Todo empezó ahí, en esa complicada situación: estaba en el baño tratando de hacer mis necesidades fisiológicas, averiguando cómo funcionaba ese pequeño aparato de mi hermano, y con un gran hipo que me sacudía hasta las rodillas. Ese aparato se lo había traído de Japón un amigo de la familia al tonto de mi hermano, y según contaba, era de la última generación de reproductores de mp3; en ese momento estaba cargándose mediante un cable enchufado del lado de afuera del baño, por lo que la puerta estaba apenas entreabierta, y para colmo como era un día horrible, ventoso y relampagueante, me veía amenazado con que de un momento a otro se abriera la puerta que yo sostenía con el pie.
Y la desgracia sucedió: mientras hacía fuerza con mi estómago y tocaba con mis dedos inestables unos botoncitos, hipé con una fuerza sobrehumana que me elevó varios centímetros sobre el asiento del inodoro y me forzó a correr el pie de la puerta que inmediatamente se abrió con una ráfaga descomunal y de repente un rayo que me encegueció descompuso todo el sistema eléctrico de mi casa y me ocasionó a través del reproductor de mp3 una fuerte descarga; y el preciado aparato cayó dentro del inodoro.
Para cuando desperté estaba con los pantalones subidos y abrochados, un tanto despeinado por la estática y con unas cicatrices palpitantes en las palmas de mis manos. El reproductor de mp3 no estaba por ningún lado. Miré alrededor y vi un gran páramo seco de tierra naranja plagada de gigantescas osamentas oxidadas con un palacio de estilo hindú a unos kilómetros de mí, construido de algo blanco y sucio.
Asustado por no saber qué había sucedido después del incidente en el baño, me encaminé hacia ese edificio lo más rápido que pude, pero a mitad de camino me crucé con un bulto en el piso. Me le acerqué y enseguida me di cuenta de que ese bulto era un caracol gigantesco que descansaba a la sombra de un omóplato rojizo. Lentamente empecé la retirada, pero el molusco debió percibir mis pasos sobre el suelo porque estiró sus antenas fuera de la caparazón y comenzó a perseguirme más rápido de lo que suelen hacerlo los caracoles, incluso los gigantes. Ni siquiera pueden imaginarse cómo me sentí. ¿Dónde rayos estaba? ¿Qué era todo eso? ¿Qué habría en el palacio? Estas son unas pocas cosas de las miles que se me cruzaron por la cabeza mientras corría como loco hacia el palacio.
....
Nu.RR
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