La miré de reojo. El viento sacudía su ropa con violencia y arrastraba el jugo del durazno que yo estaba comiendo a mordiscones. Era mi último durazno. Pensé en convidarle, tal vez así lograra quedarme con ella algún tiempo. Pero debía decidirme rápido, o terminaba de comer o me le acercaba y le ofrecía lo que quedaba de pulpa. Terminé de comer, me sequé la boca con la manga arenosa del sobretodo y arrojé bien lejos el carozo. Ella estaba sentada a unos cien metros, en el cordón de la calle cubierta de polvo y tierra, mirando el piso. Seguramente estaba sedienta. Me acerqué decidido, sacando una botella de agua mineral de la mochila color caqui, desenrosqué la tapa y le di un largo trago.
-Te ves sedienta, ¿querés un poco de agua? –dije, gentil, con mi voz de quince años que había cambiado hacía poco.
No me contestó inmediatamente, pero levantó la vista hacia mí y me miró fijo. Tenía ojos marrón almendra, normales pero lindos, y muy rojos de tanto llorar o reprimir un llanto. Aún tenía delineados los párpados, así que no había derramado ni una lágrima todavía. Hizo un crujidito con la garganta y extendió débilmente la mano hacia mi botella. Sonreí con ternura y se la pasé, haciendo que mi piel rozara la suya apenas una fracción. Aún con mucha suciedad de por medio y numerosas capas de tierra que se fueron acumulando durante meses, mis nervios se crisparon al sentirla. Ella bajó la vista nuevamente y sorbió de la pajita, seguramente pensando en cuando era una niña y solía ir al McDonal’s.
-¿Cómo te llamás? –le pregunté al rato.
-Arco Iris.
Y no preguntó el mío. La gente por todos lados actuaba así, habían olvidado las conversaciones y la confianza. Seguía tomando agua, lentamente, como disfrutando de ello. Pasados otros segundos…
-Yo me llamo Puck Desierto –le dije, sonriendo-. ¿Te gusta mi nombre?
-Síí… -suspiró, observando el suelo-. Muchas gracias –dijo, extendiendo hacia mí la botella, pero sin mirarme.
-De nada –La tomé con precaución para que no se me fuera a caer y la guardé en mi mochila-. ¿Te molesta si me siento acá un rato?
No contestó, pero supuse que no le molestaba nada en estos tiempos. Así que me senté junto a ella y me detuve unos minutos a mirar el páramo que nos rodeaba. En los últimos treinta años (quizás hace cincuenta ya se notaba la diferencia) el clima había cambiado abruptamente, y más aquí que en otras zonas del mundo: toda la humedad se borró rápidamente y la aridez inundó el aire. La gente trataba de acostumbrarse, de comprar más ventiladores y aires acondicionados, pero los suministros de energía no alcanzaban ya que mermaban los caudales de los ríos de litoral. Poco a poco la gran Capital se fue despoblando, la gente huía al sur cada verano, en rebaños inhumanos sobre el asfalto, a pie porque los combustibles eran algo muy raro -y peligroso para el que tenía y no sabía cuidarse. Hacía ya por lo menos siete años que
¿Quién lo diría? ¿Quién se atrevería a pensar que el amor podía aún subsistir en esos días? Yo era uno de esos. Puck Desierto, ése era mi nombre, mi identidad, y creía en el amor y estaba dispuesto a ponerme a prueba.
-¿Cuántos años tenés? –le pregunté al rato, y ella, luego de suspirar y sin sacar la cabeza de entre sus piernas, me contestó:
-Dieciséis.
....
Nu.RR

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