miércoles, 3 de septiembre de 2008

Cazador


El cazador se llamaba Ulises, y vivía solo en una casa en medio del bosque. Digo solo, pero en realidad compartía la casa con el mayordomo, Belius, una bestia con tan poco cerebro como los animales que cazaba.

Ulises había tenido siempre vocación de cazador, ya desde pequeño solía ir a matar patos en la laguna. Y cuando creció se compró una mejor escopeta y salió a buscar piezas mayores. Ahora tenía cincuenta años, era un cazador experto, tenía muchas escopetas y un muy buen físico.

Luego de pasar una vida en medio de los bosques, oliendo los rastros de diferentes fieras, Ulises podía disfrutar de su cálida e inmensa cabaña que olía a fuego de leña y a pieles llenas de polvo. Belius le preparaba todas las comidas, ordenaba su dormitorio y se encargaba de la limpieza de la casa.

La mansión era un lugar muy confortable. Tenía amplias salas tapizadas con alfombras rojas y pieles de animales, escopetas y escudos antiguos en las paredes y muebles de roble y algarrobo. Y la biblioteca era el lugar preferido de Ulises: un enorme hogar, enormes ventanales siempre tapados con cortinas moradas, candelabros de bronce con frías llamas ambarinas, sillones mullidos sobre una piel de oso negro y montones de libros viejos y empolvados con hojas amarillentas y tapas de cuero. Sobre la repisa de la chimenea estaban las tres cabezas disecadas que a Ulises lo llenaban de orgullo: un alce enorme de astas grises, una gacela de hermosos cuernos espiralados y un puma inmenso con las fauces abiertas.

A Ulises le encantaba ese cuarto porque además le daba seguridad: la seguridad de los libros –que no muerden ni hay que darle balazos para que se queden quietos- y la seguridad de ver a sus adversarios derrotados. Sí, estaban derrotados, vencidos, aplastados. Sus cabezas seccionadas demostrarían algo de su antiguo esplendor, los cuernos o la boca abierta, pero estaban llenas del polvo del tiempo que sepultaba su vieja gloria. Esos tres animales estaban muertos. Sin embargo Ulises siempre llevaba su pistola de doble cañón cuando iba a leer. Más de una vez, luego de horas de héroes de guerra y bellas historias de amor, veía en los cristalinos ojos una chispa de venganza que recorría la pupila incierta y terminaba en un minúsculo relampagazo de ira. Sabía que las cabezas de la repisa no querían que durmiera a la noche. Y ese temor estaba cada vez más presente en cada instante, esa idea loca que lo perseguía.

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Nu.RR

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