Era una tarde de primavera y estaba terminando rápido. El vientito fresco entraba por la ventana y él, que había estado todo el día en remera de mangas cortas, empezaba a sentir frío. Ella, sentada en la punta opuesta de la cama, con las manos en la cara y la espalda encorvada, tenía un vestidito verde muy ligero, pero no sentía el fresco. Lo único frío que sentía eran sus lágrimas que bajaban por sus mejillas, mejillas que él había rotulado de “cachetes manzanita”.
Él se quedó donde estaba, mirándola sin saber que hacer. Se sentía tan tieso como cuando aquella vez, el verano anterior, había decidido animarse a declararle sus sentidos y pensamientos. Ahora la veía llorar y no sabía cómo tenía que reaccionar. Podía acercarse, abrazarla y reconfortarla, decirle que iba a estar bien. Podía irse diciéndole que le dejaba un poco de intimidad, que lo llamara si lo necesitaba. O podía seguir ahí, pensando. ¿La incomodaba, o la alentaba haciéndole saber con su presencia que contaba con él?
Y pensar que, hasta antes que ella llegara, él había estado pensando una historia de piratas para contarle. Lo raras que eran las cosas: nunca avisaban los golpes cuando aparecían, y si decían que iban a venir, llegaban de una manera inesperada. Él había visto venir esta crisis, sin duda, pero… ¿así? No, así nunca.
Se sentó en la cama, en el medio. Ni pegado a ella ni en el extremo opuesto a ella. Miró, miró, desvió los ojos y, mientras oía su llantito de delfín, analizó muchas cosas de la habitación. Después retornó en su mente a la historia de los piratas, a ver si le encontraba un buen final. Pensó que, si le metía una moraleja acorde a la situación, podía contarle esa historia y no sólo la sacaría de su tristeza, sino que también hasta podría invertir totalmente su estado de ánimo y así se garantizaría una primavera de sensaciones felices.
Así que, tras meditarlo unos segundos, decidió incluir en su historia una pequeña muchacha llorosa de vestido verdecito, que aparecía de la nada en el barco pirata, frente a la puerta del camarote del capitán pirata. Y luego se las ingenió para hacer que la historia tuviera la coherencia y la moraleja adecuada. Después le contó la historia y ella, dejando de llorar, esbozó una sonrisita. Sus cachetes manzanita se pusieron colorados y se abrazaron con fuerza. Ella sabía que podía contar con él, y él sabía que podía contar con ella.
Nu.RR
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