En el siglo xi hubo un fuerte militar bastante al norte y considerablemente alejado de
Aún a pesar de contar con menos de ciento cincuenta pobladores –la mayoría viejos guerreros-, de recibir raramente suministros y jamás un apoyo militar, Basinira se alzaba como una torre de altas murallas del color de la arena en medio del escampado; para los Cruzados, que cada tanto huían al norte luego de alguna derrota, su figura que se iba acrecentando en el horizonte era el destino fatal. Al-ahcín nunca dejaba pasar ni regresar a los soldados cristianos, y por eso los grandes comandantes que debían recuperar
Ninguno pasó ni volvió con vida, pero sí afortunadamente la noticia: un día ventoso un anciano guerrero rezagado, al ver que sus compañeros eran atacados por los habitantes de ese sombrío castillo acorazado, escribió rápidamente con su sangre en una prenda sucia un mensaje que decía “a quince o veinte días de marcha dudosa más allá del norte de Jerusalén hay un asentamiento de herejes asesinos”, y soltó la prensa al viento, que se la llevó bien lejos, y al cabo de dos años fue leía por un regordete fraile que estaba perdido en las montañas boscosas.
Tardó mucho tiempo el pequeño fraile en salir de su desorientación y llegar a Jerusalén por su propia cuenta; pero con mucha oración lo logró y con una gran cruz roja en la barriga, sin armas pero con comida y con la prenda sucia del antiguo guerrero rezagado, se metió en un campamento cristiano. Allí fue pidiendo ayuda a unos y otros, pero a nadie le interesó el asunto, sobre todo por la marcha dudosa en el desierto. Ya cuando se cansaron de su religiosa insistencia le ofrecieron dos alternativas: un lugar en el próximo barco que volvía a Roma o el exilio en Tierra Santa.
Por ese entonces se decía que había un grupo de mercenarios gigantescos que se hacían llamar los Demoledores y que estaban al servicio pago de los musulmanes. Los Cruzados morían cada vez que se topaban con ellos y les tenían un diabólico terror, y proferían gritos maldiciéndolos, diciendo que eran los últimos descendientes de los mismos Nephillim. Y a la noche, mientras el fraile caminaba triste habiendo elegido el exilio, vio que los enormes mercenarios corrían hacia él, seguramente con el campamento como objetivo.
Pensando en salvar a sus compañeros, el pequeño sintió un arrebato de celo apostólico y se quedó firmemente parado donde estaba, esperando a los Demoledores. Ellos eran once gigantes que superaban la imaginación de cualquier fraile, ermitaño u obispo, y hacían vibrar el suelo con sus pesadas y formidables armaduras. Eran al menos cinco veces más altos que el fraile, cada brazo férreo parecía un caballo, sus cabezas bufaban y se sacudían como toros y sus armas entrechocaban.
-¡Alto ahí, infieles –bramó el fraile cerrando sus ojos-, y arrodillaos frente a
La debilidad se apoderó de sus piernas y se arrodilló en el suelo, aceptando ya el pie inmenso que lo reduciría a sangre y entrañas. Oyó ruido delante de él e inclinó más la cabeza, conteniendo el aire. Finalmente se cansó de esperar y alzó la vista, enojado, y lo que vio lo dejó aturdido: los once gigantes estaban postrados delante suyo, con los rostros en la tierra, habiendo arrojado sus armas delante de ellos. Todo el rato que tardó en reaccionar el fraile, los once ni se movieron, hasta que finalmente:
-L…levantaos ahora, amigos míos –dijo el fraile, aún con su voz temblequeando-, y seguidme inmediatamente, ¡que Dios ablandó sus corazones para que lo pudieran ver a través de este simple y humilde fraile que soy yo!
.....Nu.RR

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