1
Era una ciudad pequeña. Un país pequeño y morboso: Houdbaar se llamaba, Houdbaar era la capital. La gente de allí era normal: parecía ser bue-na.
Pero había más crímenes que en muchos otros lugares, el gobierno estaba corrompido por dentro. Eran buenos, pero les gustaba la vida fácil, ostento-sa, y se volvieron permisivos, sobornables y morbo-sos. Normal, pero peor que en muchos otros luga-res.
Shini Pitró vivía en Houdbaar desde niño, que-ría ser abogado y tenía diecinueve años. Su padre se había borrado cuando tenía tres años, jamás lo habí-an vuelto a ver, y la madre, mujer dura y con poco cariño en el vientre, lo había criado con lo indispen-sable. Escolaridad pública y colonias gratuitas todos los veranos.
Él no era normal.
Su interior esperaba un cambio. Empezaría la universidad.
Estudiaría Leyes.
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2
A la madre no le importó. Sentía haber cum-plido su parte con la vida: criado un hijo hasta la edad necesaria. Diecinueve años, ya era considerado adulto, podía hacer lo que quisiera.
Shini Pitró se mudó a un edificio de departa-mentos, muy céntrico, cerca de la universidad, un mes antes de empezadas las clases. Dos semanas después de cumplir años.
Mudó solo sus pertenencias. Eran dos cajas marrones llenas, sólo dos viajes que hacer.
Su departamento no era pago, la Municipalidad de Houdbaar donaba todos los años diez departa-mentos céntricos a los diez mejores promedios na-cionales para que no abandonaran el país. Shini Pi-tró era el onceavo mejor promedio, el mejor prome-dio huyó dos meses antes, Shini Pitró ocupó su lu-gar.
Era un onceavo piso, era un solo cuarto gris y cuadrado, de cinco metros por cinco metros, cocina y un baño, pequeño. Entraban la cama, un escritorio pequeño, una cajonera con ropa. La computadora portátil, los parlantes, el calzado y la colección de películas irían debajo de la cama.
Estiró las sábanas con paciencia, suavemente. Las vio ondear hasta posarse sobre el colchón. Ex-halar y aplacarse. Aseguró uno de los ladrillos grises que eran las patas de la cama y se tiró en ella. Sonre-ía.
Sabía que dentro de un mes empezaría a estu-diar Leyes.
Shini Pitró continuaría la línea barata de su vi-da: la universidad no era paga, era de la Municipali-dad de Houdbaar.
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3
Shini Pitró tomó tres calmantes la noche ante-rior a su primera clase en la Universidad Central de Houdbaar. Eran nervios lo que tenía. Estuvo des-pierto mucho tiempo con los ojos clavados en el techo.
Era un aula gris en un subsuelo de quince me-tros por quince metros, con bancos usados, luces fluorescentes y sin ventilación. La voz de Rednal fue lo primero que oyó ese día.
-“La ley es telaraña (en mi ignorancia lo expli-co): no la tema el hombre rico, nunca la tema el que mande, pues la rompe el bicho grande y sólo enreda a los chicos.”
Shini Pitró abrió los ojos.
-¿A quién cité?
Rednal los miró con tiempo uno a uno.
-Bien: no importa conocerlo. Importa saberlo.
Era el primer día de Leyes. Ese día tendrían todo el día con Rednal y sólo con Rednal.
-Importa tenerlo asumido como norma núme-ro uno. Si serán abogados lucharán a favor de bi-chos grandes y les irá bien. Lucharán a favor de bi-chos chicos y lucharán mucho –Su voz era seca y clara-. Si luego quieren hacerse Jueces, legisladores algún día, serán arañas.
»Los pequeños no tienen voz, y el que calla, otorga: así funciona básicamente la Ley. Ustedes tienen la posibilidad de ser su voz (una que cuesta oír) o la de ser otra voz de la muchedumbre ensor-decedora.
Llenó los pulmones con las dudas que surgían de sus alumnos, se dio media vuelta, caminó hasta el escritorio del profesor, limpio con la manga, hizo chillar la silla al arrastrarla, se sentó. Sacó unas hojas de su maletín negro y empezó a escribir con la cabe-za agachada.
-Eso es todo por hoy, pueden irse.
Murmuraron y se movieron en sus sitios.
-¿Sólo esto el primer día? –preguntó uno.
-Es suficiente información como para marear-los –dijo Rednal alzando los ojos sobre sus anteojos-. Vayan a casa, estudien lo que les dije, vuelvan ma-ñana con las mentes preparadas para un poco más.
Con reproches y frustración se deslizaron to-dos fuera del aula y subieron las escaleras.
Shini Pitró se quedó sentado en su lugar hasta que todos salieron. Se paró, caminó hasta el escrito-rio de Rednal y apoyó sus dos manos sobre la fór-mica vieja, al lado de unas hojas.
-¿A quién citó, profesor?
Rednal levantó la cabeza otra vez. Los ojos le brillaban, o tal vez los anteojos reflejaban la luz fluo-rescente.
-José Hernández, Martín Fierro.
-Gracias, profesor.
-Dime. ¿Te interesa el vandalismo educativo?
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4
Roma Mora había aparecido en Houdbaar on-ce años atrás, y desde entonces no había dejado de crecer en ningún momento.
Roma Mora había aparecido hacía cuarenta y tres años en algún país poderoso del mundo. Pron-tamente se había propagado como un gas a todos los demás países. En algunos fue combatida, en otros, como el país en que vivía Shini Pitró, acepta-da y favorecida.
Roma Mora era una empresa multinacional en-cargada de llevar el placer al mundo. Su eslogan de-cía algo como eso. Comerciaba tecnología y mujeres.
Mujeres, ilegalmente.
No las ofrecía al público, había que buscar la oportunidad, había que acercarse y tener muchos contactos. Para estar con una mujer de Roma Mora había que ser un pervertido de conciencia.
Roma Mora raptaba niñas pequeñas, adoles-centes a veces, casi nunca mayores. (También niños, para un gusto diferente de pervertidos.) Desaparecí-an y casi nunca eran buscadas: Roma Mora pagaba caro. Las llevaban lejos, en lo oscuro, las drogaban y les quitaban la vida de a suspiros. Luego las lanzaban desnudas al mercado, y cobraban caro.
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5
Recién el sábado volvieron a tener clases con Rednal. Su olor a alcohol entró al aula cinco segun-dos antes que su cuerpo.
-Es para ilustrar un ejemplo.
Dijo que por eso estaba borracho. Sin embar-go no pudo explicar bien el ejemplo porque hipaba y lloriqueaba.
La clase duró una hora. Hubo quienes toma-ron apuntes, quienes durmieron y quienes se retira-ron de malhumor. Shini Pitró esperó a que todos se fueran y ayudó a Rednal a volver a su casa.
En la puerta del edificio gris donde vivía, Shini Pitró le habló:
-¿Qué pasó, profesor?
-Me emborraché.
No dijo por qué, pero se quedó parado largo rato sosteniéndose del umbral, mirando hacia abajo, llorando despacito y temblando.
-Mi esposa me dejó –dijo-. Once días de esto.
»Hoy me di cuenta.
Shini Pitró no supo qué hacer.
-No sabía que estaba casado.
No fue algo adecuado, pero Rednal sonrió. De pronto pareció más sobrio que antes.
-No era algo que se notara… Dime. ¿Te inter-esa el vandalismo educativo?
....
Nu.RR
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