave de todo lo que sucedía. Aquello, aquél ser extraordinario y verdoso, con su nariz afilada llena de aros y argollas, su cuerpo menudo y de apariencia frágil y su rostro como de niño inocente, aquello era algo por lo que muchísimas personas pagarían fortunas. Existía un mercado negro de aquellas criaturas, más negro y más secreto que este juicio arreglado en el que estaba, y los especimenes como este… Calculé en mi cabeza, hacía menos de dos semanas que había entrado a la página principal del Comercio de Criaturas Mágicas y si no me equivocaba, por el peso aproximado del ser, su altura (un metro treinta, a juzgar por las butacas) y su color, indicaban que estaba en su punto óptimo de crecimiento. Por él pagarían lo que cinco viajes al espacio, el valor adecuado a cambio de aquella habilidad extraordinaria.

Estrujé mi mejilla contra la palma de mi mano, realmente estaba cansado ya. El juicio, el final ya, no iba ni por la mitad de su desarrollo. Esta apelación estaba hartándome, ¡y lo que sería el veredicto final! Ojeé al muchacho de la cámara. Estaba embelesado con la presencia mítica en medio de la sala, seguramente pensando lo mismo que yo. Pero por ahora el pequeño elfo no hacía más que juguetear con el cejudo acusado principal. ¿Valía la pena? Era seguramente arruinar toda mi carrera para terminar en un centro psiquiátrico siendo el hazmerreír de todo el mundo. Seguramente ganaría el suficiente dinero en este trabajo como para pagar uno, en cuanto todo terminara, pero no sería uno óptimo como este. Pensé que cualquier persona del mundo con las habilidades que yo tenía no dudaría tanto y que actuaría sin importar las consecuencias, esa maravilla lo valía todo. Y sin embargo lo que me detenía era el cameraman… Él tenía mucho menos que yo para perder, ya se tendría que haber lanzado; aunque tal vez no conocía sus propiedades… tal vez era un ignorante que vivía feliz pudiendo ver cosas que otros no.

-Y, mirá, hay de todo, Marianne: duendes, hadas, elfos, gnomos, y mucha variedad de cada uno. Hay una variedad de hada, el hada roja, que sí tiene ese polvito que te hace volar, como el de Piterpán. Pero es muy difícil de encontrar y atrapar para que te lo dé. Pero vos de esto, no le tenés que contar a nadie, ¿está bien? Es el secretito entre el tío y vos, ¿te parece?

Pero era una mentira. Las hadas rojas no tenían un polvito mágico, tenían una sustancia en la sangre que, si mojaba el pelo de una persona, la hacía levitar a unos treinta centímetros (dependía de la masa corporal de la persona) durante unos cinco segundos. Una sensación hermosísima e inigualable. Las hadas rojas eran muchísimo más abundantes que los elfos como ese de ahí, aproximadamente en una proporción de diez mil doscientos diecisiete por cada uno; habían podido ser domesticadas en diversos países nórdicos y se les extraía sangre sin ocasionarles la muerte. Pero aún así no se podía comparar el efecto de un hada roja con la de un elfo… Yo había experimentado varias veces la levitación con sangre de hada roja, incluso una vez había capturado una cuando era chiquito y la había despedazado para bañarme en su sangre, pero no, lo otro era algo indescriptible, valía su precio en oro.

Estaba ahí. Luego de una hora de jorobar al acusado, había seguido caminando, ahora hacia el cameraman. Noté la ansiedad en su rostro, la expectativa y los nervios. Ya su cámara apuntaba en cualquier dirección. Sabía lo que pensaba: si daba dos pasos más hacia él iba a saltar de su sillita y se iba a quedar con el elfo, el elfo… Ahí, un paso más, lo leía en su mente… Vi sus piernas acomodándose para la acción. Era mejor para mí pensar en otra cosa, ya le pertenecía al cameraman… Pero se detuvo, retrocedió dos pasos. Su rostro casi angelical había visto a un pelado rascándose y seguramente su brillo lo había atraído. Inocente del peligro avanzó hacia él. Más cerca de mí, a igual distancia del otro muchacho… Se dedicó a rascar esa superficie lisa. Ahora los dos teníamos el mismo dominio sobre él. Nos miramos, él también había descubierto mi habilidad. Una pelea de miradas, entre un joven muchacho que manejaba cámaras y yo, un alto Juez del Mundo. No podía tener una mirada más fiera que la mía, mis ojos le decían todo y tendrían que hacerlo caer de su sillita elevada. Pero no, se rehusó, desafiante, no abandonaría tan fácilmente. Y el elfo seguía así.

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