sábado, 6 de septiembre de 2008

El ómnibus

Un amigo que dejó el trabajo me recomendó lo del ómnibus. Ciertamente que al principio me pare-ció una idea loca, una ocurrencia de su cerebro en cortocircuito… Además me llamó la atención que lo llamara ómnibus, no colectivo, ni micro. Ómnibus me sonó, en el momento, una palabra de película doblada en México, poco fiel a mi realidad. Acá le llamamos micro o colectivo, bondi, bus, cuanto mu-cho. Pero ómnibus me sonó como pesado, algo den-so, con letras que se trababan. “Ómnibus.” Fue raro, porque los que están afuera lo llaman ómnibus, y los que están adentro, simplemente le dicen el vehículo. Vehículo, otra palabra rara.
El hombre este se había tomado vacaciones re-pentinas por la muerte de su mujer. Dora se llamaba, era linda. El tipo… se llamaba Ernesto, creo. Volvió al trabajo nueve meses después de la muerte de Do-ra, totalmente cambiado. No puedo decir que estaba mejor o estaba peor, estaba probablemente igual, pero con un aire totalmente distinto, como el equiva-lente para otro tipo de cosas. Apareció en la oficina para llevarse las cosas que había dejado: fotos, lapi-ceras, ganchitos, una abrochadora y unas carpetas. Pero apenas me vio, se frenó en lo que estaba haciendo y me dijo: -Tenés cara de necesitar estar en el ómnibus. -¿El qué? Le pregunté. –Es un ómnibus que te lleva a pasear… vas a ver, si vas para el norte, pedí un boleto en cualquier agencia de turismos, no sale caro. Y sin decir más se dio media vuelta y si-guió con lo suyo, juntando sus bártulos. Tuve un atisbo de risa, pero estaba tan decaído yo que ni me esforcé. Pobre tipo, pensé, nueve meses desapareci-do y ahora está chiflado… Lo que cambian las per-sonas con un trauma importante.
No seguí su consejo, pero sí el de mi jefe. A las dos semanas después de que Ernesto renunciara y se llevara sus cosas, yo pedí unas vacaciones también y preparé la valija para irme al norte. Lo cierto es que esa noche, cuando sobre mi cama tendida, vacía, me senté a descansar, con la valija cerrada a mi lado, no recordé nada del ómnibus ni de Ernesto. Ese suceso había quedado atrás, muy superado por los eventos recientes que se venían acumulando y acumulando, aplastándome contra las losas de la ciudad ajetreada e indolente. Suspiré amargamente, esperando que aquel viaje que me esperaba y salía en dos horas pudiera reconfortarme. La penuria que llevaba en mi alma era sofocante, realmente necesitaba apartarme de todo aquello. Bajé, pedí un remís y fui hasta Reti-ro, esperé veinte minutos el micro, dejé mi valija, me subí e inmediatamente y, antes de que se subie-ran las demás personas y arrancara, me dormí.
Sin dudas fue un dormirme rápido. Fue como la descarga, el latigazo que me dijo: Guillermo, no estás más en tu casa, no estás más trabajando, no tenés que recordar nada de eso. Una desconexión, como de esas que logran los hipnotizadores y los que hacen reiki. Yo no lo creía eso, pero es verdad: te duermen en cinco minutos, te relajan, te hacen olvi-dar todo y te dejan ahí tirado, tieso… Cuando me desperté vi que tenía dos bandejitas plásticas con comida en la butaca de al lado, que estaba vacía. O sea casi todo un día, fue lo primero que calculé. Me desperecé abiertamente, haciendo mucho ruido, y con trabajo, moviendo mi cuerpo entumecido, sorteé el asiendo de al lado y me precipité al pasillo, en donde me apuré por llegar al baño.
Cuando salí me fui a la cabina de conductores para saber dónde estábamos. Pero no me hizo falta preguntar, porque a nuestro costado había un nego-cio pequeño que decía con desprolija pintura roja: Lavalle quiosco golosinas regalos. Habían pasado quince horas, quedaban sólo cinco más. Me volví a mi asiento, devoré lentamente las bandejitas de co-mida, abrí la ventanilla y pasé las siguientes tres horas mirando el avasallador paisaje que recorría afuera. Los paisajes, pasados a velocidad, siempre me capturaron… Después me dormí y me desperta-ron ya de tarde, al llegar a Salta capital. Casi me tiran del micro los conductores malhumorados, así que retiré mi valija sin darles propina y me fui dere-chito a la oficina a hacer una queja. Pero después me arrepentí: los choferes esos están obligados a mane-jar casi sin dormir durante días, su malhumor era totalmente perdonable. Así que evadiendo la Termi-nal, esperé un taxi (que allá son verdecitos) y me fui a buscar alojamiento. El tipo del taxi me miró por el retrovisor un momento y me dijo, con su claro acen-to salteño: usté sí que ‘ta boleado amigo, ¿no durmió bien en el viaje? Le dije que más o menos, que los viajes me constipaban y que probablemente estaba algo apunado, pues venía de Buenos Aires, a la altu-ra del mismo mar. –Eso no es problema, enseguidita se acostumbra, va a ver. Acá el aire es más tranquilo y ayuda a relajarse… Me cayó bien su comentario, pero en cuanto le presté atención vi que masticaba flemáticamente una bola de hojas de coca, cosa que me dio arcadas, y tuve ganas de bajarme de aquel remís. Pero no lo hice, me iba a perder si lo hacía.
Me bajé en la puerta de un hotel que me reco-mendó el remisero, pagué el cuarto por una noche, me tiré a dormir un poco con las valijas sin desar-mar. No pude dormirme y prendí la radio para dis-traerme un poco de mis pensamientos. Pasaban mú-sica de un grupo local, no me gustó para nada, pero cambiar de frecuencia no valía la pena… Seguí oyendo eso, sin preocuparme, ya sin evadir la pena que llevaba conmigo. Me arrojé de espaldas a la cama y dejé que la pena me hundiera un pozo en medio del pecho, desganado. Y entonces fue cuando oí una pequeña palabrita, pero que fue lo suficiente-mente fuerte como para despertar a mi inconciente en ese mismo momento. “Quince grados tres déci-mas en Salta Capital. El cielo se está nublando y parecería que va a llover por fin, un poco fuera de temporada pero el agua nunca cae mal… Sí, cae mal cuando se inunda todo en primavera, pero en esta época del año hace bien. Ahora cambiando de tema nos informan que el sábado a la mañana va a pasar el ómnibus por el acceso de Ruta 39, para aquellos que se crean lo suficientemente desdichados como para pagar un boleto. Para los que no, los invito a seguir escuchando Arbolito con el tema: Si me voy antes que vos, de su nuevo disco…”
Inmediatamente supe que Ernesto no estaba tan loco como pensé en un principio. Con que todo era verdad… No, me corregí: lo del ómnibus podía ser verdad, tal vez era todo un malentendido… Aún así, me llamó mucho la atención. Me sonó extraño todo eso, el ómnibus, como irreal. Tan irreal como la pa-labra ómnibus en boca de capitalinos y de salteños, fuera de películas mal dobladas.
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Nu.RR

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