jueves, 4 de septiembre de 2008

Malcom

Cinco segundos antes Edgard había estado de rodillas, riéndose del tipo del arma y esforzándose por ignorar el ardor de su vientre. Le dolían muchísimo también las muñecas atadas, tanto y con tanto calor por la fricción que hubiera deseado no tener manos, y los anteojos rotos se le habían ido ladeando de a poco y ya no podía enfocar ni la mitad de las cosas a su alrededor; bah, como si hubiera querido verlas. En ese momento pensó que no era momento apropiado para morir, que era joven y que tenía una creciente carrera como dueño de una empresa de efectos especiales por computadora que no se podía desperdiciar. No quería morir, ni allí ni después. ¡Quería vivir! Y fue entonces cuando su mente divagó: tendría que decirle a Malcom y a Cristina que el lunes preparen esos afiches para llevar a la Dunan Pictures a la conferencia… La Dunan Pictures era importantísima, el lunes era un día especial, la oportunidad de conseguir muchísimo dinero que podría servirle de mucho a sus amigos… El lunes, el lunes…
Dos días y tres horas antes había comido sushi con tres de sus empleados en su departamento del undécimo piso: su secretaria Elizabeth y la pareja de activos diseñadores Malcom y su esposa Cristina. Edgard había visto con algo de envidia a Malcom en esa oportunidad: Malcom no sólo comía con esos palitos con plena soltura (Edgard siempre había sido tosco hasta con la cuchara), si no que le causó casi ira el hecho de que su relación amorosa con Cristina fuera tan encantadora; eran tan felices, sus tres pequeños hijos se veían tan contentos y brillosos y bien educados, y aunque sus sueldos no podían comprar tantas cosas y tanto confort, era todo en ellos tan espléndido que su departamento en el undécimo piso, sus dos empleadas domésticas, su panel de televisores, su auto deportivo y su tapiz persa le parecieron vacíos, sus relaciones migratorias con tantas bellas mujeres apasionadas e interesadas le parecieron una basura. Si por una vez hubiera podido estar con una mujer tan encantadora como Cristina y hubiera podido saber qué se siente ser afortunado, Edgard pensó que todo sería diferente, que podría ver de manera distinta lo que quedaba de su vida. Levantó la copa de champagne (decididamente el champagne y el sushi no era una combinación que le agradara) y brindó por todos ellos, y en su interior brindó por una oportunidad, aunque fuera una.
Ocho días y siete horas antes Malcom, apenas se había enterado de lo que Edgard había hecho, se contactó a través de un amigo con un grupo de “gente de negocios”. Les indicó cómo tenían que hacer, cómo actuar y allí mismo cerraron el porcentaje que se quedaría cada uno; Malcom obtendría todo lo que precisaba.
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Nu.RR

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