martes, 26 de agosto de 2008

Amores imposibles en la Capital Federal (año dos mil y pico)


La miré de reojo. El viento sacudía su ropa con violencia y arrastraba el jugo del durazno que yo estaba comiendo a mordiscones. Era mi último durazno. Pensé en convidarle, tal vez así lograra quedarme con ella algún tiempo. Pero debía decidirme rápido, o terminaba de comer o me le acercaba y le ofrecía lo que quedaba de pulpa. Terminé de comer, me sequé la boca con la manga arenosa del sobretodo y arrojé bien lejos el carozo. Ella estaba sentada a unos cien metros, en el cordón de la calle cubierta de polvo y tierra, mirando el piso. Seguramente estaba sedienta. Me acerqué decidido, sacando una botella de agua mineral de la mochila color caqui, desenrosqué la tapa y le di un largo trago.

-Te ves sedienta, ¿querés un poco de agua? –dije, gentil, con mi voz de quince años que había cambiado hacía poco.

No me contestó inmediatamente, pero levantó la vista hacia mí y me miró fijo. Tenía ojos marrón almendra, normales pero lindos, y muy rojos de tanto llorar o reprimir un llanto. Aún tenía delineados los párpados, así que no había derramado ni una lágrima todavía. Hizo un crujidito con la garganta y extendió débilmente la mano hacia mi botella. Sonreí con ternura y se la pasé, haciendo que mi piel rozara la suya apenas una fracción. Aún con mucha suciedad de por medio y numerosas capas de tierra que se fueron acumulando durante meses, mis nervios se crisparon al sentirla. Ella bajó la vista nuevamente y sorbió de la pajita, seguramente pensando en cuando era una niña y solía ir al McDonal’s.

-¿Cómo te llamás? –le pregunté al rato.

-Arco Iris.

Y no preguntó el mío. La gente por todos lados actuaba así, habían olvidado las conversaciones y la confianza. Seguía tomando agua, lentamente, como disfrutando de ello. Pasados otros segundos…

-Yo me llamo Puck Desierto –le dije, sonriendo-. ¿Te gusta mi nombre?

-Síí… -suspiró, observando el suelo-. Muchas gracias –dijo, extendiendo hacia mí la botella, pero sin mirarme.

-De nada –La tomé con precaución para que no se me fuera a caer y la guardé en mi mochila-. ¿Te molesta si me siento acá un rato?

No contestó, pero supuse que no le molestaba nada en estos tiempos. Así que me senté junto a ella y me detuve unos minutos a mirar el páramo que nos rodeaba. En los últimos treinta años (quizás hace cincuenta ya se notaba la diferencia) el clima había cambiado abruptamente, y más aquí que en otras zonas del mundo: toda la humedad se borró rápidamente y la aridez inundó el aire. La gente trataba de acostumbrarse, de comprar más ventiladores y aires acondicionados, pero los suministros de energía no alcanzaban ya que mermaban los caudales de los ríos de litoral. Poco a poco la gran Capital se fue despoblando, la gente huía al sur cada verano, en rebaños inhumanos sobre el asfalto, a pie porque los combustibles eran algo muy raro -y peligroso para el que tenía y no sabía cuidarse. Hacía ya por lo menos siete años que la Capital era un desierto lleno de tierra y arena y edificios sin ventanas, sólo agujeros. Los pocos que quedábamos acá vivíamos también como animales del desierto, aprovechando lo que podíamos, desconfiando del resto, sobreviviendo en la anarquía.

¿Quién lo diría? ¿Quién se atrevería a pensar que el amor podía aún subsistir en esos días? Yo era uno de esos. Puck Desierto, ése era mi nombre, mi identidad, y creía en el amor y estaba dispuesto a ponerme a prueba.

-¿Cuántos años tenés? –le pregunté al rato, y ella, luego de suspirar y sin sacar la cabeza de entre sus piernas, me contestó:

-Dieciséis.




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Nu.RR

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