viernes, 10 de octubre de 2008

Don de nadie

Me desperté y estaba lloviendo. Me desperecé oyendo la lluvia sobre las tejas, las plantas y la calle. Me revolví en las sábanas, frotando mi cara contra la almohada esperando que ese esfuerzo me devolviera el sueño, y la lluvia continuaba. Desayuné tibiecito mirando las gotas cayendo a través de la ventana y miré el pluviómetro que había sido de mi papá: superaba los trescientos milímetros, hacía días que llovía en toda la ciudad. Por suerte habían sido durante el viernes y el fin de semana, así que no me incomodó mucho para el trabajo y pude descansar de verdad, todo el tiempo en casa.
Ahora, lunes finalmente, debía juntar ganas e ir a la parada del colectivo a esperarlo largo rato bajo la lluvia. Con botas rojas de goma y un paraguas verde oscuro fui hasta esa esquina y me senté bajo el alero de un local cerrado. Era temprano y estaba lloviendo con poca insistencia, y sólo había otras dos personas en esa parada. (Una parada gris con piso de cemento alisado, pues había sido antes una estación de servicio, cerrada hacía cinco años.) Una era una chica con unos diez años menos que yo que iba al colegio. Miré su uniforme y recordé el mío de cuando era colegiala también: usábamos un jumper gris oscuro con una blusa azul y una faja. La otra persona allí era un hombre. Ya lo había visto varias veces en esa parada, siempre esperando. Era alto, pasando el metro noventa, tenía un piloto marrón y nada más, ni paraguas. Estaba de pie debajo de la lluvia, mirando fijamente, seguramente pensando en sus profundidades, hacia donde vendría el colectivo. Aburrida, vi cómo caían pequeños hilos de agua de su piloto marrón y por su pelo entrecano, su barba desprolija y sus cejas espesas. De la punta de su nariz, larga y redonda, pendía otra pequeña gotita, inestable, como si jugara a columpiarse.
Me agradó la idea de que esa gotita era como ese hombre. Esperando el impulso para salir de allí, de la nariz. De la parada donde llovía. Era una parada muy cercana a al comienzo del recorrido, por eso generalmente los colectivos venían sin carga. Ahí pasaban sólo dos ramales de una misma empresa: el que iba para adentro derecho y el que iba para adentro dando vueltas. Yo tomaba siempre cualquiera, porque el destino era el mismo. El que iba derecho se llenaba e iba lento, el que me entretenía más iba casi vacío y tardaba lo mismo, pero la gente no lo sabía. O nunca lo había cronometrado, yo sí.
Me gustaba más cuando venía el que daba vueltas. Tal vez era como yo, que soy vueltera. Con todo salvo con mi trabajo, en la oficina. Trabajaba diseñando planos de edificios, imaginándolos en el papel. Tenía algunos que eran edificios cuadrados, bien lineales como el ramal que se llenaba, a la gente le solía gustar más. Y tenía otros que desde ninguna perspectiva se le vería una línea recta, y les gustaban a los extravagantes. Me pregunté qué tipo de edificios preferiría ese hombre.
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Nu.RR

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