jueves, 4 de septiembre de 2008

La armadura extraordinaria

Era uno de esos días calurosos y brillantes en los que la tierra quemaba alrededor. En mi mano la caja de utensilios ya comenzaba a arder y a resbalárseme por la transpiración, así que tomé un pañuelo y con él envolví la manija de la caja y así solucioné ese problema. Tapándose del sol con mi sombra caminaba Jania, la hija de doce años de uno que había sido muy buen amigo mío y que había muerto dos años atrás junto a su esposa en una excavación arqueológica. David y Gánena, ambos arqueólogos, me habían dejado a su hijita luego de su muerte, y desde ese momento era como mi hija adoptiva. Yo había trabajado para sus padres como traductor, pues, aparte de español, inglés, francés e italiano, manejaba cinco idiomas antiguos con todos sus dialectos y variaciones, destacándome en el arameo de la época de Cristo. Ya nos conocíamos muy bien con Jania antes del deceso de sus padres, y aunque el primer año luego de su muerte fue muy traumático y difícil para ambos, ahora los dos podíamos disfrutar de casi todo juntos.
Caminaba con Jania atrás mío, yendo por un desgastado páramo atravesando unas sierras calcinantes camino al sur del valle de Terebinto. Habíamos estado acampando un par de días del otro lado y ahora nos volvíamos, sin haber descubierto nada interesante, ni una punta de flecha. Habíamos ido a explorar así, a cualquier lado, porque a Jania le apasionaba la idea y yo no quería contradecirla; además tenía algunos días libres y me pareció muy buena ocasión para pasar un tiempo juntos, despejarnos, desde ya que no esperaba hacer ningún hallazgo, pero aún así, aunque sabía que Jania se desilusionaría al volver, me pareció una muy buena idea.
Ya volvíamos, ya estábamos a unos dos kilómetros y medio del arroyo y el aire se sentía más rico. Noté que Jania hacía sus últimos esfuerzos para mantenerse de pie mientras arrastraba el carrito con la carpa y las cosas de campamento que obstinadamente ella había insistido en acarrear. Ya cuando pudo oír el agua e imaginar su frescura en los labios, se dejó caer e inmediatamente, soltando mi caja de utensilios me di vuelta y la atajé, la recosté sobre el carrito, acomodé mi caja a su lado y me apresuré en la bajada, arrastrando a toda velocidad a la niña hacia el curso de agua. No podía ser nada grave, hacía dos horas que se nos habían secado las cantimploras, pero eso no era suficiente como para que se desmayara así, no. Seguramente eran las emociones y la decepción y el gran esfuerzo físico, nada de qué preocuparse, pero aún así tuve algo de miedo mientras corría.
Cuando estábamos a unos diez metros me pareció que recuperaba la conciencia, pero en realidad sólo balbuceaba cosas que a mi oído entrenado le parecieron palabritas en arameo. Alcancé la orilla de inmediato y la recosté a lo largo junto al agua. Tomé el pañuelo que estaba en la manija de mi caja, lo embebí en agua y le refresqué la frente, que recién ahí me di cuenta que hervía. Seguía balbuceando cosas, realmente muy parecidas a algunas escrituras que yo había estado traduciendo hacía pocos días, seguramente me había oído y de alguna manera ahora las repetía. Fue subiendo el tono de voz y me preocupé realmente, pues el agua del pañuelo no hacía nada. Entonces la agarré así como estaba y me arrodillé en el lecho del arroyo, hundiendo todo su cuerpo menos la cabeza.
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Nu.RR

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