Era un parque gigantesco, lleno de colores y aromas. Tenía amplias lomadas llenas de bosque hermoso y fresco y varias lomadas llenas de pastizales suaves y fastuosos. Había flores de colores por todos lados, carnosas, delicadas, semitransparentes, de papel y de luces. También había de esas extrañas estrellas que descansaban en la tierra, como rocas incandescentes, frías, blancas y fulgorosas; a la noche los niños solían sentarse cerca de ellas a conversar y las parejas de novios pasaban hermosas veladas. De día había ardillas cariñosas, osos mansos y lobos juguetones en el bosque, y toda clase de roedores simpáticos, lagartijitas fosforescentes y viboritas alegres en las praderas. Los pájaros, de todos tamaños, colores, trinos, sustancias y vuelos exóticos inundaban los aires todos los días y todas las noches se iban a sus nidos dorados que colgaban de los árboles. Las mariposas eran los seres más extraordinarios, pues había desde minúsculas nubecillas de mariposas anaranjadas a mariposas del tamaño de varias personas, amarillas, violetas, blancas y fluorescentes. También había una gran cantidad de hermosas cuevas, oscuras, iluminadas, brillantes y llenas de vetas de colores, y siempre alguien se ponía a excavar y descubría alguna olla de la que, sacudiéndola, salían estrellas fugaces, arcos irises, fuegos artificiales o chispas serpenteantes.
Afuera del hermoso y negro enrejado estaba
Jazmiro y Yónada estaban allí, debajo del tingladito de la parada, mirando vagamente los carteles de publicidades él y observando el colectivo rojo que se acercaba ella. De repente él movió la cabeza y vio que ella desprendía sus últimos fulgores de felicidad.
-Cada vez la alegría dura menos –comentó, dando por supuesto que ella también provenía del parque.
Desde ese momento en que se conocieron, los dos fueron grandes amigos. Vivían a un par de kilómetros el uno del otro y ambos tenían que tomar el mismo colectivo para volverse, aunque Yónada se bajaba antes.
Solían ir prácticamente todos los fines de semana del año y todos los días de sus vacaciones, hasta que cumplieron dieciséis años y ya los pocos que iban al parque los miraban con caras raras. Poco a poco habían dejado de ir los adultos, a medida que crecían, los jóvenes también iban abandonándolo, y cada vez las nuevas generaciones estaban menos interesadas en ir allí. Finalmente, una tarde de otoño, sólo quedaron Jazmiro y Yónada, y mientras se iban, ya no tan alegres como solían irse en otras épocas, el portero del parque los interceptó y triste, sin dirigirles ni una mirada, el hombre viejo les dejó la llave a ellos. Y se fue caminando triste, dejando sus huellas doradas en las losas de pavimento. Fue recién entonces cuando él y Yónada descubrieron que la gente de
Nu.RR

No hay comentarios:
Publicar un comentario