martes, 26 de agosto de 2008

Jarzín, la ciudad bohemia


Hubo una vez una ciudad que polarizó a los más grandes y ambiciosos artistas del mundo. Era una ciudad sin forma fija, sin uso de normal razón, era Ciudad Música, Ciudad Luz, Ciudad Loca, Ciudad sin Noche, Ciudad Bohemia. Adentrándonos en su vida descubrimos que fue fundada por un adinerado arquitecto errante que nunca había visto ni el plano de un edificio pero que había nacido con un don original para la construcción; y así fue como construyó los primeros edificios totalmente abstractos y llenos de ilusiones. Construyó un teatro, una clínica pediátrica, dos bares y un edificio departamento de trece pisos. Así fue que atrajo la atención de artesanos que prontamente se le unieron y construyeron sus cosas, cantaron sus canciones y vivieron sus años. Jarzín tomó este nombre de la primer obra de teatro que allí hubo: “Jarzín, la princesa alegre”, que sin duda fue una de las más desastrosas.

Pero luego Jarzín se convirtió en una ciudad enorme hecha de edificios totalmente extravagantes e inestables, calles adoquinadas que dibujaban flores y mariposas desde el aire y cientos y miles de lámparas de vivos colores. La gente que allí vivía no eran más que artesanos, artistas y poetas; a pesar de que estaba lleno de bares y tabernas subterráneas, no había nadie adicto al alcohol, pues no necesitaban de él: era tan hermoso y delirante el aire en Jarzín que no se necesitaba nada para evadir la realidad.

De día se veía menos gente en las calles, pues los escritores escribían en sus departamentos, en las terrazas o en las plazas forma de gusano, los actores ensayaban sus obras, los pintores pintaban o buscaban qué pintar y los taberneros limpiaban sus antros. Durante la noche, Jarzín estaba más iluminada que de día y cien veces más colorida, con más del triple de movimiento de gente y más ruido que nunca. Todas las noches se podían ver muchas obras diferentes, en teatros de primera, segunda, tercera clase o en medio de la calle; los visitantes llegaban cada tarde y se alojaban en los rústicos pero elegantes hospedajes y salían a comer algo a algún restaurante para luego deambular por allí, ver escenas pintorescas y dar monedas a las estatuas vivientes.

Ciudad Jarzín estaba ubicada en medio de una llanura de tierra, y hacia ella llegaban más de cuarenta caminos diferentes, ásperos pero llenos de vida. Las aves atolondradas que vivían en las plazas o en el bosquecillo de alrededor cantaban todo el tiempo y se colgaban de las carretas que llegaban y llegaban para dar la bienvenida. Todo parecía felicidad, algarabía, y pocos parecían ver que cada tanto se llegaba al sublime descontrol.

Así era la ciudad cuando el Escudo del Sueño llegó a Jarzín. Escudo del Sueño era un fuerte pero pobre apodo de un artista que no lograba destacarse en ningún rubro. Había estado desde los cinco años escribiendo una obra de teatro aún inconclusa y sin nadie que la aceptara, luego durante los años flexibles de la adolescencia probó fortuna en un circo, pero tras romperse la mandíbula al caerse de una cuerda en la jaula del león del domador decidió que lo agitado no era lo suyo, y quiso ver qué pasaba con la pintura, así que cuando llegó a Jarzín llevaba bajo el brazo siete cuadros que sólo servían para el fuego. Pero no se había quedado ahí, pues también practicó magia por un tiempo pero huyó de ella al asesinar a su maestro con un sable en un truco sin práctica; estuvo unos años actuando de personajes menores, pero ese ataque de memoria blanca le llegaba más rápido cada vez, y quiso entonces ser citarista e improvisar hermosos versos que duraran una noche, pero no tenía dinero suficiente para comprar una cítara y se tuvo que dedicar entonces a la confección de vestiduras. En eso sí obtuvo algo de reconocimiento, aunque no sabía si del buen reconocimiento, pues a muchas personas no le agradaban sus ropas holgadas, desparejas, suficientemente incómodas y formadas por mil retazos de colores de tela reciclada.

Así era el Escudo del Sueño cuando llegó a Jarzín, alto, con barba gris y larga, rostro sucio, caminando, con pinturas bajo su brazo, una mochila llena de papeles abollados y objetos sin sentido y ropa divertida y de colores, esperando mayor fortuna en esa ciudad de fortuna. Era mediodía cuando arribó y deambuló sediento hasta que alguien le convidó agua y se sintió con ánimos exagerados para salir a buscar empleo. Trató de vender algunas obras en la calle, buscó papeles vacantes en óperas nocturnas, ofreció en todos los teatros su historia inconclusa, huyó de todos los puestos de magia y, para la caída de la noche, estaba con una pareja de felices muchachos que se ofrecieron a enseñarle las aptitudes de una buena estatua viviente.

Los tres tuvieron una noche divertida que para el Escudo del Sueño fue como una despedida de la mala suerte que había llevado durante su vida, una noche en la que disfrutaron un poco de cada regocijo que ofrecía la ciudad. Y fue esa la despedida porque a la mañana siguiente apenas amaneció tuvo una brillante idea para finalizar su obra que escribía desde los cinco años. Trabajó incansablemente sobre los papeles hasta las seis y media de la tarde, sudando, mascullando contra su mal cerebrito que le hacía olvidar las buenas ideas, achicándose la frente esperando que saliera la inspiración de entre sus cejas. Pero cuando un ave de madera le salió una vez de su casita y le cantó su monótona canción, él supo que había terminado. Por fin, luego de escribir y escribir tanto durante su vida, el Escudo del Sueño pudo estampar un Fin en la última hoja, volver al principio y poner, al pie de la primera página, ese fascinante seudónimo: Escudo del Sueño.

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Nu.RR

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