miércoles, 3 de septiembre de 2008

Grindyllow


Un mes atrás, en los inicios del verano más caluroso de mi vida, llenamos la pileta de mi casa, que hacía cinco años albergaba un ecosistema verde y putrefacto más variado que el del Amazonas. La noche anterior a que la limpiáramos yo había decidido dar una vuelta por el jardín antes de ir a dormir, y mientras olía el aroma de un jazmín oí que algo chapoteaba en el agua descompuesta y me di vuelta de inmediato, asustado, sin embargo no vi nada más que unas ondas suaves. Entonces decidí acercarme al borde y vi que debajo de la lenteja de agua que flotaba en la superficie se movía una suave figura, lentamente, como a punto de morir sofocada por el plancton acumulado en mi pileta. Pero se apagó de inmediato. Al día siguiente la limpiamos y entre la montaña de mufa no encontré nada que pudiese explicar ese resplandor que había visto, pero esa explicación la encontré una semana después, una noche en que me cansé de contar ovejas y me asomé al jardín por la ventana de mi dormitorio. Escuché nuevamente un chapuzón, y esta vez, más sereno y frío, agarré rápidamente la linterna y un palo, como si desde una semana atrás estuviera esperando ese momento. Salí corriendo sigilosamente sobre la hierba húmeda y me asomé al borde de la pileta, alumbré todo con la linterna y no vi nada, enfoqué a los alrededores pero nada se movía, y entonces una voz me habló; y casi me infarta. A mis pies, aferrada del borde, había un hada sin alas, bella pero con una gran boca de dientes agudos y pies anchos y planos. Se llamaba Seiar, y era una de las últimas del mundo. Me contó apenada que antes sus abuelos vivían felices en enormes ríos y pantanos, en cualquier lago o arroyo al que pudieran llegar; y que nunca les faltaba comida, tanto animalejos como niños desprevenidos, y que incluso en algunas ocasiones salían a cazar adultos. Pero Seiar ahora no podía hacer nada de eso, tenía que vivir en piletas sucias en los pequeños jardines de los humanos, se tenía que alimentar con aves, ratas y gatos y pasaba mucha hambre; me contó, entristecida, que nunca en su vida había probado ni un muslo de niño. Y cuando nosotros decidimos limpiar la pileta, sin querer privamos a un hada en extinción de su último hogar, y ahora ella de día vivía muerta de miedo entre matorrales o en galpones abandonados. Seiar y yo nos hicimos amigos, todas las noches iba a hacerle compañía y le daba algo de comida, nos llevábamos realmente muy bien, pero anoche ella me preguntó qué tal sabían mis muslos, y me alarmé y salí corriendo de allí sin mirarla a la cara. Pero luego me dije a mí mismo que había hecho mal, que no debí haberla tratado así, que era algo lógico lo que ella había dicho pero que no me iba a hacer nada porque éramos amigos, y me obligué a pedirle disculpas.

Hace dos horas el hada de mi pileta me atrapó a la fuerza para devorarme y me zafé de ella solo porque logré atacarla con el barre-pileta en un ojo. Recién descubrí que las criaturas que en la época medieval habitaban en los lagos, ríos y pantanos y que aterrorizaban a las madres se llamaban grindyllow. Por suerte están en extinción.

Nu.RR

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