Existió una vez una hermosa princesa que solía vestirse de fucsia, el color horrendo. En el reino todos debían disimular el desagrado que sentían al verla así vestida. “Buen día, princesa... amm...”, todos olvidaban momentáneamente su nombre al ver sus despampanantes vestidos finos y detalladamente elaborados... pero fucsias. “... princesa Marín. ¿Qué exótica comida desea desayunar hoy?” Ella sonreía con dulzura y nombraba algún platillo que el conseguirlo seguramente se llevaba la vida de varias personas. “Carne de corazón de dragón frito, decorado alrededor con sus escamas.” Esa mañana cinco valientes hombres de una aldea murieron para llevarle la comida al plato. Ella ni pensó en eso. Tan acostumbrada estaba a ser princesa fucsia que ya su cerebro no se acordaba que, según había calculado un sabio de su corte, una persona moría por cada setenta y tres palabras; nueve lágrimas y media eran derramadas por cada masticación; y calculó que si ella llegaba a gobernar sobre todo el reino, la población se extinguiría en un plazo de veinticinco años y tres meses. Pero ella no pensaba en eso ni un instante, sólo se preocupaba en tener cada día un nuevo vestido fucsia con más accesorios fucsias para combinar. “El secreto de verse hermosa consiste no sólo en ser hermosa, sino en saber usar lo necesario para lucir lo bello y para ocultar no que no es bello”, solía decirle a una de sus criadas, “y como yo no tengo nada que no sea hermoso y adorable, debo lucirme enteramente... ¿y qué mejor para ello que el ¡fucsia!?”. La criada la miraba con su mejor cara de tiene razón y seguía con lo suyo, sin prestarle atención. Pero tanto fucsia y tanta desconsideración de la princesa para con su pueblo provocó que un día ésta cayera enferma de un dolor insoportable en el estómago y tuviera que vivir, el médico real así lo dispuso y no de otra manera, tuviera que vivir en reposo y comiendo remolachas sin hervir, papas y huevos. Para la princesa Marín esto era lo peor que lo podía haber pasado: no más paseos por el parque ni comidas raras, todo vendría de una simple huerta y sería cocinado hasta por el más simple de los pueblerinos. Y tanta fue su desdicha, su ausencia de irrealidad, que se dejó morir por dentro y estalló en ira contra su merecida injusticia, contra la infelicidad de los agraciados, y su sirvienta la encontró en su cama muerta y en un charco de sangre fucsia.
Nu.RR

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