Los tres hermanos Bran vivían en una casa aislada del bosque, una casa grande y con bastantes lujos. Los habitantes del pueblo apenas cada tanto veían a la hermana del medio, Celeste Bran, una chica un tanto rara, solitaria y de estado frágil. Los otros dos hermanos casi nunca veían el sol exterior, sólo para buscar leña o ahuyentar a los perros. Auro Bran, el mayor, era una persona sumamente callada, solía vestir una bata morada, fumaba siempre su pipa, llevaba un libro en sus manos o su bolsillo y no se desprendía por muchos días de su gato. Ricto Bran, el menor, tal vez hablaría más si hubiera gente con quien hablar, pero tenía un cerebro un tanto retorcidito, le gustaba vestirse con mucha elegancia innecesariamente y ocultaba una pistola en su mesa de luz.
Un día Celeste Bran fue a hacer las compras al mercado del pueblo y trató de esquivar lo mejor posible las miradas de las señoras que creaban un infierno de su hogar. A la hora de la cena ella preparó la comida un tanto temprano, y como no tenía ganas de gritar para que sus hermanos vinieran a comer, tocó la antigua campana que había en la mesada. El gato, que estaba en el regazo de su amo mientras éste leía y fumaba, dio un terrible brinco al oír ese ruido y salió corriendo por el pasillo más cercano. Auro Bran masculló unos insultos hacia su hermana olvidadiza y se incorporó toscamente para ir a comer. El gato que huía a los saltos chocó bruscamente contra Ricto Bran, que, algo asustado, algo irritado, apoyó el caño de su pistolón contra la panza del gato mientras lo sostenía del pescuezo y activó el gatillo. Un sonido que llegó disminuido a la cocina, un cadáver peludo, una pistola con una bala menos y una mancha bordó en la pared. Ricto Bran nervioso escondió la pistola en su pieza nuevamente y se fue a comer. Cuado terminaron con la cena, Auro Bran fue a leer nuevamente frente al hogar, extrañado de que su gato no volvía, Celeste Bran se quedó limpiando la vajilla y Ricto Bran se llevó disimuladamente un frasco con limpiador y trabajó media hora sobre la mancha para limpiarla, usando el pelaje del animal como trapo. Finalmente sonrió, aliviado.
En la mañana Celeste Bran trató de quitar una mancha que había aparecido en un corredor, pero no se iba. Era sangre seca y dura: así como se había manchado la pared, así había quedado. Sus hermanos holgazanes no movían un dedo por nadie. Pensó que un día de estos se hartaría y se libraría de ellos con el arma que su hermano escondía en su mesa de luz. Más tarde, mientras desayunaban, Celeste Bran le reprochó a su hermano mayor que sólo se dedicaba a su maldito gato. Él siguió acariciando a su mascota y se rascó la barbilla, donde se había hecho un gran tajo al afeitarse; su hermana le reprochó de la mancha de sangre que había dejado en el corredor, y él le aseguró que no la había provocado, pero luego la ayudó a lavar la vajilla. Celeste Bran tuvo otra pelea con Ricto Bran, que aseguraba lo mismo. Pero Ricto Bran no la ayudó para nada ni intentó aliviar su ira. Esa noche fue hasta su dormitorio, agarró con delicadeza ese revolver y asesinó a su hermano en el corredor, dejando sólo una mancha de sangre en la pared.
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Nu.RR
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