viernes, 10 de octubre de 2008

Paranuria

Nuria, una chica simple, llegó un día al colegio, caminando lento, y vio, parado en la esquinita antes de la puerta del baño de los varones, a un tipo alto, con anteojos negros, sombrero y sobretodo marrón, de pie firmemente y leyendo un diario. No sobresalía. Nadie a su alrededor parecía verlo, y ella simplemente le echó una ojeada pasajera antes de entrar a su aula.
Durante el primer recreo lo volvió a ver, en la misma posición, con un aura que pasaba desapercibida. Algo extrañada se lo comentó a sus amigas, por si sabían quién era, pero sólo se encogieron de hombros y negaron. El tipo permaneció igual todo el día, sin que Nuria dejara de mirarlo cuando podía. Si alguien pasaba por su lado para ir al baño, lo ignoraban, y él ni se mosqueaba, seguía con lo suyo. Se quedó en su lugar incluso cuando todos iban saliendo del colegio, a la tarde. Y nadie lo miró, nadie.
Al día siguiente también estaba ahí, para sorpresa de Nuria, y también al otro, siempre con lo mismo puesto y el mismo diario, antes de que nadie llegara y después de que todos se fueran.
Al tercer día Nuria lo vio sentado en un banquito, leyendo. Ella se le acercó para espiar lo que leía, disimuladamente, pero él pegó el diario al pecho, ocultándolo. Nuria trató de arreglarla y se fue a preguntarle a su preceptora quién era ese tipo, pero ella sólo le dijo que se iba a quedar ahí temporalmente, hasta que se le solucione un problemita que tenía, como si nada.
Durante dos semanas Nuria lo vio siempre en el mismo lugar y con su diario, leyendo, a veces silbando, a veces de pie, a veces sentado y a veces tamborileando con el pie. Nuria estaba exasperada ya, nadie le sabía decir quién era, qué hacía, a qué se dedicaba, y siquiera nadie parecía notarlo en lo más mínimo.
Un viernes, cansada y demacrada, mientras todos se marchaban al tocar el timbre, ella se frenó, se apartó del grupo que se iba hacia la salida, y se lo quedó mirando. Fijo. El tipo del diario la miró de soslayo por sobre los anteojos y sobre el diario, disimuladamente. Cruzaron miradas llenas, cuestionadoras. Los profesores, preceptores y hasta la directora se fueron al rato, apagando las luces; y ellos dos se quedaron de pie, uno frente al otro, a cuatro metros de distancia.
Llegó más tarde el personal de limpieza, que trapeó y barrió todo el patio, respetando el contorno de los pies del hombre. Pero a Nuria le pidieron que se hiciera a un lado. Y después también se fueron ellos.
Y en un momento, cuando Nuria pensaba que ya no podía soportar más eso, que su respiración agitada quería matarla, que su corazón iba a estallarle en el pecho y que los pensamientos asesinos le aturdían tanto que el cerebro iba a colapsar, se oyó un ruido a cadena y otro tipo salió del baño de varones, igual vestido y con un diario abajo del brazo, como si nada. Natural, pero fuera de lugar.
Los dos hombres de sobretodo marrón, al verse uno al otro, quedaron pasmados momentáneamente, y después de un segundo los dos salieron corriendo escaleras abajo precipitadamente, atropellándose y codeándose vertiginosamente hasta llegar a la planta baja de la escuela. Nuria se lanzó a la carrera sin pensarlo, persiguiéndolos.
Ya al final, cuando los dos saltaron torpemente los últimos escalones, el hombre que había salido del baño se adelantó y con una mano, exhausto, tocó una columna del patio de la planta baja, mientras recitaba:
-¡Pica para mí y para todos mis compañeros!
Y ahí se frenaron los dos. El del baño se acomodó el sombrero y los anteojos, desplegó el diario, resoplando pues se había agitado mucho, y se fue leyendo, contento, tranquilo. El otro, frustradísimo, dobló con violencia su diario, se lo metió abajo del brazo y se fue rezongando y taconeando atrás del otro, más lentamente y con ira.
Y Nuria se quedó sola, al pie de la escalera, sin poder creerlo. Negó, asombrada, riéndose bajito por la nariz, y se fue a su casa.


Nu.RR

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