viernes, 10 de octubre de 2008

Danza cósmica en un colectivo

Volvía del colegio en el colectivo y estaba apurado. Habíamos salido tarde porque unos compañeros, haciendo de las suyas, habían hecho enojar al profesor. Pero yo estaba realmente apurado. Llegaría a casa a eso de las tres de la tarde (cuando usualmente lo hacía a las dos y media), y a las cuatro tendría mi clase semanal de violín, para lo cual tenía que salir de casa cuatro menos cuarto. Así que, entre carámbanos y cebollitas, me quedaba poco más de media hora para practicar con mi instrumento.
El verdadero problema no era ese, sino que hoy mismo (dentro de una hora y media), presentaría una nueva canción. Era una de Bach y era bastante linda y compleja. Pero yo no había visto las partituras en toda la semana. Ese sí, era mi gran defecto: la dejadez, la postergación. Y no tenía alternativa: tenía que sí o sí aprender esa canción para tocarla a dúo con mi profesora de violín, una persona severa, cruel, metódica y rigurosamente estricta.
Estaba viajando parado, sosteniéndome de los caños que atravesaban el techo del colectivo. El recorrido era bastante largo y los hombros y codos, por la mala posición (cabe aclarar que no soy de elevada estatura), se estaban cansando y empezaban a doler un poco. Por eso, en cuanto vi un asiento vacío al fondo del bondi, me abalancé sobre él. Una señora que tendría unos cincuenta años me miró con algo de reprobación, pero bueno, no me iba a poner a explicarle toda mi historia.
Habían pasado dos minutos y mis articulaciones estaban descansadas, listas para una media hora de violín intenso. Pero entonces me distraje con algo llamativo.
Al colectivo se había subido una muchacha que, por no ser descortés, era bastante rolliza. No de esas rollizas cuyas carnes son firmes, duras y rígidas, sino una fofa, suelta y movediza. Los pliegues de su silueta se agitaban libremente debajo de su ropa apretada. Esa chica avanzó esquivando humanos hasta situarse a dos metros de mis ojos, casi al lado del timbre, en el fondo.
Los que viajan en autobuses sabrán que, aquí en el fondo, cualquier movimiento que realiza el vehículo se potencia. Y así como yo daba pequeños saltos en mi lugar con cada lomo de burro, la panza, los rollitos de esta muchacha, temblaban constantemente, confiriendo un espectáculo no tan poco usual, pero que generalmente pasa desapercibido o es criticado.
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Nu.RR

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