Hubo una vez dos hombres. Uno no creía en la ciencia y el otro tenía de esa fobia a las multitudes. Y eran amigos. Vivieron en esa época en que las ideas de Freud comenzaban a obtener relevancia verdadera y en uno de esos años en que todos los patos se fueron de la plaza que solían frecuentar hasta que comenzaron a recluirse de la ciudad.
Él odiaba tan férreamente la ciencia que consideraba despreciables hasta a los aborígenes, y sólo consumía lo que él mismo ideaba y preparaba. Él sólo se había construido con árboles su propia choza precaria, anexa a la cabaña bien hecha de su amigo con fobia. Ese tenía tanto pánico de que lo vieran y de ver a otros que ya no se deshacía nunca de una bolsa de papel marrón. Le cubría toda la cabeza.
Vivían en una pradera olvidada. Allí.
Apenas había animales, seguramente muchos menos que antes.
¿Vendrá la primavera?
No sé. Pero después del otoño suele venir el invierno.
Eso lo dice la enemiga.
No decía la palabra ciencia.
Pero eso lo decían ya antes de la ciencia.
Puede ser. La enemiga dice muchas cosas, eso puede ser una cosa más. Es su justificación. Su justificación.
Se quedaron mirando para afuera. A través de la bolsa. Los días que se ponían oscuros desde antes y hasta después.
Parece que la ciencia tenía razón de nuevo. Nieva.
Puedo jugársela más a fondo.
¿A quién?
A la enemiga.
No decía la palabra ciencia. Decía que ella misma se la había inventado. Que manipulaba así. Manipulaba así.
Algún día de estos dejará de salir el sol. Vas a ver.
¿Cómo va a pasar eso?
¿Vos no te olvidás cosas?
Sí.
El sol también puede. No es algo sujeto a lo que la enemiga quiere que esté sujeto.
¿Y porqué lo hizo siempre?
Pensó.
Porque nos quiere.
¿Y por qué dejaría de hacerlo?
¿Por qué vos te sacarías la bolsa de la cara?
Por nada.
Por lo mismo el sol no saldrá un día de estos.
Por nada. O por un beso. A ciegas.
Tal vez por eso mismo.
Y se quedaron mirando para afuera. A través de la bolsa. Los días que se venían más claros cada vez más claros, sin besos.
Le gané.
Exclamó la noche en que el sol se olvidó de salir a esa pradera. Se le hacían insoportables los dos, sus charlas, el de la agorafobia y el de la ciencia.
Nu.RR
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