Afuera llovía sobre las casas, la arena y las olas que rugían con ganas. El aire era denso dentro y fuera de la choza en la que estaban los muchachos. La falta de electricidad, los tres farolcitos de aceite con su luz característica, las paredes de bambú y los sonidos extraños de alrededor habían estado amasando el ambiente desde hacía un rato y ya estaban preparados para lo que todos sabían que sucedería.
-A ver, ¿quién cree en fantasmas? –preguntó Margarita, una de las tres chicas del grupo y tal vez la más “valiente” de todas, escrutando la parte visible de las caras de sus compañeros.
Las otras dos chicas asintieron ambas sin decirse nada, y de los cuatro varones que estaban con ellas, sólo dos dijeron que sí, uno no hizo ningún ademán y el otro, Gustavo, ser rió abiertamente.
-No, yo no creo en fantasmas… ¿me van a decir que ustedes sí?
-Yo sí –afirmó Esteban, el rubiecito-. A mi vieja se le apareció su tía muerta hace un montón, y mi vieja no está loca así que le creo.
-¿Vos, Loquito? –le preguntó Gustavo a Fernando.
-Yo a los trece fui varias veces a ver a una médium y la verdad… qué querés que te diga, no vi nada, pero que había algo bien bien raro, había. Además yo no sé si eran fantasmas o no, pero cada tanto en mi casa se escuchaban maullidos terribles, como mil gatos a los que estaban asesinando te digo eh, y en cuanto me asomaba a la ventana, a la puerta o prendía la luz de afuera, se callaban. Y eso…
-Baah, puras supersticiones –comentó Gustavo cerrando los ojos y echándose para atrás. En ese momento pudieron escuchar que caía el primer rayo de la noche-. ¿Y vos, Agus, crees en fantasmas?
Agustín, que era el que no había dicho ni sí ni no, se tomó su tiempo para responder.
-Mirá, yo por experiencia propia –comenzó, mirando el piso-, no sé si existen o no. Pero hay algo que sé que existe y que es la brujería… y si existe eso, muy probablemente, por añadidura, existan los fantasmas…
-¿Así que decís que la brujería existe? –preguntó Gustavo con tono burlón-. ¿Y cómo es eso?
-Es…
-A Agus no le gusta hablar del tema –saltó Alma, que había estado callada un rato largo. Alma era la más menudita, tímida y pálida del grupo, y era la mejor amiga de Agustín-. No hace falta…
-¡Aaaaah! –exclamaron los tres varones restantes, riéndose-. ¡”A Agus no le gusta hablar del teeeema”! ¿Pero qué sos? Jajajaja.
-¡Eu! –dijo Alma poniéndose seria y mirándolos con sus miradas matadoras que surtían efecto sólo con otras mujeres y no en los varones-. Es serio, posta, si quieren joder… a otro lado.
-Buen denle, basta –dijo Karina, que se hartaba muy fácil con las burlas estúpidas de sus amigos, y esta vez se callaron-. Agus, ¿no vas a contar? Porque si no querés no contás y punto eh.
Todos se callaron y lo miraron por un momento. El mar estaba realmente fuerte.
-Buen, sí, cuento –dijo sin dejar de mirar el piso-. La única persona que lo sabe es Alma… pero ya pasaron dos años y podría sacarme el miedo… Sí, les cuento.
»Buen, para empezar, pasó en mis vacaciones de verano de hace dos años, antes de conocerlos a ustedes (salvo a Alma, obvio). Yo me había ido de mochilero a Brasil, sólo a las playas poco conocidas, así de pueblito en pueblito. Y buen, así como hay playas que se destacan por tener turistas europeos, otras se destacan por estar llenas de surfistas, otras por la pesca y el buceo, otra por tener gente de mucha mucha plata, etcétera. Bueno, en una playita que ya ni me acuerdo cómo se llama, había de todo mezclado, y era un lugar bastante lindo para todo, la verdad.
»Yo estaba parando en un hostal baratito y me pensaba quedar ahí cinco días, que además fueron días hermosos. Todos los días tomaba sol, surfeaba, buceaba un poco y descansaba mucho, pero la última tarde que me iba a quedar ahí, el cielo se puso bien negro y empezó a soplar un viento zarpadísimo, y yo agarré mi tabla y me volví para el hostal. A medio camino se me ocurrió mirar para adelante y vi que, unos treinta metros más allá, iba caminando una chica que por lo menos de espaldas me pareció muy linda, con unos shortcitos, un buzo negro y una mochila. Ella dobló en la siguiente esquina y yo tenía que seguir derecho, así que más allá de mi curiosidad para saber cómo era, no me importó mucho y seguí mi camino. Pero cuando llego yo también a la altura de la esquina miro para un costado y la veo ahí tirada en el piso, despatarrada, y no había nadie más en toda la calle. Enseguida fui a donde estaba ella, a unos quince metros, y se largó una lluvia re potente. Yo fui, vi que estaba semi inconciente, le pregunté dónde estaba alojada y no me respondió, entones la agarré a upa y me la llevé al hostal, que estaba a unos trescientos cincuenta metros. Era realmente muy linda, tenía una carita hermosa de manzanita, el pelo de un castaño claro como medio desteñido y un cuerpecito precioso y bien cuidado. Enseguida cuando llegué el brasilero dueño del hostal me dijo que la pusiera sobre el sofá que había ahí en la recepción medio hecha bolsa que tenía y empezamos a tratar de que se reanimara, con agua, cosas dulces y un jugo raro que tenía el tipo, y con el que la flaquita reaccionó enseguida.
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Nu.RR

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