Mi amigo Aramís Nosecuanto (porque tiene un nombre más largo que tres cuadras) y yo, Rafael, estabamos estudiando en computación (es decir, yo, porque Aramis solo me molestaba). Vino la maestra y dijo: ¡¡¡A trabajar, todos a sus lugares!!!
Como siempre, Aramís me molestaba, y yo, pobrecito de mi, seguía trabajando, cuando, de repente, un raro ruido llegó a nuestros oídos: era un ratón. Ese inmundo animal (según Aramís y las chicas) atravesó el aula de computación. La maestra saltó a la mesa, se desmayó y cayó como una piedra. Otras chicas también se desmayaron, pero como mi bicicleta cuando se pincha.
Luego del ratón, pasó el gato negro de la profesora de sexto. El gato era obeso y lento (por eso dicen que “las mascotas salen a sus dueños”), también peludo, torpe y desorientado.
La maestra gritó de alegría por el gato, que dos pasos después se cayó, salió rodando y la maestra se volvió a desmayar. El gato traspasó el aula rodando, todo el pasillo, bajó las escaleras y llegó a portería, todo rodando. El ratón estaba al lado del pie de la portera.
El gato se erizó y se puso a resoplar como gallo descompuesto. En esa complicada tarea de resoplar, se atraganto y salió rodando.
Cuando Aramís y yo (“el burro adelante ‘pa que no se espante”) salimos del colegio para tomar el colectivo, vimos algo total y absolutamente insólito... el gato trepado en la punta de un pino asustado por el piar de tres pajaritos bebes.
Pasaron cinco horas, dos mil quinientos cuarenta colectivos y había trescientas cincuenta y ocho personas riéndose del gato trepado. El gato miró a toda esa gente y se sintió indignado. Puso cara de serio y empezó a bajar, pero como es tan, tan, tan torpe, cayó rodando y se chocó contra mi cabeza.
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Nu.RR

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