miércoles, 3 de septiembre de 2008

De Jazmiro y Yónada


Era un parque gigantesco, lleno de colores y aromas. Tenía amplias lomadas llenas de bosque hermoso y fresco y varias lomadas llenas de pastizales suaves y fastuosos. Había flores de colores por todos lados, carnosas, delicadas, semitransparentes, de papel y de luces. También había de esas extrañas estrellas que descansaban en la tierra, como rocas incandescentes, frías, blancas y fulgorosas; a la noche los niños solían sentarse cerca de ellas a conversar y las parejas de novios pasaban hermosas veladas. De día había ardillas cariñosas, osos mansos y lobos juguetones en el bosque, y toda clase de roedores simpáticos, lagartijitas fosforescentes y viboritas alegres en las praderas. Los pájaros, de todos tamaños, colores, trinos, sustancias y vuelos exóticos inundaban los aires todos los días y todas las noches se iban a sus nidos dorados que colgaban de los árboles. Las mariposas eran los seres más extraordinarios, pues había desde minúsculas nubecillas de mariposas anaranjadas a mariposas del tamaño de varias personas, amarillas, violetas, blancas y fluorescentes. También había una gran cantidad de hermosas cuevas, oscuras, iluminadas, brillantes y llenas de vetas de colores, y siempre alguien se ponía a excavar y descubría alguna olla de la que, sacudiéndola, salían estrellas fugaces, arcos irises, fuegos artificiales o chispas serpenteantes.

Afuera del hermoso y negro enrejado estaba la Ciudad Central. Jazmiro y Yónada solían ir al parque desde niños, y se conocieron a la edad de trece saliendo de él, en la parada del autobús. Era fácil reconocer a los que salían del parque, porque fueran niños o adultos, siempre sus rostros tenían una luminosidad dorada, sus sonrisas eran blancas y sus ojos se hacían chiquititos y brillaban; aunque al caminar por las veredas grises llenas de caca de perros, rodeados de edificios altos y grises, al pasar por las calles de cemento esquivando gente apurada, la alegría, en forma de chispas, se iba desprendiendo de ellos rápidamente y se perdía en el aire y en el agua de los cordones.

Jazmiro y Yónada estaban allí, debajo del tingladito de la parada, mirando vagamente los carteles de publicidades él y observando el colectivo rojo que se acercaba ella. De repente él movió la cabeza y vio que ella desprendía sus últimos fulgores de felicidad.

-Cada vez la alegría dura menos –comentó, dando por supuesto que ella también provenía del parque.

Desde ese momento en que se conocieron, los dos fueron grandes amigos. Vivían a un par de kilómetros el uno del otro y ambos tenían que tomar el mismo colectivo para volverse, aunque Yónada se bajaba antes.

Solían ir prácticamente todos los fines de semana del año y todos los días de sus vacaciones, hasta que cumplieron dieciséis años y ya los pocos que iban al parque los miraban con caras raras. Poco a poco habían dejado de ir los adultos, a medida que crecían, los jóvenes también iban abandonándolo, y cada vez las nuevas generaciones estaban menos interesadas en ir allí. Finalmente, una tarde de otoño, sólo quedaron Jazmiro y Yónada, y mientras se iban, ya no tan alegres como solían irse en otras épocas, el portero del parque los interceptó y triste, sin dirigirles ni una mirada, el hombre viejo les dejó la llave a ellos. Y se fue caminando triste, dejando sus huellas doradas en las losas de pavimento. Fue recién entonces cuando él y Yónada descubrieron que la gente de la Ciudad Central se había recluido ella misma del disfrute del parque y de todas las cosas alegres que allí sucedían. Entonces, al día siguiente, los dos fueron a las autoridades del gobierno y les preguntaron por qué no hacían nada para publicitar más el parque, porqué no le dedicaban más tiempo y dinero, pero les contestaron que tal parque no era del gobierno, que nunca lo había sido y que no figuraba en los planos de la ciudad como un parque.

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Nu.RR

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