jueves, 4 de septiembre de 2008

La Ciudad de las ratas

Era un pueblo cercano a la capital, grande y lleno de trabajadores y honestos hombres y mujeres que no perdían la calma ni el alma de trabajar todos los días desde la salida del sol. Si bien no entraba en la categoría de «ciudad» todos le decían Ciudad. Todas sus callecitas de tierra apisonada que no se deformaban con el paso de carretas, las imponentes casas de rocas, las casitas de tablones crocantes y lisos de tanta pulcritud y esos farolcitos en todas las esquinas que mantenían la seguridad a la noche le habían dado fama de la Ciudad más sana y trabajadora de todo el país y, además, se enorgullecía de su policía que había logrado extirpar hasta el último bandido y la última mujerzuela. Para esas cosas está la capital, decían sus habitantes inflando los pechos, sabiendo que al menos una vez en sus vidas habían corrido hacia ella en busca de un poco de liberación.
Esa policía educada, siempre de pie o a caballo, recorriendo, vigilando y mirando recovecos, ayudando a las señoras y a las embarazadas, dirigiendo severas miradas a los piroperos y manteniendo a los perros fuera de las calles, eran lo mejor que le había pasado a la Ciudad. Desde que el nuevo Jefe de la policía había llegado, uno a uno los ladrones y malhechores se habían escabullido o habían terminado sus robos a manos de la horca. Por eso los terrenos allí eran tan caros y todos eran tan prósperos: ¿quién no iba a mejorar su situación, si el ambiente lo impulsaba a ello?
Pues un día llegó, sucio, con una capa de viaje marrón y un sombrero de ala ancha, un bolso vacío y unas botas desgastadas, el último ladrón de la Ciudad. Huía de lejos, después de un pequeño asalto a una panadería de buenos hombres, y habiéndose comido ya todo lo que tenía, decidió que estaba listo para cosas mayores. Esa Ciudad, oyó decir, abundaba en joyas y oro, allí los pocos que tenían que mendigar por inválidos recibían plata y oro todos los días y pagaban sus propias casas y tenían peones a su cargo. Limpiándose el barro ante el arco de la entrada, se dijo que allí, gracias a su gran capacidad, se haría millonario.
Ese mismo día entró a un restorancito y pidió un gran plato, un manjar, lo mejor que tenga hoy para ofrecerme. Comió, a pesar de su mal aspecto, con muchos modales y elegancia, a pesar de su hambre, con lentitud y gozo. Cuando ya no quedaba ni con qué manchar un pan, echó una suave mirada el dueño del antro para que se le acercara. Le dijo, sin disimular nada, con voz serena, calmada y aterradoramente educada, que no tenía en los bolsillos ni un botón de sobra, y que aceptaría, muy gustoso, limpiarle todo el lugar a cambio de la comida. El honesto hombre se apiadó de él, preguntándose qué le habría pasado para que llegara a ese estado, y dijo que aceptaba sus servicios.
Así comenzó. A la semana trabajaba para el hombre, que le había conseguido una casucha en el fondo de su casa. El muchacho es una máquina de la limpieza, es la persona más pulcra y silenciosa que conozco. Es capaz de limpiarte las botas por dentro sin que te enteres que está allí. Él escuchaba en silencio y con una sonrisita interior los halagos de su patrón y de la demás gente a la que hacía favores y galanterías. Todas las tardes salía a caminar, mirar, observar como ajeno todas las terrazas, balcones, techos, canaletas y callejones. Pronto comenzaría con la canallada, se dijo.
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Nu.RR

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