miércoles, 3 de septiembre de 2008

Como Piterpán


Era el momento culminante de mi carrera, de mi fama mundial: habían podido apresar a los escurridizos culpables de la muerte de miles, millones. Cuántos y qué cargos le afectarían nos correspondía a nosotros dictaminarlo. Habíamos tenido que evaluar todos los aspectos posibles del problema y hallar la mayor cantidad de cargos y castigos psicológicos posibles, ésa era nuestra orden, así lo había dictaminado esa gran nación hegemónica y unilateral que dominaba todo: el mundo entero debía saber qué le pasaba a los que asesinaban y torturaban, atentaban contra el Estado y usaban caretas de terroristas. Que en el fondo todo fuera un plan ultra-secreto de ese Estado hegemónico para adquirir muchísimo más poder económico y al mismo tiempo ayudar a los religiosos (y desde ya poderosos) amigos, era algo con menor importancia para nosotros. Nuestro único papel, el de la Corte Más Suprema de Justicia de la Más Linda Institución Humana Internacional, era ayudar a los intereses de unos pocos para que se salieran con la suya.

Pero mi preocupación no era esa, ni mi fama mundial ni ninguno de estos arreglos (que se saben pero nunca se confirman) a los que yo ya estaba acostumbrado. Había algo detrás de uno de los acusados, algo verdecito que sólo yo podía ver; a decir verdad también uno de los cameraman (hacía rato que notaba que con su cámara no dejaba de marcar su recorrido entre las butacas, absorto). ¿Qué hacía eso allí? Estaba tranquilo como suelen estar ellos, iba caminando lentamente, ojeando las brillantes esposas y los papeles, acariciando calvicies y apoyabrazos. Pero se había detenido detrás del acusado Número Uno, el más perrísimo e importante sobre quien recaería toda la Justicia, y miraba su gorrito raro. Se puso a olisquearlo con su nariz afilada y llena de aritos metálicos, a acariciarle sus largos rulos canos, a pincharle la mejilla agrietada con sus uñas resquebrajadas. A causa de esto el pobre hombre comenzó a moverse incómodo, a estornudar y a peinarse frenéticamente con la mano sin saber qué le pasaba.

Tal vez eso era lo más preocupante para él. Ya todos los acusados sabían qué les tocaría en suerte: desde un principio sabían que el plan terminaría con la muerte de todos ellos, que se postergaría lo necesario como para atraer las miradas de toda la esfera y subir el rating. Así funcionaba todo, todo lo que ellos podían llegar a conocer. Pero en ese mismo recinto, para mi asombro (y el del cameraman), había algo mucho más extraordinario que las comunes guerras arregladas y paparruchadas por el estilo.

Una vez, hacía mucho tiempo, había creído que mi sobrinita, Marianne, también podía verlos, pero resultó que sólo le gustaba mirar cómo volaban los panaderitos. Pero yo ya había desembuchado todo mi secreto, mi secreto mejor guardado.

-¿De verdad existen los duendes, tío Allan? –preguntó la niña de siete añitos-. ¿Vos los ves? ¿Y hay haditas? –Yo asentí-. ¿Enserio? ¿Y tienen polvito mágico para volar, como la de Piterpán?

Ésa era la clave de todo lo que sucedía. Aquello, aquél ser extraordinario y verdoso, con su nariz afilada llena de aros y argollas, su cuerpo menudo y de apariencia frágil y su rostro como de niño inocente, aquello era algo por lo que muchísimas personas pagarían fortunas. Existía un mercado negro de aquellas criaturas, más negro y más secreto que este juicio arreglado en el que estaba, y los especimenes como este… Calculé en mi cabeza, hacía menos de dos semanas que había entrado a la página principal del Comercio de Criaturas Mágicas y si no me equivocaba, por el peso aproximado del ser, su altura (un metro treinta, a juzgar por las butacas) y su color, indicaban que estaba en su punto óptimo de crecimiento. Por él pagarían lo que cinco viajes al espacio, el valor adecuado a cambio de aquella habilidad extraordinaria.

Estrujé mi mejilla contra la palma de mi mano, realmente estaba cansado ya. El juicio, el final ya, no iba ni por la mitad de su desarrollo. Esta apelación estaba hartándome, ¡y lo que sería el veredicto final! Ojeé al muchacho de la cámara. Estaba embelesado con la presencia mítica en medio de la sala, seguramente pensando lo mismo que yo. Pero por ahora el pequeño elfo no hacía más que juguetear con el cejudo acusado principal. ¿Valía la pena? Era seguramente arruinar toda mi carrera para terminar en un centro psiquiátrico siendo el hazmerreír de todo el mundo. Seguramente ganaría el suficiente dinero en este trabajo como para pagar uno, en cuanto todo terminara, pero no sería uno óptimo como este. Pensé que cualquier persona del mundo con las habilidades que yo tenía no dudaría tanto y que actuaría sin importar las consecuencias, esa maravilla lo valía todo. Y sin embargo lo que me detenía era el cameraman… Él tenía mucho menos que yo para perder, ya se tendría que haber lanzado; aunque tal vez no conocía sus propiedades… tal vez era un ignorante que vivía feliz pudiendo ver cosas que otros no.

-Y, mirá, hay de todo, Marianne: duendes, hadas, elfos, gnomos, y mucha variedad de cada uno. Hay una variedad de hada, el hada roja, que sí tiene ese polvito que te hace volar, como el de Piterpán. Pero es muy difícil de encontrar y atrapar para que te lo dé. Pero vos de esto, no le tenés que contar a nadie, ¿está bien? Es el secretito entre el tío y vos, ¿te parece?

Pero era una mentira. Las hadas rojas no tenían un polvito mágico, tenían una sustancia en la sangre que, si mojaba el pelo de una persona, la hacía levitar a unos treinta centímetros (dependía de la masa corporal de la persona) durante unos cinco segundos. Una sensación hermosísima e inigualable. Las hadas rojas eran muchísimo más abundantes que los elfos como ese de ahí, aproximadamente en una proporción de diez mil doscientos diecisiete por cada uno; habían podido ser domesticadas en diversos países nórdicos y se les extraía sangre sin ocasionarles la muerte. Pero aún así no se podía comparar el efecto de un hada roja con la de un elfo… Yo había experimentado varias veces la levitación con sangre de hada roja, incluso una vez había capturado una cuando era chiquito y la había despedazado para bañarme en su sangre, pero no, lo otro era algo indescriptible, valía su precio en oro.

Estaba ahí. Luego de una hora de jorobar al acusado, había seguido caminando, ahora hacia el cameraman. Noté la ansiedad en su rostro, la expectativa y los nervios. Ya su cámara apuntaba en cualquier dirección. Sabía lo que pensaba: si daba dos pasos más hacia él iba a saltar de su sillita y se iba a quedar con el elfo, el elfo… Ahí, un paso más, lo leía en su mente… Vi sus piernas acomodándose para la acción. Era mejor para mí pensar en otra cosa, ya le pertenecía al cameraman… Pero se detuvo, retrocedió dos pasos. Su rostro casi angelical había visto a un pelado rascándose y seguramente su brillo lo había atraído. Inocente del peligro avanzó hacia él. Más cerca de mí, a igual distancia del otro muchacho… Se dedicó a rascar esa superficie lisa. Ahora los dos teníamos el mismo dominio sobre él. Nos miramos, él también había descubierto mi habilidad. Una pelea de miradas, entre un joven muchacho que manejaba cámaras y yo, un alto Juez del Mundo. No podía tener una mirada más fiera que la mía, mis ojos le decían todo y tendrían que hacerlo caer de su sillita elevada. Pero no, se rehusó, desafiante, no abandonaría tan fácilmente. Y el elfo seguía así.

......


Nu.RR

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