miércoles, 3 de septiembre de 2008

Crecida entre dragones


Decían que una mujer crecida entre dragones no es fácil de quemar. O tal vez comenzaron a decirlo luego de aquel episodio en el castillo de Drasenbull, la verdad no estoy seguro; lo que sí, ese proverbio llegó a mis oídos mucho tiempo después de que ocurrió la desgracia, siendo ya un refrán olvidado por la gente, recordado por algunos trovadores.

Se dice que una noche el señor feudal de Drasenbull se encaprichó en que quería un huevo de dragón auténtico, y consultó a magos y cazadores para saber cómo conseguir uno. Entonces un sabio hechicero oriental le dijo que él le podía dar un huevo, pero que a cambio debía matar con fuego a una aldea entera, salvo a un niño recién nacido. El señor feudal no dudó un momento y de inmediato hizo que el fuego devorara a una de sus aldeas más pequeñas; esa misma noche sus soldados le llevaron entre ropajes sucios a una beba de menos de dos días. El hechicero preguntó si estaba bautizada, le respondieron que no, y entonces comenzaron los verdaderos preparativos.

El oriental estuvo una semana en sus laboratorios alquímicos, trabajando arduamente con la criaturita, dándole de beber líquidos exóticos traídos de altas montañas, bañándola en jugos de plantas de lo más profundo del mar, alimentándola con huevitos de seres imposibles de capturar. Recién cuando terminó esos tratamientos pudo encerrarla en una caparazón de delgadas pareces donde pasaría varios meses sin nutrirse ni ver la luz y soportando altas temperaturas y fríos despiadados. Luego le dio la crisálida con la niña al señor feudal y le dijo que ella reemplazaría al huevo de dragón que robarían, y así la manada de dragones no notaría nada y nadie correría ningún riesgo, pues los dragones custodiaban a su progenie más que ningún otro animal y si llegasen a descubrir la ausencia podría ocurrirle un desastre al feudo entero.

Los cazadores más valientes fueron a las heladas montañas donde habitaban los dragones en profundas cavernas y dejaron a la niña entre los demás huevos, y el plan funcionó a la perfección. El mago había estudiado durante años para poder llevar a cabo todas sus extrañas artes: había hecho que sus pulsaciones fueran como las de un dragoncito, que sus movimientos no fueran extraños para la madre, que sus olores fuesen los correctos, hasta había logrado que no tuviera ninguna marca de agua bendita de esas que los dragones odiaban, la había hecho menos vulnerable al fuego y al calor y al dolor y el humo y, por sobre todo, había hecho que la beba sufriera mucho (aunque inconcientemente) por la pérdida de su familia en manos del fuego, algo que todos las crías de dragón llevaban en su interior, y algo que no se lograría en ningún animal común y corriente. Así, el hechicero sabía, aquella niña podía pasar inadvertida al menos hasta que saliera del huevo falso.

Pero las artimañas del mago fueron más allá de lo que todos esperaban: la niña sobrevivió al frío de las cavernas y al fuego de sus padres adoptivos, rompió el cascarón a tiempo e incluso llegó a comer la carne que los demás le traían todas las noches. De los nueve dragones que junto con ella hubo en esa camada, sólo sobrevivieron cinco, y la niña. Vivió hasta los dieciséis años en la manada en las peores condiciones que cualquier dragón podía vivir, pero permaneció con vida en las cavernas gracias a su mansedumbre y su inusitada inteligencia. Mientras los demás dragones salían de cacería y traían desde ovejas hasta leones, ella se quedaba en el nido, cuidando del fuego que no podía producir y sin el cual no la dejarían ir a cazar.

Pero una noche le trajeron para comer el cuerpo de un matadragones, que llevaba consigo una botella de alcohol para fabricarse antorchas. La niña, extrañada, observó lo fácil que se prendía fuego y comprobó que, a pesar de saber horrible, podía serle de gran ayuda. Pocos días después logró engañar a sus padrastros llenando todo el recinto con vivas llamaradas; el hielo de las paredes se derritió en mayor abundancia que otras veces y formó enormes charcos en el suelo. La niña, contenta porque podría irse de cacería al día siguiente, comenzó a chapotear en ellos hasta que cansada como nunca había estado, se quedó quieta y se miró en el agua…

Como era la costumbre, una vez que aprendiera a lanzar fuego podría ir a cazar, por eso a la noche siguiente la dejaron salir, recién ocho años después que a sus hermanos, y nunca más volvió con la manada. Se escondió de su familia mientras se llevaban unas reses y, cuando todo estuvo calmo, la niña huyó por el descampado.

Al día siguiente un anciano pastor y su hijo llamado Cey la encontraron desnuda durmiendo bajo un roble. Ellos la vistieron, curaron sus heridas y la alimentaron hasta que estuvo en forma. Cey, que tenía veinte años, quedó rápidamente enamorado de la chica, a la que llamaron Ariana. La bautizaron al poco tiempo y quedó en manos del sacerdote del pueblo, que rápidamente le enseñó a hablar y leer mientras ella trabajaba limpiando y cocinando (aunque siempre todos se quejaban de lo reseca que le quedaban las carnes).

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Nu.RR

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