jueves, 4 de septiembre de 2008

Pensamientos de un duende de dormitorio

Hasta los monstruos de su placard le tenían miedo, era feroz. Se llamaba Alma, su mamá le decía Almita, pero entre ellos, los seres de su dormitorio, le decían Mandril. Habían visto uno una vez en uno de esos programas de Animal Planet que ponía su mamá en la tele. Pero después iba Mandril y en cuanto podía cambiaba de canal, porque ella odiaba, detestaba a los animales y todo lo que se le pareciera. Pero según ellos Almita era bien parecida a un mandril, siempre gruñendo, fiera, siempre moviéndose de aquí para allá y colgándose de las cosas, y siempre que su mamá la agarraba le dejaba la cola bien colorada. Alma ese día rompió la tele porque estaba cansada de que su mamá pusiera el Animal Planet, y harta de ver mandriles la tiró al piso con fuerza y le saltó encima hasta que llegó su mamá y comenzó a darle nalgadas. Esa misma noche la rebautizaron como Mandril, y algo felices por su picardía se dispersaron entre sus propiedades. El peludote grande vivía en su placard junto con las dos serpientes violetas, el enano gris solía vigilar a la niña desde el estante en el que solía vivir el pez antes de que ella lo tirara por la ventana, los pequeños duendecitos vivían en su empolvorada y recóndita biblioteca de cuentos infantiles, el gran chupasangre iba y venía del dormitorio a su antojo, el pulpo camaleónico acaparaba para él todo el espacio debajo de la cama, algunas hadas se ocultaban en el viejo guardarollo y el resto de seres mágicos buscaba cada mañana y cada noche un nuevo espacio vacío, una nueva sombra de muñeco tirado en el piso para dormir. Ellos se encargaban de Mandril, de cuidarla, de castigarla cuando se portaba mal, de hostigarla con mil pequeñas cosas y de divertirse a sus expensas, pero Mandril era tan malvada que, una vez que los descubrió, les hizo la vida imposible. Como bien sabían ellos, en el cumpleaños número dos de la niña debían darle un susto grande, aparecérsele en persona y asustarla. Hasta el momento debían conformarse con molestarla sin que ella supiera de ellos, pero esa noche, cuando ya hubiera abierto su ultimo regalo, saldría el peludote grande, las serpientes, el pulpo y el gran chupasangre a darle el susto más importante de su vida. Pero ese día la agarraron de mal humor, y al primer ¡bu! ella los agarró del pescuezo y los revoleó a todos adentro del placard y es dio un portazo, tanta era su furia y su temperamento. Desde entonces todos le tienen miedo.


Nu.RR

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