Missail Cook fue siempre una persona de meterse involuntariamente en problemas. Quizás toda su vida fue un problema, excepto por una cosa: su matrimonio con Rachael Light, una mujer que lo soportaba en todo.
Él había nacido en una familia bastante pobre en las afueras de Washington y ya desde bien pequeño fracasó por uno u otro motivo en todo lo que emprendía y se ganó enemistades tratando vanamente de ayudar a muchos conocidos. Luego lo enrolaron los del Ejército del Norte y fue responsable de una de las primeras derrotas de la Unión al tener que abandonar su guardia para ir al baño pues había bebido mucho líquido por culpa del cocinero al que le encantaban los picantes. Luego huyó hacia el sur, donde provocó el cierre del cabaret de un amigo y el incendio de una taberna bastante concurrida; entonces se volvió a su Washington y buscó inversores para comenzar a excavar en una mina en Texas. Uno de los inversores era el padre de Rachael Light, y con ella se casó al poco tiempo de iniciar los preparativos de la obra. Finalmente, por falta de planificación, se desmoronaron los túneles y, en medio de un motín de los trabajadores, Missail escapó con Rachael y la mitad de toda su fortuna en una carreta.
A mitad de camino, algunos días después de huir de Texas, en un pueblo bastante grande en medio de la nada, Missail se despidió por un momento de su buena esposa y se fue a buscar un bar, donde estuvo media hora contando sus innumerables desgracias, con tanta pasión y tristeza que conmovió a todos los borrachos del antro. Un hombre notó el potencial que tenía Missail de emocionar a la gente con sus historias cuando estaba ebrio, y lo mantuvo así hasta la mañana siguiente, cuando lo llevó a la plaza central y cobró a las personas que pasaban por allí, oían sus desdichas y se quedaban a llorar cerca suyo.
Para cuando recobró la conciencia estaba inmovilizado en el cepo de la plaza. Rachael estaba a sus pies, ofuscada. Missail, mareado aún y con un gran dolor de cabeza, giró el rostro cuanto pudo, humillado, para no ver la expresión de sus ojos. Le preguntó por qué estaba allí y su esposa le dijo que, luego de terminar su patética función (de la cual no recordaba nada) se había dedicado a atacar a los vejetes ricos del pueblo, y que por eso el alguacil lo había encerrado en el cepo. Y debía agradecer que, mal que mal, la gente se había tomado con algo de gracia sus correrías y no lo habían abochornado para nada mientras estaba dormido. El problema, le contó Reachel, fue que, avispado por sus relatos, uno bandido desdentado había ido a su cuartito de hotel y se había llevado todo de todo, los había dejado con la ropa que llevaban puesta (teniendo en cuenta que la de Missail estaba completamente manchada de vómito).
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Nu.RR
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